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Benditos entrenadores

Una pieza insustituible en nuestra progresión como deportistas.
Alberto Hernández -

Históricamente,la relación de los entrenadores con el profesionalismo ha sido de una candidez embriagadora, rayana en el ostracismo económico. Hasta el martes pasado, como aquel que dice, estos eruditos altruistas invertían miles de horas sin recibir a cambio poco más que la satisfacción personal de ver cómo sus pupilos limaban marcas y empaquetaban retos. Pero, aunque no lo crean, son seres que pagan hipoteca, luz, agua, educación de la prole… Y claro, en los bancos tienen la fea costumbre de preferir euros a minutos, segundos o centésimas. No entienden lo que significa haber regido los destinos de un finalista olímpico o haber ayudado a un tipo con sobrepeso a ponerse en forma.

En el atletismo de élite es obscena la cantidad de hombres y mujeres que han desarrollado una provechosa carrera deportiva sin abonar directamente los servicios de su mentor. Directamente, decimos, porque bien es cierto que los preparadores de los más virtuosos reciben un sueldo de la Real Federación Española de Atletismo. El resto, la escandalosa mayoría, a verlas venir. No son pocos los que incluso se indignaron cuando el míster les solicitó una remuneración razonable acorde a su tiempo y formación. De contratos regulados como los de cualquier intercambio de servicios laborales, ni hablamos. Haberlos haylos, pero son casos tan aislados que carecerían de entidad en un muestreo estadístico (corrección; ni aparecerían).

Recientemente se hizo público que en el próximo Mundial los entrenadores recibirían medallas, entregadas a sus atletas en las ceremonias de premiación. Se quedarán sin subir al podio por una cuestión logística; no todos viajan a la cita, acuden los que forman parte del equipo nacional o aquellos con capacidad para desembolsar el precio del avión, el alojamiento y las entradas. Con todo es un bonito reconocimiento a estos desabridos ángeles a pie de pista, gestores de ilusiones con cronómetro, sabios de una pieza en tiempos de influencers cuyas bocas extienden cheques a las redes sociales que su conocimiento es incapaz de pagar.

Ojalá decisiones como la de Londres 2017 contribuyan a equilibrar la descompensada balanza de beneficios en la sociedad formada por deportista, mánager y entrenador (donde la parte más infravalorada no hace falta decir cuál es). Llegan también buenas nuevas en el ámbito popular. A principios de junio Madrid se convertirá en la quinta Comunidad Autónoma (junto a Cataluña, Andalucía, La Rioja y Extremadura) que incluya en su Ley del Deporte la obligatoriedad de una titulación oficial para hacer recomendaciones sobre ejercicio físico.

Es una garantía para todos aquellos que decidan poner su organismo en manos de terceros, pues serán ilegales la tabla de Excell de ese colega de trabajo que corre mogollón, las recomendaciones de la chica de Instagram con un culo portentoso o las instrucciones del cuñado que lleva la friolera de 20 maratones a sus espaldas y se arroga una experiencia más que contrastada a la hora de leer una prueba de esfuerzo o planificar la temporada del vecino del 4ºD. A partir de ahora, a estudiar a la escuelita, que diría a aquel.

Nos gastamos una leña en un montón de repetitivos cachibaches que no nos hacen correr ni más, ni mejor e, ilógicamente, excluimos del presupuesto un gasto fundamental para garantizar nuestra salud, un elemento insustituible por ninguna revista o web especializada (por eso nosotros tratamos de contar siempre con los mejores expertos). Dicen Les Luthiers que lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe. Actuemos de manera inteligente y marquemos el número de un buen entrenador.