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La evolución aplicada al runner de largas distancias

Hace mucho, mucho tiempo en los confines de la burgalesa sierra de Atapuerca el primer runner español, perteneciente a la especie del Homo Antecesor, emprendió su primera carrera: un rodaje largo y repleto de cambios de ritmo. Así fuimos, así somos…
La evolución aplicada al runner de largas distancias
La evolución aplicada al runner de largas distancias
22/06/2016 - runners.es

Remontémonos a la Prehistoria. A pesar del frío, siente un calor interno que le quema, las pupilas se le dilatan y el vello se le eriza. Su respiración se agita, el corazón se dispara y los músculos se tensan. Estas serían las sensaciones de un “Homo Antecesor” antes de atacar a su presa, pero también podría serla descripción de las sensaciones de un corredor justo antes de salir en busca de su marca objetivo. Correr nos hace más salvajes, pues nos permite sentir y descubrir cada una de las sensaciones vitales básicas. Sólo cuando corremos y nos sometemos a la prueba de exigirnos el máximo somos conscientes de nuestros límites físicos, pero también de nuestras posibilidades. Podemos sentirlo mismo que aquellos antecesores nuestros que dependían de su resistencia para sobrevivir, porque de ellos hemos heredado estas cualidades físicas que durante miles de años fueron mejorando.

La adrenalina se desborda al oír el disparo de salida. Algo similar ocurría cuando el jefe del clan iniciaba el ataque sobre el cérvido. El animal asustado intenta escapar pero uno de los palos afilados se clava en un lomo. Tras un leve traspiés, otro rápido cazador hace lo propio con su lanza. El animal sigue vivo y corre, es más rápido al principio, pero los cazadores saben que son más resistentes y le persiguen. Un par de colinas después el ciervo está agotado y los fatigados cazadores le rodean y le miran babeando, con los ojos desorbitados y los dientes apretados.

Uno tras otro clavan sus dardos hasta derribar al imponente animal, le dan la puntilla. No hay descanso, otros depredadores les pueden quitar el botín. Sin pausa comienzan a despedazarlo y se apresuran a llevarlos trozos a su cueva -de nuevo corriendo- donde les espera el resto del clan. Su llegada se celebra como una fiesta, pero los cazadores no pueden más y se derrumban. Han estado corriendo varias horas y están exhaustos. Sus hembras les guardan las mejores tajadas, pero ahora ellos sólo quieren descansar. Les duele todo el cuerpo, sus músculos están a punto de estallar y pasarán muchas horas antes de que les entre el apetito. Una vez descansados comerán más que nadie hasta recuperarse completamente. Y volverán a la caza.

Remontémonos a la Prehistoria. A pesar del frío, siente un calor interno que le quema, las pupilas se le dilatan y el vello se le eriza. Su respiración se agita, el corazón se dispara y los músculos se tensan. Estas serían las sensaciones de un “Homo Antecesor” antes de atacar a su presa, pero también podría serla descripción de las sensaciones de un corredor justo antes de salir en busca de su marca objetivo. Correr nos hace más salvajes, pues nos permite sentir y descubrir cada una de las sensaciones vitales básicas. Sólo cuando corremos y nos sometemos a la prueba de exigirnos el máximo somos conscientes de nuestros límites físicos, pero también de nuestras posibilidades. Podemos sentirlo mismo que aquellos antecesores nuestros que dependían de su resistencia para sobrevivir, porque de ellos hemos heredado estas cualidades físicas que durante miles de años fueron mejorando.

La adrenalina se desborda al oír el disparo de salida. Algo similar ocurría cuando el jefe del clan iniciaba el ataque sobre el cérvido. El animal asustado intenta escapar pero uno de los palos afilados se clava en un lomo. Tras un leve traspiés, otro rápido cazador hace lo propio con su lanza. El animal sigue vivo y corre, es más rápido al principio, pero los cazadores saben que son más resistentes y le persiguen. Un par de colinas después el ciervo está agotado y los fatigados cazadores le rodean y le miran babeando, con los ojos desorbitados y los dientes apretados.

Uno tras otro clavan sus dardos hasta derribar al imponente animal, le dan la puntilla. No hay descanso, otros depredadores les pueden quitar el botín. Sin pausa comienzan a despedazarlo y se apresuran a llevarlos trozos a su cueva -de nuevo corriendo- donde les espera el resto del clan. Su llegada se celebra como una fiesta, pero los cazadores no pueden más y se derrumban. Han estado corriendo varias horas y están exhaustos. Sus hembras les guardan las mejores tajadas, pero ahora ellos sólo quieren descansar. Les duele todo el cuerpo, sus músculos están a punto de estallar y pasarán muchas horas antes de que les entre el apetito. Una vez descansados comerán más que nadie hasta recuperarse completamente. Y volverán a la caza.


Os he descrito una escenificación y un comportamiento prehistórico que en esencia venimos repitiendo en la actualidad cada vez que competimos al máximo en una carrera. Las prácticas deportivas de la actualidad no son más que la aplicación de algunas técnicas de guerra, de caza, o de escape de nuestros antecesores. Por muy moderna y cómoda que sea nuestra sociedad seguimos teniendo la necesidad de correr, de buscar los límites, de sentir el cansancio, de medirnos con los demás. Es el instinto y la necesidad biológica de nuestro cuerpo.

Hace unos meses unos investigadores demostraron que los humanos somos tal como somos porque necesitábamos correr largas distancias. Ya fuera para agotar a las posibles presas, para hostigar rebaños, para llegar antes que nadie a la carroña (por lejos que estuviera), para desplazarnos en épocas de sequía o para escapar de posibles depredadores. La carrera de resistencia nos moldeó tal como somos en la actualidad, y ahora más que nunca podemos decir que hemos nacido para correr.

 


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