Los corredores somos propensos a poner excusas. Antes de empezar una carrera resulta muy curioso (y sería un buen experimento sociológico grabarlo) observar las conversaciones y reacciones de los atletas.
En otra ocasión comentaremos a los lectores la utilización de este concepto como sinónimo de corredor, de los cuales habitualmente nos sentimos orgullosos cuando hablamos con gente de nuestro entorno, aunque no suelan dedicar su tiempo libre a la carrera a pie.
Pero vayamos esbozando las sensaciones que suelen rodearnos, tanto al inicio como al final de una competición (y no olvidemos, si no que se lo pregunten a entrenadores y compañeros, lo que también les sucede a muchos cada mañana o tarde en los entrenamientos). Así, y fundamentalmente durante el calentamiento, es una completa excepción escuchar a alguno que te diga que está en expléndida forma física. Que no le duele nada. Que ha entrenado la semana completa sin dificultad. Vamos que está que se sale.
Más bien sucede lo opuesto. Fijémonos que estamos hablando de una actividad deportiva, pues, al contrario de lo que le pueda parecer al profano, el paisanaje nuestro es muy quejica. Practicamos el discurso que yo llamo doliente. Victimista. Siempre nos pasa algo. Y no precisamente bueno. Cuando no es una molestia en tal o cual articulación, es un malestar general, o no hemos dormido suficiente, o trabajamos mucho y no se ha descansado lo adecuado, el estudiante dice que está de exámenes, el otro apunta que se acostó tarde... A veces presentamos un catálogo de lesiones, a cual más compleja. Otras veces comentamos que: "¡Menuda barbaridad! hemos entrenado cojeando, con fiebre…".
Ahora bien, en honor a la verdad a la vez somos una “especie” curtida en la dificultad. Un vecino continuamente me pregunta, ¿hoy, con el frío que hace (lluvia, viento…) vas a salir a correr? Lógicamente en verano, te plantean la locura del calor… y no hay quien nos pare. Mire usted, imagine, si en el norte cada vez que llueva o haga mal tiempo no entrenasen (¡cuántas sesiones se perderían) o en el sur a partir de abril, según algunos parámetros no te dejarían tranquilo a ninguna hora, pues ¡qué difícil es averiguar la temperatura y condiciones climatológicas idóneas y además de manera permanente!
Pero el caso es que aquí estamos ahora. En la salida. Hablamos quizás para disimular la ansiedad. Suena el pistoletazo y todo, aparentemente se olvida. Amigo, pero al final, ¡qué cosa más curiosa!, se reproduce en multitud de ocasiones el mismo esquema del principio: “Claro, es que no estaba bien”, “podía haber apretado pero como no he entrenado desde…” o “ me parece que estaba muy cargado me metí no se cuantos dosmiles antesdeayer…”.
Por último tenemos a los que les parece corta la prueba: “Si es que no me di cuenta que ya llegábamos, si me ponen otra vuelta…”. O el caso de aquel que dice: “Esto tiene que estar mal medido, aquí hay más kilómetros y así no hay quien se controle, yo, por ejemplo, iba muy bien, sin embargo los últimos kilómetros eran mucho más largos…”.
Vamos que eso del día D es una entelequia. Que nos pregunten que hace falta para sentirnos en plenitud. Paso palabra.
Fernando Ayala Vicente es Doctor en Historia y corredora