Nunca teníamos dudas cuando nos preguntaban cuál era nuestro personaje de ficción favorito: Carlos Parrondo, el Papi. Un fenómeno. Por "La Piña", su grupo de entrenamiento.
Carlos era el torbellino del grupo, nada se le ponía por delante: animoso, optimista, ocurrente, alegre, desenvuelto. Disfrutaba cada segundo. Como deportista era un fuera de serie, un gran triatleta. Pero de verdad, de los que ganaba carreras. Salir a rodar con él era una gozada: se adaptaba a cualquier ritmo, así que acababa yendo con quien más le necesitaba. A él no le importaba renunciar a su entrenamiento si ayudaba a un compañero. Tenía clase hasta para lanzar piropos a las chatis de Ciudad Universitaria, aunque luego se volvía y nos decía: “Ni nos miran, para éstas somos transparentes. En cuanto pasamos de los 30…”
La Casa de Campo era uno de sus entornos favoritos. Allí fraguó algunas de sus mejores marcas, como el 2:54 del maratón de Sevilla 2004. Conocía cada palmo de aquella zona. Por eso cada vez que teníamos rodajes largos, él nos guiaba. Y pasaba lo que pasaba. Tocaba hacer 75 minutos y Carlos nos volvía locos: para arriba, para abajo, izquierda, derecha, ahora me paro a coger unas setas… Hasta que perdíamos las referencias. “Oye, Carlos, ¿dónde estamos?” “Tranquilo, que está controlado.” Hasta que en un momento dado, reconocíamos algo. “Carlos, llevamos 68 minutos, nos deberían quedar siete.” “Si ya estamos llegando”, contestaba. “Ya, pero es que hay que volver a Vallehermoso, y esto de mi izquierda se parece mucho a Somosaguas.” Al final, los 75 minutos se convertían en casi dos horas. Pero merecía la pena, lo que aprendíamos: ¡nos enseñó que depilarse las piernas no es cosa sólo de mujeres!
Su capacidad deportiva era enorme. Decidió curar su maltrecha rodilla subiendo y bajando escalones. Pero no dos o tres pisos, no: encontró un paraje de montaña en que había cerca de 1.000 escalones de piedra. Y allá que se iba. Nos intentó convencer millones de veces de que fuéramos a hacer esa ruta. Pero esas barbaridades sólo estaban al alcance del Papi. Por eso, cuando organizábamos un viaje y veíamos que andábamos justos de espacio en el coche, era mejor no sugerir –de broma– que Carlos se fuese de Madrid a Valencia en bici, porque se iba rápido a por el casco. Otra opción era dejarle en Cuenca para que bajase el Júcar a nado hasta el Mediterráneo. Capaz era.
Pero era todavía mejor persona que deportista. Estaba enamoradísimo de su mujer, Encarna, y de sus hijos, Elena y César. Y no había nadie en su entorno por quien no se preocupara: te preguntaba por tu trabajo, por tu familia, por tu estado de ánimo, por tus exámenes… Siempre tenía en mente las preocupaciones de cada uno, estaba pendiente de todo y de todos. Vivía por y para los demás, y contagiaba su entusiasmo y su optimismo. “Qué bien te veo”, nos decía cuando entrenábamos, aunque fuera obvio que íbamos a rastras. Pero tantas veces te lo decía, y de una manera tan convincente, que acababas por venirte arriba. Que te hiciera de liebre en una carrera era otro lujo: te las hacía pasar canutas, el tío no callaba, pero nos sacaba unas marcas…
Organizaba las comidas en el campo, preparaba los juegos para los niños, nos invitaba a su casa de Mondéjar, se encargaba de la barbacoa, encontraba los viajes y los hoteles baratos… Era la versión castiza de McGyver: tenía soluciones para todo. Y cuando no miraba nadie, todavía tenía tiempo para “sus cositas”: inolvidable el día de la comida campestre en Segovia. Después de comer, paseíto por la zona. Y a los pocos minutos, dos chalados se habían tirado al pantano, para gran susto de los patos, y estaban echando una carrera. Uno era Carlos –el otro Iñigo, que no le va a la zaga–, ambos monísimos en calzoncillos.
Cuántos recuerdos, cuántas anécdotas, qué instinto de protección tenía con quien lo necesitaba. Paradójicamente, su corazón, que no le cabía en el pecho, y que entregó por entero a los demás, le traicionó a él. Fue el sábado 8 de mayo, en una carretera cercana a Mondéjar, mientras entrenaba en su bicicleta. Tenía 50 años, medio siglo de máxima intensidad.
Carlos, amigo, te has marchado cuando todavía tenías muchas cosas que enseñarnos. ¿Te diste cuenta alguna vez de lo importante que siempre has sido para todos nosotros? ¿Te lo dijimos con suficiente claridad? ¿Te dimos las gracias tantas veces como merecías? Qué sensación de eterna deuda nos dejas. Para este grupo, tu Piña –tú acuñaste este nombre–, tu gente de Vallehermoso, siempre has sido, sigues siendo y siempre serás una referencia imprescindible. Gracias, Papi, por hacernos mejores atletas; pero, sobre todo, por hacernos mejores personas. Hasta siempre, amigo.