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Correr y ser mujer

Muchos corredores quedarían asombrados al saber cuán a menudo las mujeres tienen que soportar acosos mientras corren.
Correr y ser mujer
Correr y ser mujer
05/10/2017 - Un informe especial de Michelle Hamilton. Estudio conducido por Meghan Kita y Peter Smith. Traducción SHR.

Cuando el pasado verano tres chicas fueron asesinadas en EE.UU. en el espacio de nueve días mientras corrían, los corredores reaccionaron con lógica conmoción, alarma y preocupación. No hubo nada de extraño en los últimos kilómetros de las víctimas; las tres corrían a plena luz del día y las tres seguían un recorrido que había resultado seguro otras veces. Sus muertes acaecieron cuando corrían solas: una en Michigan, otra en Nueva York y la tercera en Massachussets. Pero casi todos los corredores entrenan solos alguna vez. Esas circunstancias habituales condujeron a una tragedia que hizo de sus historias algo especialmente conmovedor. Al momento de escribir este informe han pasado dos meses y no hay ningún sospechoso en ninguno de los tres casos, al parecer inconexos.

Al tiempo que se difundían los detalles de los asesinatos a principios de agosto, mucha gente no corredora empezó con la mejor intención a aconsejar a otros, en particular mujeres: No corras con auriculares, No corras en la oscuridad, No corras sola. Los corredores también se unieron al debate; unos ansiosos por compartir qué hacen o llevan para sentirse seguros, otros viéndoselas con una sensación de vulnerabilidad recién descubierta. “Las historias emotivas sobre gente con la que nos relacionamos nos causan un gran efecto”, dice Jessica Gall Myrick, profesora e investigadora de medios de comunicación de masas en la Indiana University Media School en Bloomington (EE.UU.) y ex atleta universitaria. Cuando una persona se ve a sí misma (o a una querida) como víctima, es más fácil conectar con la historia y cuantas más similitudes, más fuerte es la conexión. Los casos múltiples intensifican la reacción: “Te puede hacer pensar que la amenaza es mayor de lo que realmente es”, dice Myrick.

En realidad, la probabilidad de ser asesinado mientras corres es muy, muy pequeña. Una mujer entre 16 y 44 años tiene sólo 1 posibilidad entre 35.336 de ser víctima de un homicidio en cualquier momento. El riesgo de homicidio aleatorio es incluso menor; es más probable que a una mujer la asesinea alguien que conoce antes que un extraño. Y se pone en un peligro mucho mayor cuando se monta en el coche para ir al trabajo o al colegio (el riesgo mortal es 2,5 veces superior al de que te mate otra persona). El riesgo actual de morir en accidente de coche en los EE.UU. es de 1 entre 14.165 (mucho más alto que el de homicidio, aunque los crímenes aleatorios generan una ansiedad desproporcionada.

Tanto corredores como corredoras no dudaban entrenar solos antes de que estos sonoros crímenes espolearan sus miedos. Muchos todavía no lo hacen. Es gente que considera que correr alivia su estrés, que es una fuga de sus preocupaciones cotidianas y una oportunidad para sentirse libres. Pero hay quien tiembla un poco cuando hay que hacer muchos kilómetros en solitario, especialmente las mujeres, pues es más probable que se las interrumpa de forma molesta y, a veces, intimidante. De hecho, el 43% de las mujeres ha sufrido alguna vez acoso mientras corren, según un estudio reciente de RW, en comparación con sólo un 4% de los hombres. En la inmensa mayoría de los casos no se trata de amenazas de muerte, pero es algo generalizado, ofensivo y es muy probable que te ocurra a ti o a alguien que conoces.

Un hombre mirará a una mujer de arriba abajo mientras pasa corriendo. Un conductor le gritará un ¡Vamos!, riéndose con sus amigos al tiempo que acelera. Una persona en bicicleta o coche seguirá a una mujer, que correrá calle abajo a escape. Aunque nada de esto pueda pasar la mayoría de las veces, saber que algo así o incluso peor podría pasar, produce estrés. En un momento en que la comidilla nacional gira en torno a los comentarios sexistas de Donald Trump y sus supuestos ataques, casi todas las mujeres (corredoras o no) soportan una atención sexual no deseada. Y no importa cuán veloz sea su ritmo; es imposible dejar atrás los acosos.

Cuando el pasado verano tres chicas fueron asesinadas en EE.UU. en el espacio de nueve días mientras corrían, los corredores reaccionaron con lógica conmoción, alarma y preocupación. No hubo nada de extraño en los últimos kilómetros de las víctimas; las tres corrían a plena luz del día y las tres seguían un recorrido que había resultado seguro otras veces. Sus muertes acaecieron cuando corrían solas: una en Michigan, otra en Nueva York y la tercera en Massachussets. Pero casi todos los corredores entrenan solos alguna vez. Esas circunstancias habituales condujeron a una tragedia que hizo de sus historias algo especialmente conmovedor. Al momento de escribir este informe han pasado dos meses y no hay ningún sospechoso en ninguno de los tres casos, al parecer inconexos.

Al tiempo que se difundían los detalles de los asesinatos a principios de agosto, mucha gente no corredora empezó con la mejor intención a aconsejar a otros, en particular mujeres: No corras con auriculares, No corras en la oscuridad, No corras sola. Los corredores también se unieron al debate; unos ansiosos por compartir qué hacen o llevan para sentirse seguros, otros viéndoselas con una sensación de vulnerabilidad recién descubierta. “Las historias emotivas sobre gente con la que nos relacionamos nos causan un gran efecto”, dice Jessica Gall Myrick, profesora e investigadora de medios de comunicación de masas en la Indiana University Media School en Bloomington (EE.UU.) y ex atleta universitaria. Cuando una persona se ve a sí misma (o a una querida) como víctima, es más fácil conectar con la historia y cuantas más similitudes, más fuerte es la conexión. Los casos múltiples intensifican la reacción: “Te puede hacer pensar que la amenaza es mayor de lo que realmente es”, dice Myrick.

En realidad, la probabilidad de ser asesinado mientras corres es muy, muy pequeña. Una mujer entre 16 y 44 años tiene sólo 1 posibilidad entre 35.336 de ser víctima de un homicidio en cualquier momento. El riesgo de homicidio aleatorio es incluso menor; es más probable que a una mujer la asesinea alguien que conoce antes que un extraño. Y se pone en un peligro mucho mayor cuando se monta en el coche para ir al trabajo o al colegio (el riesgo mortal es 2,5 veces superior al de que te mate otra persona). El riesgo actual de morir en accidente de coche en los EE.UU. es de 1 entre 14.165 (mucho más alto que el de homicidio, aunque los crímenes aleatorios generan una ansiedad desproporcionada.

Tanto corredores como corredoras no dudaban entrenar solos antes de que estos sonoros crímenes espolearan sus miedos. Muchos todavía no lo hacen. Es gente que considera que correr alivia su estrés, que es una fuga de sus preocupaciones cotidianas y una oportunidad para sentirse libres. Pero hay quien tiembla un poco cuando hay que hacer muchos kilómetros en solitario, especialmente las mujeres, pues es más probable que se las interrumpa de forma molesta y, a veces, intimidante. De hecho, el 43% de las mujeres ha sufrido alguna vez acoso mientras corren, según un estudio reciente de RW, en comparación con sólo un 4% de los hombres. En la inmensa mayoría de los casos no se trata de amenazas de muerte, pero es algo generalizado, ofensivo y es muy probable que te ocurra a ti o a alguien que conoces.

Un hombre mirará a una mujer de arriba abajo mientras pasa corriendo. Un conductor le gritará un ¡Vamos!, riéndose con sus amigos al tiempo que acelera. Una persona en bicicleta o coche seguirá a una mujer, que correrá calle abajo a escape. Aunque nada de esto pueda pasar la mayoría de las veces, saber que algo así o incluso peor podría pasar, produce estrés. En un momento en que la comidilla nacional gira en torno a los comentarios sexistas de Donald Trump y sus supuestos ataques, casi todas las mujeres (corredoras o no) soportan una atención sexual no deseada. Y no importa cuán veloz sea su ritmo; es imposible dejar atrás los acosos.


TU MUJER, TU AMIGA O TU HIJA HAN SIDO ACOSADAS

Por supuesto, no todas las corredoras se topan con una atención entrometida y no deseada cada vez que salen a correr, ni todas las mujeres que se atan unas zapatillas están en alerta y asustadas. Pero hay franjas donde el porcentaje de víctimas es particularmente alto. En corredoras menores de 30 años, el acoso es una experiencia frecuente, con un 58% de nuestro estudio declarando que esto siempre, a menudo o a veces les ocurre cuando corren. Y cuanto más a menudo experimenten tal intrusión, más difícil resulta acceder al despreocupado espacio mental que muchos corredores persiguen y que tal vez dan por sentado.

Erin Bailey -25 años- se pone en alerta en verano, cuando sale a correr al aire libre varias veces por semana. Dice que, este año, durante un rodaje de 6,4 km cerca de su casa en Boston, dio las gracias a un guardacoches por detener el tráfico para que pudiera pasar, y él respondió diciendo “Mmm…hmmm” como si salivara ante un filete. Jae Cameron, neoyorquina de 30 años, soporta miradas y silbidos con tanta regularidad en sus desplazamientos al trabajo, que se para ante la puerta antes de salir de casa, preguntándose: ¿De verdad quiero salir? ¿De verdad que quiero vérmelas con esto?

Bailey y Cameron viven en grandes ciudades, donde es muy probable que los urbanitas afronten una atención no deseada. El 55% de todas las corredoras de ciudad afirma haber experimentado alguna vez acoso durante sus carreras. Es una simple cuestión de densidad poblacional; cuantas más personas veas, más posibilidades habrá de que una de ellas se comporte como un imbécil. Y viceversa: si corres por un tranquilo barrio residencial, puede que no veas a nadie durante tu tirada matinal. Es decir, sólo aquellas que no encuentren ningún transeúnte o vehículo tienen garantizada una tirada sin interrupciones. Aunque las corredoras del ámbito rural son las menos proclives a informar de acoso, aquellas que lo sufren no se benefician del relativo anonimato que las grandes urbes ofrecen. “En las áreas rurales hay muchas probabilidades de que las mujeres vuelvan a encontrarse con su acosador”, dice Holly Kearl, fundadora de la organización de defensa de derechos sin ánimo de lucro Stop Street Harassment (SSH), “porque no pueden evitar pasar por un punto o tirar por otro camino.”


ES UN ASCO

Imagina que corres calle abajo y alguien te da un grito sin motivo aparente. Tu corazón se acelera, empiezas a sudar del susto además del esfuerzo y se te erizan los pelos por el hecho de que un extraño haya perturbado tu rodaje, por lo demás placentero. Esta vez, figúrate la quietud de un tranquilo camino vecinal… y cómo esa paz puede evaporarse cuando un extraño al volante de un coche frena para seguirte de cerca. El 30% de las encuestadas en nuestro estudio han sido seguidas por alguien en un vehículo, a pie o en bici mientras corrían. Y ahora imagínate que tu perseguidor baja la ventanilla y te pregunta si te gustaría hacerle [inserta aquí un acto sexual], proposición que el 18% de las mujeres que hemos encuestado afirma haber recibido mientras corrían. Aterrador.

Todos estos escenarios, aparte de conductas ilegales como exhibirse y manosear, entran dentro del espectro del acoso. “El acoso callejero invade el espacio de una persona y sus derechos, como cualquier forma de acoso sexual”, dice Debjani Roy, vice-directora de la organización neoyorquina de defensa de derechos Hollaback! Entre las mujeres consultadas por RW que han sufrido acoso mientras corrían, el 79% afirma molestarle “mucho” o “un tanto”. Y no es sólo molesto o inconveniente; numerosos estudios indican que el acoso crónico puede afectar a la confianza de una mujer y exacerbar problemas como la depresión, ansiedad, preocupación por el aspecto físico y trastornos alimentarios.

El acoso recuerda a las mujeres su vulnerabilidad, sustrayéndoles la sensación de seguridad. Chelsea Cloud, de 32 años y de Kalamazoo (Michigan) suele retomar el paso tras un encuentro no deseado. “Si la necesidad de un acosador es quitarle fuerza a una mujer, entonces le mostraré lo fuerte que soy”, dice. Pero al tercer incidente (una vez contó hasta ocho en una sola tirada) se enfurece y se siente vencida. “Procuro que no me afecte, pero me afecta”, dice Cloud. “Los acosadores me están quitando mi libertad y derecho a correr al aire libre en paz.”

Algunas mujeres reaccionan alterando sus hábitos deportivos. Entre las consultadas por RW que dijeron estar preocupadas por su seguridad o la atención no deseada, el 73% afirma que estos temores hacen que corran con un teléfono, el 60% limita sus rodajes a las horas de luz solar y el 52% cambia de recorrido. “Las mujeres pueden optar por senderos antes que por calles, pero eso supone otra serie de peligros”, dice Cloud. “El año pasado una joven de mi barrio fue arrastrada por un atacante a un bosque cuando corría por el Bicentennial Trail de Portage (Michigan). Afortunadamente, escapó y obtuvo ayuda.”

Dado este cálculo (las áreas populosas sustentan el acoso y las rurales pueden ofrecer refugio a personas potencialmente peligrosas), algunas mujeres retornan a la seguridad de la cinta del gimnasio. De hecho, el 27% de las consultadas por RW dice que tales preocupaciones las han llevado a correr bajo techo al menos una vez. En un estudio nacional conducido por SSH, el 23% decía ejercitarse en el gimnasio en vez de al aire libre para evitar ser víctima de acoso. Para algunas incluso fue ineficaz; la bostoniana Bailey finalmente dejó de acudir al gimnasio luego de que un hombre comentara allí que sus mallas le quedarían mejor si se las quitaba. “Se supone que correr es una liberación, un santuario”, dice ella. “En lugar de eso, me pregunto si voy a estar segura”.


¿PERO EN QUÉ PIENSAN ESOS TÍOS?

Si una amiga te contase que alguien le ha espetado algo desagradable mientras corría, asumirías que se trata de un hombre y a buen seguro no te confundirías. De las mujeres que en el estudio de RW confiesan haber sido acosadas, el 94% señalan que los autores son hombres. Las motivaciones que mueven a estos hombres son las mismas que figuran detrás de la brecha salarial entre hombres y mujeres y del hecho de que llamar a las mujeres “focas” no descalifique automáticamente a un candidato político en los EE.UU.: sexismo y desigualdad. “La esfera pública es todavía un espacio masculino”, afirma Michael Kimmel, prestigioso catedrático de Sociología y Estudios de Género en la Stony Brook University en Stony Brook, Nueva York. Por eso toda mujer que sale de casa por cualquier motivo (para correr, trabajar o recoger el correo) puede ser potencialmente acosada y es la razón de que no sólo sea una cuestión deportiva, sino social. Bocinazos, insinuaciones y demás es la manera de un hombre de decir: “Estás en mi espacio y te voy a hacer ver que así es”.

Esta demostración de fuerza está presente en la mayor parte de la atención sexual no solicitada, sobre todo cuando los hombres están con otros hombres, pese a que no todos sean conscientes. En una cultura sexista, el acoso callejero puede arraigar en el comportamiento masculino”, explica Shira Tarrant, profesora de Estudios de Género en la California State University, en Long Beach. El comportamiento de los hombres en sus vidas se modela desde niños y adolescentes, y si los adultos objetivan a las mujeres o las tratan con desprecio, los menores aprenden que es admisible y hasta admirable.

Kimmel realiza encuestas informales con sus alumnos y señala que aunque los hombres o los chicos puedan pensar que silban o chiflan para conseguir una cita, el acoso tiene muy poco que ver en realidad con el romance. “El verdadero centro de atención es la relación de un hombre con otros hombres”, explica. Hombres y muchachos quieren parecer guais, divertidos u obtener la validación y aceptación de otros hombres. La sociedad enseña que para ser un hombre, debes ser poderoso, agresivo y dominante, así que algunos lo aplican en su manera de abordar a una mujer en la calle. Pero esta estrecha definición de la masculinidad es sólo una parte del problema, dice Tarrant. El ego de un hombre, su autoestima y los problemas sexuales y personales también entran en juego. Es una de las razones por las que el acoso puede resultar violento; si una mujer ejerce su autoridad ignorando a un muchacho o diciendo lo que piensa, el hombre puede sentirse rechazado o humillado y actuar en consonancia a su enfado.

Los hombres a quienes nunca se les ocurriría silbar a una mujer pueden perpetuar la desigualdad de forma sutil, a menudo no consciente. Algunos ejemplos cotidianos son hablar de mujeres en reuniones, solicitar ideas sólo a colegas masculinos y restar importancia al mal comportamiento de otro hombre con excusas tipo “Algunos tíos son simplemente gilipollas”. Cuando una mujer corredora comparte su historia de acoso, preguntarle cómo iba vestida o si iba sola, implica que al menos parte de la culpa podría recaer en ella, cuando en realidad la opción de acosar pertenece exclusivamente al hombre. “He sido acosada en invierno e iba abrigada hasta el cuello y con la cara casi tapada”, explica Cloud.


¿Y ENTONCES QUÉ HACEMOS?

Mientras tanto, las mujeres contemplan las probabilidades de ser objeto de acoso controlando el único factor que pueden controlar: su propio comportamiento. “Nunca corro en la oscuridad y cuando corro sola durante el día, me aseguro de que sea en un parque muy concurrido de Denver o en zonas populosas”, dice Elizabeth Lemont, de 22 años y de Aurora (Colorado). “También intento variar los recorridos para que nadie memorice por dónde voy y cuándo”. Es difícil saber cómo responder ante un acoso. “Me preocupa que los hombres al volante puedan tomar represalias por mis acciones, así que normalmente no hago nada”, dice Tasha Coryell, de 28 años y de Tuscaloosa (Alabama). Pero en las tiradas largas, explica, “tiendo a reaccionar levemente y puedo fulminar con la mirada o mostrar mi dedo corazón. Cuando estoy de veras cansada, no sé cómo arreglármelas”.  

La posibilidad de que el lenguaje ofensivo devenga en acciones es la razón por la que algunas mujeres llevan protección. Kate Nyland, de 36 años y de Brooklyn, se lleva un spray de pimienta cuando sale a correr sola. “Si me amedrentan, basta con apretar y poner gesto de sensatez”, señala, añadiendo: “Supongo que es ir a la gresca y que podría salir mal si el acosador lleva un arma”. Aunque el 21% de las mujeres lleva de vez en cuando spray de pimienta en sus rodajes, pocas (el 1%) llegan al extremo de portar un arma cargada. Michele James, de 34 años y policía en Enid (Oklahoma), comenzó a correr con su revólver tras aprender en su instrucción que un atacante puede repeler el spray de pimienta. (Ver otra historia al respecto en la página anterior).

Lo que una mujer lleve no la protege frente a un acoso. Defensoras de derechos como Kearl o Roy se muestran de acuerdo pero, aún así, está muy extendida la percepción de que cuantas menos cosas lleves, más probabilidades hay de ser objeto de acoso. “Nunca corro sólo con un sostén deportivo, lo cual es incómodo en verano”, dice Leslie Davis, de 29 años y de Evansville (Indiana). Erin Bailey prefiere correr con sujetador deportivo y culottes de compresión cuando hace calor, pero a veces se pone más ropa y más holgada para evitar comentarios. “Me pregunto: ¿Puedo aguantar 6,5 km en camiseta? ¿Sí? Pues me la pongo. ¿Aguantaré 13 km? No, no es lo mejor para mi entrenamiento”.

Y esto es lo que casi todas las corredoras jóvenes deben hacer: hallar su propio punto de inflexión entre sentirse segura y cómoda, y sentir “rendirse” ante un acosador. “Aunque es importante señalarle a la gente cuando se comporta de manera rapaz y sexista, la sensación de miedo se impone siempre”, afirma Olivia McCoy, de 24 años y de Lexington (Kentucky). “Pero ser acosada no tiene nada que ver conmigo, con dónde y cuándo corro, o con qué llevo puesto; tiene que ver con una persona que piensa que dado que voy por un espacio público, tiene derecho a dedicarme groserías”. Lindsay Knake, de 28 años y de South Lyon (Michigan), rehúsa cambiar de conducta. “Si me tapo hasta arriba o me quedo en casa, lo único que hago es animar a los que buscan controlar a las mujeres. Comportarse así no está bien y creo que debemos oponernos”.

No hay una solución fácil ni inmediata, pues el acoso sexual es un problema social complejo. Pero conversar de manera franca y abierta sobre el tema (tanto hombres como mujeres) es un paso en la dirección correcta. . “Muy a menudo, el acoso callejero se normaliza y minimiza”, dice Kearl. “Escuchar las historias de la gente con empatía es importante, pues así se determina que el acoso callejero es un problema serio”. Kimmel anima a los hombres a denunciar comportamientos sexistas cuando los vean. “Si no digo nada, aunque no me guste ese comportamiento, otros hombres asumirán que lo apoyo”, dice. Aun cuando las mujeres corredoras no puedan librarse por completo de acosos, romper el status quo es un buen punto de partida. 


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