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Dicen que hubo otros Filípides: Bible Marathon

La experiencia en uno de los maratones más singulares del planeta.
Dicen que hubo otros Filípides: Bible Marathon
Dicen que hubo otros Filípides: Bible Marathon
10/10/2017 - Luis Arribas

“Entonces un hombre de Benjamín corrió desde el lugar de la batalla, en un mismo día, y llegó a Shiloh con sus ropas destrozadas”. La existencia de correos corredores es consustancial a la necesidad de un transporte ágil desde lo más alejado en la Antigüedad. El hombre de Benjamín podría haber sido un griego como Filípides o un correo azteca o un peyk en la corte de los sultanes otomanos. 

Habitualmente portadores de mercancías y armamento ligero o, sobre todo, de noticias, hubo en cada época hombres encargados de sobrevivir a las batallas para remitir mensajes a los cuarteles generales, cortes y ciudades. Después de la guerra, correr semi descalzo y llegar suficientemente entero para decir si habían vencido y, a lo sumo, caer muerto después. Al hombre de Benjamín le tocó esta vez ir a dar malas noticias. Decir que habían perdido en la batalla de Aphek y que les habían robado el Arca de la Alianza. Es un duro día de un año que ronda el 1.200 antes de Cristo.

Amaneciendo un viernes, 3.200 años después, en plenas vacaciones del Tabernáculo en Israel y con el país bendiciendo frutos y palmas, se celebra la tercera edición del Maratón de la Biblia. Unos años antes, el responsable de los Juegos Macabeos (equivalente hebraico a los olímpicos) midió la distancia desde el lugar aproximado de la batalla y la entonces capital judía. Por una de esas malditas casualidades salían los consabidos 42 kilómetros en un itinerario siempre hacia oriente. Somos dos centenares de correos a pie. Cada uno lleva su mensaje. Yo, respeto. 

Los inscritos éramos emuladores del hombre de Benjamín pero yo llevo uno auténtico unos metros por delante de mí. Le pregunto. Nos presentamos, se llama Abraham y corre disfrazado de soldado de tribu de Israel. Me cuenta que vive en la zona que empezamos a cruzar. Hace unos kilómetros que hemos entrado en la provincia de Samaria, dentro de la Cisjordania palestina, una de las dos zonas que el ejército israelí controla desde 1967.

“Entonces un hombre de Benjamín corrió desde el lugar de la batalla, en un mismo día, y llegó a Shiloh con sus ropas destrozadas”. La existencia de correos corredores es consustancial a la necesidad de un transporte ágil desde lo más alejado en la Antigüedad. El hombre de Benjamín podría haber sido un griego como Filípides o un correo azteca o un peyk en la corte de los sultanes otomanos. 

Habitualmente portadores de mercancías y armamento ligero o, sobre todo, de noticias, hubo en cada época hombres encargados de sobrevivir a las batallas para remitir mensajes a los cuarteles generales, cortes y ciudades. Después de la guerra, correr semi descalzo y llegar suficientemente entero para decir si habían vencido y, a lo sumo, caer muerto después. Al hombre de Benjamín le tocó esta vez ir a dar malas noticias. Decir que habían perdido en la batalla de Aphek y que les habían robado el Arca de la Alianza. Es un duro día de un año que ronda el 1.200 antes de Cristo.

Amaneciendo un viernes, 3.200 años después, en plenas vacaciones del Tabernáculo en Israel y con el país bendiciendo frutos y palmas, se celebra la tercera edición del Maratón de la Biblia. Unos años antes, el responsable de los Juegos Macabeos (equivalente hebraico a los olímpicos) midió la distancia desde el lugar aproximado de la batalla y la entonces capital judía. Por una de esas malditas casualidades salían los consabidos 42 kilómetros en un itinerario siempre hacia oriente. Somos dos centenares de correos a pie. Cada uno lleva su mensaje. Yo, respeto. 

Los inscritos éramos emuladores del hombre de Benjamín pero yo llevo uno auténtico unos metros por delante de mí. Le pregunto. Nos presentamos, se llama Abraham y corre disfrazado de soldado de tribu de Israel. Me cuenta que vive en la zona que empezamos a cruzar. Hace unos kilómetros que hemos entrado en la provincia de Samaria, dentro de la Cisjordania palestina, una de las dos zonas que el ejército israelí controla desde 1967.


La dureza del recorrido.

En las enciclopedias y en la wikipedia dicen que es una región montañosa. Esto tendría que haberlo previsto un poco pero me dejé llevar por la mística de la prueba y del viaje. Entendí que, siendo un maratón de ruta, las cifras de desnivel acumulado serían repartidas en un recorrido sinuoso. Pero aviso a los navegantes: lo único que comparte esta prueba con un maratón estándar de asfalto es que se disputa sobre carretera. Olviden lo demás.

Ascendemos durante los primeros siete u ocho kilómetros en mitad aún de la noche. La salida se da a las 5.30 am y la oscuridad es algo cómplice de la subida. No ocurre nada, comento a mi compañera de esfuerzo, la sevillana Lucía Fernández. La cosa no varía cuando se hizo de día en esos azules y misteriosos amaneceres del terreno semidesértico, sin humedad y sin filtro alguno para el sol. Ascendemos de avituallamiento en avituallamiento, compartiendo pelotón con los participantes en la distancia de medio maratón. Seguimos subiendo cuando ellos llegan a meta y nosotros nos internamos en Cisjordania por el Paso Este de Ariel.

Así discurrió la mañana para los doscientos viajeros de la distancia de maratón. Otros cientos, hasta completar unos dos mil participantes, bien quedaron en mandar un mensaje por whatsapp a sus comandantes o se limitaron a disfrutar de un trote de 5 o 10 kilómetros por la zona de meta: el yacimiento de la antigua Shilo.

Situado a casi mil metros de altitud, el yacimiento comparte esa base ilógica sobre la que se han desarrollado las vidas de los pueblos de Oriente Medio. La que fue capital y sede del Tabernáculo de las Doce Tribus, la capital del reino de Israel durante 369 años, Shilo, meta de nuestra zurra soleada, no está fundada al lado de un río, ni en un puerto de mar. Está subida en un cerro rodeado de caliza implacable, al que accedemos por una carretera general que combinaba todas las variaciones posibles de pendientes.


La recompensa.

Para dar una pista, el vencedor acreditó 3h23. Todos nos traemos al hotel un montante de media hora de más de un tiempo habitual. Con el lote, una preciosa reproducción cerámica por haber llegado a meta y una medalla, también artesanal. Y un concierto de Hanan Ben Ari que encandila a una población local profundamente creyente, a la que uno mira a los ojos y después mira a los de los creyentes del otro profeta. Y se da cuenta que son madres con niños, jóvenes metidos en coches polvorientos o soldados con acné, caras a las que la música o la llegada de un maratón saca un lado inocente. Como siempre, llega la pregunta de si hemos cruzado un territorio en el que los siglos discurren y el ser humano es sólo una mota de polvo.

Porque los problemas políticos, evidentes en toda la dualidad israelí-palestina, fuerzan a blindar la prueba. El concepto hebreo de seguridad se extiende armado hasta los dientes en cada cruce, en cada avituallamiento. Sin duda uno corre pensando en esa protección pero también en los dos bandos. Cuando la vista empieza a despistarse de la monotonía de pisar sobre asfalto, la cabeza se va fuera de la carretera, donde familias palestinas recogen la aceituna de bancales arrancados al duro terreno. Enfrente, piedras blancas en las que se habrán afilado un millón de cuchillos, y con las que se construyen las nuevas ciudades del país.

La realidad es así. Y la misma política tocó recientemente la celebración de la prueba, que cumple ahora su tercera edición. Un movimiento por el boicot a los eventos israelíes logró que la prueba fuera expulsada de la Asociación Internacional de Maratones, por el paso por zonas donde no se respetan, según esta ONG, los derechos humanos de los palestinos.

Las sensaciones para el coleccionista de carreras que lee esta crónica podrán llenar un diario. El viaje por un país que acoge las sociedades más antiguas del mundo podrían incluso hacer que la visión de la vida como un todo controlable y absoluto terminen por cambiar. Bastan veinte kilómetros de carrera para preguntárselo todo, viendo las casas árabes y judías, cuevas, alambradas de espino, olivos, jeeps del ejército, rostros machacados por el sol y otros que evidencian orígenes de casi cualquier punto del planeta. Y entender que antes de un pueblo había otro, a su vez éste expulsado por otro y así hasta más de 3.200 años atrás en nuestra historia. Y que nada va a cambiar si seguimos negando la convivencia.

Sólo podremos entenderla y practicarla si, por ejemplo, acudimos a correr por su colinas. Hay un mensaje que llevar desde el campo de batalla a la ciudad de Shilo. Es otro muy diferente que el que llevó el Hombre de Benjamín.


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