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El alcalde de Central Park

Alberto Arroyo, pionero en Manhattan
El alcalde de Central Park
El alcalde de Central Park
20/12/2017 - Miguel Calvo

Más allá de las prisas de la gran ciudad, no hay mejor refu­gio que Central Park. Sobre todo en otoño, cuando la luz adquie­re un brillo especial y el parque comienza a inundarse de tonos ocres y dorados, a medio camino entre el invierno que se acerca y el verano que ya se fue.

Sentados sobre los bancos, los oficinistas apuran su almuerzo. Un grupo de jóvenes baila al rit­mo de la música. Los patinadores dibujan su propio camino en el asfalto. Un saxo rompe el silen­cio bajo uno de los puentes. Un joven canta Let it Be con su guitarra junto al mosaico dedica­do a Lennon en Strawberry Fields. Y decenas de corredores hacen suyo cada rincón del parque, convertido en el corazón de la ciudad neoyorquina que se pierde a través de las gran­des avenidas y los edificios que aquí siempre tienen vocación hacia las alturas, en contraste con la espesura de los árboles.

Cuando se acerca noviembre todo se convierte en maratón.

Fred Lebow inició la locura: un domingo de 1969 empe­zó a correr en el parque y ya nada volvió a ser lo mismo. En 1970 inventó el actual Maratón de Nueva York dando vuel­tas a Central Park, convencido de que las carreras debían de estar en el centro de las ciudades, y la prueba pronto rompió sus límites iniciales, imparable, hasta apoderarse de todos los barrios de la ciudad y convertirse en el icono del deporte mundial que hoy conocemos, pero regresando siempre a su origen donde cada año se sitúa la línea de meta.

Pero mucho antes, reflejo de otros tiempos, Alberto Arroyo fue el primer hombre que comenzó a correr en Central Park, siempre en torno al estanque conocido como The Reservoir.

Nacido en Puerto Rico en 1916, Arro­yo llegó a Nueva York a mediados de los años treinta en busca de trabajo y, edu­cado por su padre en una vida sana y saludable, cada día corría junto al lago.

En 1937 un policía le recriminó por correr por la vía principal que rodea el estanque al ser un peligro para los coches de caballos de la época y Arro­yo se trasladó desde ese momento al estrecho sendero que se situaba en la misma orilla. Un pequeño camino que hoy, totalmente arreglado, es uno de los recorridos para corredores más famoso de todo el mundo, célebre por escenas de películas como el paseo de Woody Allen en Hannah y sus hermanas.

Más allá de las prisas de la gran ciudad, no hay mejor refu­gio que Central Park. Sobre todo en otoño, cuando la luz adquie­re un brillo especial y el parque comienza a inundarse de tonos ocres y dorados, a medio camino entre el invierno que se acerca y el verano que ya se fue.

Sentados sobre los bancos, los oficinistas apuran su almuerzo. Un grupo de jóvenes baila al rit­mo de la música. Los patinadores dibujan su propio camino en el asfalto. Un saxo rompe el silen­cio bajo uno de los puentes. Un joven canta Let it Be con su guitarra junto al mosaico dedica­do a Lennon en Strawberry Fields. Y decenas de corredores hacen suyo cada rincón del parque, convertido en el corazón de la ciudad neoyorquina que se pierde a través de las gran­des avenidas y los edificios que aquí siempre tienen vocación hacia las alturas, en contraste con la espesura de los árboles.

Cuando se acerca noviembre todo se convierte en maratón.

Fred Lebow inició la locura: un domingo de 1969 empe­zó a correr en el parque y ya nada volvió a ser lo mismo. En 1970 inventó el actual Maratón de Nueva York dando vuel­tas a Central Park, convencido de que las carreras debían de estar en el centro de las ciudades, y la prueba pronto rompió sus límites iniciales, imparable, hasta apoderarse de todos los barrios de la ciudad y convertirse en el icono del deporte mundial que hoy conocemos, pero regresando siempre a su origen donde cada año se sitúa la línea de meta.

Pero mucho antes, reflejo de otros tiempos, Alberto Arroyo fue el primer hombre que comenzó a correr en Central Park, siempre en torno al estanque conocido como The Reservoir.

Nacido en Puerto Rico en 1916, Arro­yo llegó a Nueva York a mediados de los años treinta en busca de trabajo y, edu­cado por su padre en una vida sana y saludable, cada día corría junto al lago.

En 1937 un policía le recriminó por correr por la vía principal que rodea el estanque al ser un peligro para los coches de caballos de la época y Arro­yo se trasladó desde ese momento al estrecho sendero que se situaba en la misma orilla. Un pequeño camino que hoy, totalmente arreglado, es uno de los recorridos para corredores más famoso de todo el mundo, célebre por escenas de películas como el paseo de Woody Allen en Hannah y sus hermanas.


Poco a poco, debajo de su enorme bigote, el puertorriqueño se fue convir­tiendo en una pequeña parte más del escenario y cuando llegó el primer ma­ratón de Lebow, él ya estaba preparado para contagiar su pasión.

Tras jubilarse, aumentó sus visitas al parque hasta convertirlo en su pro­pia casa, al tiempo que participaba en numerosas causas benéficas. Cada día pasaba allí más de diez horas, siempre dispuesto a charlar con cualquiera y a compartir carreras con todo tipo de personas, desde turistas, corredores habituales o mendigos, hasta famosos como la mismísima Jacqueline Kenne­dy.

Incluso en sus últimos años, cuando las fuerzas parecían escapársele poco a poco y tuvo que mudarse a una residen­cia, amigos y aficionados le llevaban al parque, donde no dejaba de escuchar­se su “Hey, looking good!” con el que siempre saludaba a todo el mundo.

Arroyo falleció en 2010. Una sencilla placa le recuerda junto a su lago como el alcalde de Central Park y uno de los grandes pioneros del deporte popu­lar, fuente de inspiración para muchos corredores. “Todo el mundo quiere lo máximo, yo quiero lo mínimo”, declaró Arroyo antes de cumplir los 90 años.

No hay mejor ejemplo del alma de Central Park y del espíritu que a diario llena los parques del mundo de corredo­res anónimos en busca de aquello que Arroyo descubrió hace tanto tiempo.


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