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¿Por qué correr en cinta es desesperadamente aburrido?

La psicología evolutiva nos da algunas respuestas.
¿Por qué correr en cinta es desesperadamente aburrido?
¿Por qué correr en cinta es desesperadamente aburrido?
25/04/2017 - runners.es | ILUSTRACIÓN: Mark Matcho

Hace unos años, tuvimos un hámster en casa. Arreglamos y decoramos un viejo acuario con los juguetes típicos para un hámster y lo convertimos en su particular palacio. Lo que más le gustaba –supongo, porque en ella se pasaba las horas muertas– era la rueda giratoria, que es la versión para roedores de nuestras cintas de correr. No había noche en la que no se pasase un mínimo de cuatro horas corriendo y, a veces, podía estar incluso hasta seis horas. A menudo me preguntaba por qué lo hacía. ¿Quería perder peso? Era poco probable. ¿Creería que iba a llegar a alguna parte? También tenía mis dudas al respecto. Y no paraba de observarle: el hámster corría intervalos cortos, de unos 15 segundos, sacaba la cabeza de la rueda, miraba a su alrededor y volvía a su ejercicio. Es cierto que nunca llegó a ninguna parte, pero eso jamás pareció importarle. Sencillamente seguía corriendo.

Tampoco parecía quejarse. Si alguna vez se aburrió en sus interminables giros a la rueda, jamás dio muestras de ello. ¿Por qué los seres humanos no podemos parecernos más a los ratones y disfrutar mientras corremos en un aparato estático? ¿Por qué nos aburre tanto correr en cinta?

La ciencia nos da algunas claves; en concreto, el campo de la Psicología Evolutiva. Esta rama estudia la historia natural de nuestra especie y trata de explicar el modo en el que las adaptaciones realizadas por nuestros ancestros nos podrían afectar hoy en día. Para bien o para mal, muchos de sus rasgos físicos y mentales aún están presentes en el homo sapiens del mundo moderno. Algunos de ellos son de gran utilidad, pero otros pueden convertirse en un obstáculo. Y es que nuestros cerebros de cavernícola no están muy adaptados para correr en cinta.

Hace unos años, tuvimos un hámster en casa. Arreglamos y decoramos un viejo acuario con los juguetes típicos para un hámster y lo convertimos en su particular palacio. Lo que más le gustaba –supongo, porque en ella se pasaba las horas muertas– era la rueda giratoria, que es la versión para roedores de nuestras cintas de correr. No había noche en la que no se pasase un mínimo de cuatro horas corriendo y, a veces, podía estar incluso hasta seis horas. A menudo me preguntaba por qué lo hacía. ¿Quería perder peso? Era poco probable. ¿Creería que iba a llegar a alguna parte? También tenía mis dudas al respecto. Y no paraba de observarle: el hámster corría intervalos cortos, de unos 15 segundos, sacaba la cabeza de la rueda, miraba a su alrededor y volvía a su ejercicio. Es cierto que nunca llegó a ninguna parte, pero eso jamás pareció importarle. Sencillamente seguía corriendo.

Tampoco parecía quejarse. Si alguna vez se aburrió en sus interminables giros a la rueda, jamás dio muestras de ello. ¿Por qué los seres humanos no podemos parecernos más a los ratones y disfrutar mientras corremos en un aparato estático? ¿Por qué nos aburre tanto correr en cinta?

La ciencia nos da algunas claves; en concreto, el campo de la Psicología Evolutiva. Esta rama estudia la historia natural de nuestra especie y trata de explicar el modo en el que las adaptaciones realizadas por nuestros ancestros nos podrían afectar hoy en día. Para bien o para mal, muchos de sus rasgos físicos y mentales aún están presentes en el homo sapiens del mundo moderno. Algunos de ellos son de gran utilidad, pero otros pueden convertirse en un obstáculo. Y es que nuestros cerebros de cavernícola no están muy adaptados para correr en cinta.


Imagina por un momento a nuestros antepasados, hace 250.000 años, viviendo en el Pleistoceno. Recuerda que no sólo iban por ahí buscando bayas para alimentarse. El mundo entonces era una lucha por la supervivencia y había al menos dos buenas razones por las que correr. La primera, tener algo que cenar. La segunda, no ser la cena de ningún depredador. Hoy en día, nuestra especie sigue corriendo pero las razones para hacerlo han cambiado. En la actualidad, nuestra cena está esperando precocinada (o no) en la nevera o en la mesa de un restaurante. Además, salvo que vivas cerca de una tribu de caníbales, no hay nadie intentando convertirte en su plato principal. Aunque a veces corramos para coger el autobús, en la mayoría de las ocasiones lo hacemos para hacer deporte o para mantenernos en forma.

Perseguir a una presa en la sabana africana es muy diferente a correr para bajar de peso, entrenar para una carrera o  completar una sesión agotadora para mantenerte en forma. Hay dos grandes diferencias entre cómo corrían nuestros ancestros y cómo lo hacemos nosotros. En primer lugar, ellos corrían por un terreno variado, en el que el paisaje iba cambiando a medida que recorrían kilómetros a toda máquina. Los árboles, el suelo y el cielo se veían distintos a medida que se movían y esas modificaciones se relacionaban con la velocidad a la que corrían. Esta variación de los estímulos es una consecuencia natural del acto de correr. Sin embargo, cuando corremos en cinta, estos cambios no se producen y nuestro cerebro nos dice que algo no va bien (cuando, a pesar del esfuerzo, no llegamos a ninguna parte). Cientos de miles de años de expectativas físicas y mentales quedan frustradas. Por lo general, interpretamos esta discordancia como aburrimiento, pero también se puede entender como la ausencia de todo aquello que nuestros sentidos asocian con el movimiento. Así que escuchamos música o vemos la televisión mientras corremos en cinta, con lo que intentamos compensar la falta de estímulos del paisaje del gimnasio.

La segunda diferencia entre la carrera en cinta moderna y el modo de correr en el Pleistoceno tiene que ver con los objetivos. En la prehistoria, los objetivos estaban claros y se podían lograr de inmediato. Cazar un animal significaba que había comida para varios días. Nada mejor que volver al campamento de la tribu con una recompensa en forma de carne para asarla en el fuego y disfrutar de ella tras una dura cacería a la carrera. Todos nosotros procedemos de los mejores cazadores de aquella época: los que sabían correr, cazar y lograr alimento para su descendencia. Los que no lo lograban, no sobrevivían.


De hecho, los objetivos en el Pleistoceno eran fáciles de medir: había que lograr algo para la cena y estar de vuelta en casa antes del anochecer para evitar a los predadores. En un gimnasio, los objetivos que perseguimos son más abstractos y no tienen recompensa inmediata. ¿Perder peso? ¿Estar en forma? ¿Entrenar para un maratón? En el día a día, estos resultados son casi imperceptibles.

Disfrutamos del subidón de endorfinas o de saber que estamos haciendo algo saludable, pero no se trata de objetivos que se puedan medir fácilmente... y podemos tardar meses en recoger los resultados. Visto así, ¿quién puede culpar a un corredor por aburrirse en la cinta? ¿Te imaginas a un hombre prehistórico entrenándose en un gimnasio para ir a cazar un mamut y teniendo que esperar cuatro meses para cenar? Por si esto fuera poco, vivimos en una sociedad en la que priman las gratificaciones inmediatas. Si la satisfacción no es instantánea, nos asalta el aburrimiento.

La buena noticia es que no tiene por qué ser así. Correr en cinta puede no ser sinónimo de aburrirse, a pesar de que no corramos por nuestra supervivencia. La clave está en prestar atención a nuestro interior, lo que se denomina “conciencia plena”. Es probable que los primeros homínidos no dedicaran mucho tiempo a la autorreflexión, pero seguro que también prestaban atención a los detalles de su cuerpo mientras perseguían y eran perseguidos. Para sobrevivir, necesitaban estar atentos a la velocidad a la que corrían, al ritmo y a sus propias fuerzas, al menos a un nivel muy básico. Tenían que escuchar a su cuerpo.


Como hoy en día no estamos obligados, no lo hacemos. No sólo es en el gimnasio donde nos ignoramos a nosotros mismos y recurrimos a las distracciones externas. Incluso durante la cena en casa estamos chateando con el móvil en lugar de interactuar con las personas que nos rodean en la mesa. No sorprende, por tanto, que una cinta de correr nos resulte exasperante.

Muchos ya no somos conscientes de todo lo que sucede en nuestro interior y resulta que ese mundo interior es un antídoto natural contra el aburrimiento que nos asalta en la cinta de correr, aunque para aprovecharnos de sus beneficios hemos de conectar con nosotros mismos.

La próxima vez que te subas a la cinta de correr, trata de ser consciente de ti mismo. Presta atención a tu cuerpo. Siente tus pies con cada paso que das. Evalúa si la postura de tus brazos te provoca tensión en los hombros o si tu respiración resulta demasiado ligera o demasiado profunda. No te desanimes si al principio se te hace pesado. La conciencia plena de tu propio cuerpo tiene grandes beneficios para la salud que van más allá de la reducción del estrés: permite descansar a tu sistema nervioso, al alejarlo del bombardeo de luces y sonidos en el que hemos convertido nuestra vida diaria.

Puede que nunca llegues a disfrutar tanto en una cinta como un hámster en su rueda, pero con el tiempo puedes quedarte cerca de lograrlo, incluso a pesar de que tus sentidos te recuerden que los pies no te llevan a ninguna parte.


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