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Korrikalari

Asier Cuevas: "Jamás me ha tirado la parte económica del atletismo porque no me ha hecho falta. Me atrae la satisfacción personal"
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03/10/2017 - Alberto Hernández | Fotos: Jaime de Diego

TIEMPO DE LECTURA: 15 minutos. 

La carretera es un arma de infinitos filos. Mano tendida al forastero que demanda horizontes. Promesa de libertad, garan­tía de peligro. Su alquitrán, vapuleado por miles de dudas, apenas se esfuerza en disimular las heridas abiertas de los que van y vienen, grietas que perciben con crueldad las suelas de quien la re­corre sin más carruaje que un cuerpo escueto, trenzado a fuerza de trotar so­bre esas rugosidades con la mirada fija en algún punto indeterminado. Cada una cuenta su propia historia.

La que hermana Azkoitia con Azpeitia lo hace en voz alta, poco antes de arribar a la basílica de San Ignacio de Loyola, en el fondo de un valle escoltado por la ímpudica hermosura de una naturale­za verde y frondosa. Sirve a su relato la escultura de un atleta a galope tendido. Cinta en el pelo, camiseta de tirantes, el pantalón bailando sobre su diminuto muslo. Un hombre que dejó de correr en ese mismo lugar hace quince primave­ras, precisamente la víspera de la media maratón que ha hecho más por estos dos pueblos que todos los libros de geografía de la Enseñanza General Básica. Se lla­maba Diego García y estaba doctorado en diezmil batallas de largo aliento. Po­seía ese extraño don para desenvainar la sonrisa en mitad de las tormentas, ya fuesen de la agonía con dorsal, ya de la vida misma. A los devoradores de asfalto dejó en herencia la pasión por el oficio y la imposibilidad de olvidarle.

Buscando a un compañero de los que llevan su recuerdo adherido al sudor de las piernas hemos venido a estas tierras. Hace ya tiempo que soltó amarras con Filípides. Lo frecuenta, pero la relación es un mero formalismo social. Un res­quicio de conveniencia. Descubrió que hay vida más allá de la milla veintiséis y se dispuso a conquistarla sin asumir el riesgo de volverse sal. No miró atrás. Abrazó el ultrafondo, atendió las quejas del organismo cuando le sometes a la tor­tura de los tres dígitos. Y le gustó. Cien series de mil metros sin recuperación, eso es a lo que se dedica Asier Cuevas.

Es excelente en ello. Desde que debu­tara en la disciplina, en 2011, ha disputa­do cinco pruebas. Finalizó todas menos una; dos victorias, un segundo puesto y un cuarto. Campeón de España, de Eu­ropa, subcampeón Mundial (con mejor marca personal, 6:35:49, Winschoten, Holanda, 2015).

TIEMPO DE LECTURA: 15 minutos. 

La carretera es un arma de infinitos filos. Mano tendida al forastero que demanda horizontes. Promesa de libertad, garan­tía de peligro. Su alquitrán, vapuleado por miles de dudas, apenas se esfuerza en disimular las heridas abiertas de los que van y vienen, grietas que perciben con crueldad las suelas de quien la re­corre sin más carruaje que un cuerpo escueto, trenzado a fuerza de trotar so­bre esas rugosidades con la mirada fija en algún punto indeterminado. Cada una cuenta su propia historia.

La que hermana Azkoitia con Azpeitia lo hace en voz alta, poco antes de arribar a la basílica de San Ignacio de Loyola, en el fondo de un valle escoltado por la ímpudica hermosura de una naturale­za verde y frondosa. Sirve a su relato la escultura de un atleta a galope tendido. Cinta en el pelo, camiseta de tirantes, el pantalón bailando sobre su diminuto muslo. Un hombre que dejó de correr en ese mismo lugar hace quince primave­ras, precisamente la víspera de la media maratón que ha hecho más por estos dos pueblos que todos los libros de geografía de la Enseñanza General Básica. Se lla­maba Diego García y estaba doctorado en diezmil batallas de largo aliento. Po­seía ese extraño don para desenvainar la sonrisa en mitad de las tormentas, ya fuesen de la agonía con dorsal, ya de la vida misma. A los devoradores de asfalto dejó en herencia la pasión por el oficio y la imposibilidad de olvidarle.

Buscando a un compañero de los que llevan su recuerdo adherido al sudor de las piernas hemos venido a estas tierras. Hace ya tiempo que soltó amarras con Filípides. Lo frecuenta, pero la relación es un mero formalismo social. Un res­quicio de conveniencia. Descubrió que hay vida más allá de la milla veintiséis y se dispuso a conquistarla sin asumir el riesgo de volverse sal. No miró atrás. Abrazó el ultrafondo, atendió las quejas del organismo cuando le sometes a la tor­tura de los tres dígitos. Y le gustó. Cien series de mil metros sin recuperación, eso es a lo que se dedica Asier Cuevas.

Es excelente en ello. Desde que debu­tara en la disciplina, en 2011, ha disputa­do cinco pruebas. Finalizó todas menos una; dos victorias, un segundo puesto y un cuarto. Campeón de España, de Eu­ropa, subcampeón Mundial (con mejor marca personal, 6:35:49, Winschoten, Holanda, 2015).


Un personaje nefasto para el periodis­ta. Humilde, hospitalario, paciente, de trato fácil y bonhomía perenne. Cuali­dades que tientan a la pluma a deslizar­se del reportaje a la oda. Te aniquila el punto de vista. Estrangula tu objetivi­dad. Los honorables padres de familia que hacen malabares con el reloj para llegar puntuales al baño vespertino de sus retoños son el enemigo natural de los grandes relatos. Se lo cantaba Sabina a su cuate Joan Manuel Serrat: "Tenía que estar prohibido un fulano así". Cuando Asier habla no le tiembla el corazón en la garganta, lo hace de forma educada, con pausa. Entonces no quieres seguir entrevistándole, deseas ser su amigo. Y sabes que has perdido.

Solo queda la técnica, los trucos, tram­pear la situación para indagar en una biografía que se puso por vez primera las zapatillas "a los seis años, en Eibar, donde nací, muy cerca de aquí. La típica carrera que se hace en la escuela, serían doscientos o trescientos metros. Luego ha habido una buena evolución, por lo menos en la distancia... Ha aumentado bastan­te...", dice con la carcajada a media asta, como si al instante visualizase la ridiculez que un par de hectómetros representan en una de esas aventuras que le llevan a permanecer en movimiento durante horas. Lo que ha mantenido inmutable desde entonces es su fidelidad a la con­catenación de zancadas: "A mí correr me ha gustado siempre. Al principio, como todos los chavales, igual tiraba un poco más al fútbol. También practicaba ping pong y hacía otras actividades, pero siem­pre combinándolo con correr. Aparte de que pueda haber destacado más o menos es algo que me atrajo y con lo que sigo disfrutando. Siendo joven veía que estaba delante, pero luego, con los años, cada vez lo estaba más, y eso te motiva para seguir y buscar tu espacios hasta llegar a donde he llegado, los cien kilómetros".

Estaba tardando, pero a la tercera pregunta aparece la dichosa palabra. Siempre la misma. ¿Qué fue de las fórmulas mági­cas? Maldito deporte este. Trabajo. "En las distancias en las que me muevo te vas haciendo a base de perseverar". Como llegar a ellas fue, no obstante, producto del realismo, de observar detenidamente las cartas que le habían dado en la pri­mera mano. Someterlas al tamiz de su mente científica. Y jugarlas.

"Siempre he sido un atleta con muy poco peso -no llega a los 50 kilos- y bastante limitado por la fuerza. Esa carencia no era buena para las carreras rápidas. Me daba cuenta de que cuanto mayores eran las distancias, mejor me amoldaba. Hasta que llegó 2001; con 28 años di el salto a la media maratón y vi que me adaptaba perfectamente. Luego, en poco tiempo, decidí pasar al maratón y comprobé que me iba mejor todavía. A más kilómetros más rendimiento. Ade­más los tests indicaban que era muy eco­nómico, así que fue lógico terminar en el ultrafondo", cuenta alguien cuya mejor marca en cuatrocientos metros, cincuen­ta y nueve segundos, está firmada en la última vuelta de una carrera de diez mil. Imposible encontrar un argumento de autoridad más sublime.

La soledad es inherente al destajo del ko­rrikalari. Tomar la línea continua y aferrarse a su presencia hasta que los músculos comiencen a llorar. No es ir al cine. A este plan se apuntan pocos. Y él es el único que concluye. Un páramo de introspección en el que los segundos caen sobre el piso con una pereza paquidérmi­ca. Cinco, seis, siete... Hasta que llega un punto que el sueño de la razón, además de monstruos, produce disparates: "El Mun­dial de 2012, en Seregno, Italia, lo terminé muy jodido. Acabé cuarto, con 6:44:54. Al final sufrí unos calambres de la leche. Tenía que pararme cada poco a estirar. Y me puse a pensar... ¿qué puedo hacer para seguir? Se me ocurrió tirarme al suelo y dar vueltas, luego vi a un español entre el público y quise decirle que me llevase en hombros... Cosas que no tienen sentido. Es porque la cabeza ya va que no puede. Te falta de todo, lo que más, azúcar".


De alguien que se presenta voluntario a semejante castigo podría sospecharse un carácter amargo. Retraído. Cuanto menos distante. Una especie de ermi­taño sin otra pretensión que despedirte con cortesía para proseguir su retahíla de pasos a ningún lugar, a todos los lu­gares. Pero Asier no atiende a tópicos. Alarga las sobremesas, paladea el vino, frecuenta a las amistades y transita por la calle como un ciudadano medio, sin levantar sospechas. Pocos imaginan que programa el despertador en franjas que da vergüenza escribir y, cuando el nuevo día se hace patente, hace rato que está deambulando por el mundo. Los deberes hechos, le dicen.

Bien es cierto que compite solo, pero avanza en compañía. Onintza, su esposa, y los pequeños Aner (6) y Kilian (2); le preguntaron al primogénito qué nombre quería para su hermanito y anunció el del mejor sky runner de todos los tiem­pos, al que ambos ya han tenido oportu­nidad de conocer en la catedral de Zegama-Aizkorri. El trío celebra gustoso la maestría paterna para encajar entrenos salvajes en una jornada laboral que nun­ca baja de las ocho horas, en ocasiones extensibles a diez.

No pierde un segundo en devaneos logísticos y ha convertido el coche en un vestuario ambulante en el que nunca se echan en falta los trastos de salir por patas. Porque en él siempre fue cristalina la consciencia de no abandonar el prin­cipal trasvase de viandas al plato: "Claro que te preguntas qué hubiera pasado si solo me hubiese dedicado a esto, pero tenía claro desde un princi­pio que no iba a dejar de trabajar por correr. El ni­vel que tenía no era como para llegar a poder vivir bien de ello. Además, el trabajo que tengo me gusta, me llena. No quería sacrificar una cosa por la otra y en su día decidí compaginarlas. La di­putación buscaba un deportista de cierto nivel que estuviese en el mundo laboral para demostrar a la gente joven que se pueden compatibilizar los estudios con el alto rendimiento en un deporte tan sa­crificado como el nuestro. Entré en un programa que no me aportaba dinero, pero me liberaba de unas horas de trabajo. Fui de la mano del difunto Kote Olaizola y Jesús Gutiérrez, sus impulsores, y de mi jefe de departamento Mikel Zatarain. No pude hacerlo efectivo porque, aun te­niendo el aval del gerente de mi empresa, que siempre me ha apoyado, hubo una persona que no quiso que siguiera y puso trabas; renuncié, consideraba poco ético beneficiarme de un acuerdo que por culpa de otro no iba a poder cumplir. Es una espina que siempre había tenido clavada, pero me la quité en 2008 ganando el Cam­peonato de España de maratón. Demostré que se podía ganar el título con una marca decente, 2:15:00, cumpliendo un horario como el de cualquier trabajador".


Asier trabaja como investigador en el centro tecnológico IK4-TEK­NIKER, un quehacer de alta cua­lificación que le otorga importan­tes ventajas, como desdeñar los réditos que podrían derivarse de su evidente talento: "Hasta aho­ra, que tengo beca de la RFEA y del BAT (Basque Team), no ha­bía sacado prácticamente nada de esto; al contrario, seguro que incluso he perdido algo. Lo hago porque me hace sentir bien, me realiza. Cuando cumplo mis de­seos y veo ilusionarse a la gente de mi entorno, experimento una alegría inmensa. Y yo, al final, funciono por motivaciones. Las carreras con mucho dinero son contadas en el calendario de la ultradistancia, pero jamás me ha tirado la parte económica del at­letismo porque no me ha hecho falta. Lo que me atrae es la satis­facción personal de conquistar mis retos. Si me dan algo, tonto no soy, lo cojo, pero yo corro por­que me apasiona, persiguiendo objetivos. No he pedido fijos de salida en mi vida; alguna vez, no más de un par, he cobrado algo en alguna media maratón por­que tenía el récord. No vivo de esto, por lo que no pido, seguro que hay gente a la que le hace falta bastante más que a mí. Me considero afortunado de que no me cueste más que lo justo y que haya personas dispuestas a apo­yarme, porque siempre digo que esto es un deporte individual formado por un equipo. Cada uno cuenta, por eso, además de a mi familia y la grupetta, les doy las gracias a todos: José Luis, el masajista, que tiene unas manos extraordinarias; si tengo que re­currir a algún médico, fisio o lo que sea, también lo tengo fácil, ahí están Alejandro, Gorka, con alguno como Guille o Josean, que en los momentos importantes me transmiten tranquilidad. Toda la parte de los test y el seguimiento la llevo a cabo en el CPT (Centro de Perfecciona­miento Técnico) a través del BAT, con Xabier Leibar y Aitor Alberdi, que junto a Usue Zatika me aportan muchísimo. En cuanto a material, New Balance lleva años dándome el mejor. Es alucinante, porque era la marca que tenía como re­ferente de crío, por la fama de sus za­patillas con control de estabilidad, que en aquella época eran como un Rolls Royce para mí. Confiaron incluso cuan­do las lesiones no me permitían rendir al máximo. Tengo suerte, es una de las grandes y su gente, Coe, Santi y Anna, parte de mi vida. Lo mismo podría decir de Natur Import, siempre han estado ahí, al pie del cañón".

De la manera romántica de abordar cada fogonazo de salida da fe su inten­ción de renunciar a la beca de la Real Fe­deración Española de Atletismo en caso de obtenerla en el próximo Mundial (Los Alcáceres, 26 de noviembre de 2016), pues con­sidera que no debe ser un premio para alguien en vías de extinción competitiva, sino un aliciente que avive las ilusiones de los que sigan en la brecha.

Otra anécdota sobre su escaso apego al pecunio acontece en otoño de 2004. Acude al Maratón de Berlín y el resulta­do le satisface lo que un dolor de muelas (vigésimo cuarto). Así que, para no echar al traste todo lo invertido en desbrozar­se los tendones, se alista dos semanas después en el de Toronto, preguntando antes en la cuadrilla si alguien desea acompañarle. Se apuntan unos cuantos y se van a Canadá, donde, como sabemos por Javier Krahe, "aunque no sea el Cari­be, aunque las temperaturas desde luego son más duras, también hay gente y se vive". Esta vez Asier encuentra buen aco­modo en la clasificación general y cruza el arco de meta en quinta posición; el cheque que recibe lo deposita en el bote común del viaje para que la factura final sea mucho más esbelta.

La obligación de currar ajus­tándole la golilla al intelecto sale a relucir cuando de exigir al músculo se trata: "A mí me gusta saber por qué pasan las cosas. En mi trabajo me fastidia quedarme sin saber por qué su­cede algo. Cuando el cuerpo está esforzándose, quiero saber qué es lo que está pasando, qué capa­cidad estoy trabajando, ir cogien­do conceptos e ir adaptándolos a lo que necesite".


Esta pasión por el conoci­miento, el sosiego de ver satis­fecha su curiosidad y ampliado el horizonte, le lleva a reservar un aposento en la cabecera de su orla de benefactores para aquellos que tallaron su don hasta lograr que lo extraordinario se antojase cotidiano. El entrenador, estoico alquimista de datos y sensacio­nes que, a menudo en la sombra, altruista como pocos, observa al pupilo con la quietud de quien pa­rece poseer todas la respuestas. Puedes engañar a tu pareja, a tus amigos, a tu jefe; pero él te mira a los ojos y desentraña hasta el último desvelo de tu alma.

Ha tenido varios, y todos dejaron su poso para que ahora, cuando aguarda junto a sus rivales a que comience el baile de endorfinas, estos le escruten temerosos ante la desórbitada cantidad de dolor que van a tener que soportar si quieren enseñarle la espalda. El primero de ellos fue "Tomás, con el que estuve poco tiempo porque se fue a vivir fuera de Eibar. Luego seguí con Roberto Aguirregomezcorta, ganador del primer Maratón de Bilbao. Fue casi como un padre. Entrené con él desde los diez a los diecisiete, hasta que falleció. Siempre estábamos juntos. Nos gustaba el monte, nos encantaba correr. De él aprendí el va­lor de la disciplina. Cuando le perdí traté de aprender por mi cuenta, leía todo lo que podía. Después conocí a Alejandro Altuna, médico del Polideportivo de Ei­bar. Tenía la parte teórica, pero le faltaba la práctica. Yo tenía la práctica, pero me faltaba la teórica. A menudo discutíamos sobre entrenamientos, para qué valía uno, para qué valía otro... Con él comprendí mucho sobre fisiología del deporte".

Tras ellos llegó su preparador actual, el mismo que hace más de dos décadas ayudó a Diego García a convertirse en subcampeón de Europa, mito de cente­nares de trotadores vocacionales. Santi Pérez, "un sabio del maratón. Te ense­ña todo lo que sabe, atiende cualquier pregunta. No diría que ha sido como un padre, porque me pilló más mayor, pero es un extraordinario amigo. A través de él vas tratando a gente que sabe mucho del tema".

JUNTO A ESTE MAESTRO HUMILDE (no son pocas las gargantas autorizadas que le señalan como el mejor conocedor del universo 42K a este lado de los Pirineos) empren­dió el viaje hacia lo desconcertante. Jun­tos quebraron las barreras de la lógica, pisotearon axiomas y desvelaron todo lo que se escondía más allá de la carrera más larga del programa olímpico. "Diego pudo experimentar los diferentes proce­sos que hubo en el maratón hasta llegar a la generación gloriosa de los noventa. En esa época se fijaron mucho en la escuela italiana, tanto Santi como el grupo del doctor Leibar. El concepto de los test de lácticos viene de allí. Fue un periodo de mucho estudio y se lo tomaron muy en serio", comenta, deteniéndose a puntua­lizar que, si bien nunca ha otorgado un papel preponderante a la calidad, tam­poco ha sido desmedido con la cantidad: "He abusado de kilómetros, pero no tanto como Diego. Por mi fisonomía no puedo meterme una semana de trescien­tos, encima trabajando. Hay que hacer semanas largas, pero no las salvajadas de entonces".

El periodista le cree, aunque arquea las cejas porque recuerda que hace dos días, un domingo cualquiera, el entre­vistado confesaba haber desayunado un maratón en dos horas y cuarenta minutos (ha llegado a hacer cincuenta kilómetros, los últimos veinte por debajo de tres mi­nutos y veinte segundos el mil).


El método de su guía deportivo se basa, a grandes rasgos, en manejar con solven­cia ritmos próximos al umbral, pues "un tío que corre un maratón en dos horas diez no puede hacer series tranquilamen­te a dos cuarenta y cinco. Él trabaja ritmos más cercanos al del maratón para intentar que el atleta se vuelva menos caro, más económico". Esa línea de actuación fue la que, con oportunas modificaciones, siguieron cuando tocó enfrentarse a los cien kilómetros, donde la escasa biblio­grafía técnica obligó a dejarse guiar por el instinto: "Nos basamos en lo que sabía­mos del maratón, básicamente el mismo esquema pero alargando un poco los ro­dajes (llegamos a hacer doce tiradas de cuarenta a sesenta kilómetros), reducien­do las sesiones de calidad y dando más importancia al gimnasio y a las cuestas, incluyendo sesiones de correr en el monte para trabajar la musculatura excéntrica y que aguante bien en la parte final. Mi primer cien, en el Nacional de Santa Cruz de Bezana, lo disputé tras el periodo gene­ral de una planificación de maratón (diez semanas), antes de empezar el específico (doce), simplemente a ver qué pasaba. No me fue mal: 6:38:56 y victoria". Tras el ex­perimento tardó en recuperarse, aunque sabía que se había topado con la horma de su zapato y decidió centrarse en domarla al máximo: "No me gusta competir mu­cho porque psicológicamente me cansa. Por eso he llegado a ser un atleta longevo. Preparo algo y lo doy todo."

Ahora, una vez solventado el contacto con lo novedoso, se encuentran "en un periodo de probar diferentes tipos de en­trenamiento, pero tenemos la desgracia, entre comillas, de que somos pocos, y para ver cómo se comporta el organismo hace falta más gente, si no el estudio no sería válido. Aún así, con Santi y Xabier Leibar lo estamos intentando".

El último servicio de Asier en la eli­te será el Mundial. Allí, como siempre, lucirá dos relojes. Uno moderno con las más extravagantes funciones y un viejo Seiko, sencillo e indestructible como su propietario original, Diego García. Con él logró su único triunfo en un maratón, San Sebastián 2012. Cuando le hicieron notar que su amigo fallecido jamás ganó en Donosti, alzó la muñeca y dijo: "¿Cómo que no? Hoy ha estado aquí conmigo". A mediados de otoño, junto al Mediterráneo, volverá a acompañarle. Ojalá puedan cele­brar juntos el oro que ambos merecen.

Publicado originalmente en el número de octubre de 2016


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