Cada vez que entrenas fuerte estás sometiendo a una sobrecarga a tus articulaciones, músculos y sistema cardiovascular, de modo que al acabar tu nivel físico es inferior al que tenías al empezar (por eso te sientes cansado).
Tu cuerpo al recibir este estrés se prepara para la siguiente sobrecarga con un crecimiento muscular y adaptaciones neuromusculares que hacen que los músculos se coordinen mejor entre ellos y sean más eficientes, además de otra serie de mejoras más complejas. Así la siguiente vez que entrenes estarás más fuerte y serás más rápido y resistente. Esta capacidad de adaptación o subida de nivel es la llamada supercompensación.
Si no te recuperas el tiempo suficiente después de un esfuerzo duro la
supercompensación no se produce. Al contrario, si repites estos esfuerzos
sin recuperación podrías llegar a un estado de fatiga crónica por entrenar
con el cuerpo en estado de debilidad, la debilidad inducida por el propio entrenamiento.
Si dejas pasar demasiado tiempo tu estado de forma
tampoco mejora, ya que los efectos de la supercompensación
se han pasado y has vuelto al
nivel inicial.
La clave es aprovechar la mejora de
forma de cada sesión para iniciar la siguiente
en ese momento bueno. Las diferentes
cualidades tienen diferentes
tiempos de recuperación ideales a respetar.
Otra cosa que no podemos olvidar es
que los cuerpos se adaptan y no necesita
la misma recuperación un atleta de elite que
un deportista aficionado.
En general el aeróbico ligero se puede hacer cada día (caminar, carrera, pedaleo o nado suave), el aeróbico medio-intenso requiere de un día de recuperación, aunque también se pueden hacer dos o tres seguidos y tomar un descanso de uno o dos días; las sesiones de fuerza conviene espaciarlas dejando un día completo de descanso y cuando hablamos de fuerza máxima y trabajos con alto componente anaeróbico es aconsejable no repetirlos hasta dos días después.