Los corredores somos muy competitivos, no nos conformamos con estar en forma, nos gusta superar nuestros propios límites y mejorar nuestra marca en cada carrera
Esto es consustancial con el ser humano, y aunque no lo queramos reconocer, a la mínima oportunidad nos estamos retando, aunque sea a nosotros mismos. En el corredor esto es más evidente que en ningún otro caso. Probablemente nadie empieza a correr con la intención de realizar unas marcas determinadas, los motivos suelen ser muy distintos. Pero cuando se convierten plenamente en corredores sus actitudes son muy diferentes. Entran de lleno en la dinámica de mejorar las marcas personales.
Se lanzan a una carrera frenética por mejorar hasta el infinito. Pero el cuerpo tiene sus límites y cuanto más rápido se intente avanzar, mucho antes llega el estancamiento. En esos momentos se suelen producir dos comportamientos casi opuestos, uno es el del "empecinado", que se ofusca en seguir mejorando sus marcas incrementando aún más el entrenamiento, el otro comportamiento es el del "tranquilo", que con prudencia busca las mejoras a largo plazo y de la forma más segura.
Estas actitudes tan opuestas son las que determinarán el éxito o el fracaso de la empresa. La actitud del "empecinado" lleva inevitablemente al dolor, las lesiones, al sufrimiento, al estrés y en el peor de los casos a la frustración personal. Y todo ello por ser impaciente e imprudente. La otra actitud, lleva al corredor a ser más coherente, a estar mejor informado de cómo entrenar y, a largo plazo, le supone estar mejor entrenado, sin dolores, sin lesiones, disfrutando más de la carrera y en la mayor parte de los casos mejorando sus marcas o perdiendo poco, en el caso de los corredores más veteranos.
A veces se entra en una espiral peligrosa en el mundo del corredor: pretender mejorar permanentemente y querer romper todas las "barreras psicológicas". De lo normal y natural que es mejorar las cualidades físicas, el estado de forma y los ritmos a los que uno puede correr, se está pasando a la búsqueda permanente de los límites. Se está dejando en un segundo plano la búsqueda de las buenas sensaciones, de la buena salud y de la buena forma física, cuando debería ser al revés.
Parece como si casi todos quisieran romper barreras:
acabar en menos de 5 horas el primer maratón y, después,
bajar de 4 horas, a continuación buscan rebajar las tres horas
y media. Y los que han bajado de esta marca quieren bajar de
tres horas. Lo mismo ocurre en el medio maratón y en los
diez kilómetros. Claro que puede ser posible, pero siguiendo
unos plazos lógicos y sensatos, sin prisas y sobre seguro. No
todos mejoramos igual, cada uno tiene sus cualidades físicas
y, lo que para unos es sencillo, para otros es imposible. Estos
últimos lo intentan una y otra vez, y cuando no lo consiguen
buscan por todos los medios obtenerlo. Pueden pasarse años
obsesionados y estresándose con la idea de ese objetivo.
Y en
demasiados casos, después de intentarlo repetidamente y no
lograrlo, entran en caída libre. Lo que era una forma de vida
sana se convierte en una obligación, en sufrimiento y en
estrés. Esto es lo que hay que evitar. Recuerda, se puede ser
muy competitivo sin perder la cabeza.