Tommie Smith, campeón olímpico de los 200 m en los Juegos Olímpicos de México '68, y más conocido por ser uno de los representantes del llamado "Black Power", subasta su medalla por un precio de salida de 250.000 dólares. Te contamos TODA la historia...
A mediados de octubre de 1968 el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria de México D.F. fue el escenario de una cascada de increíbles récords en las pruebas de velocidad y saltos. Sin embargo, la estampa más célebre de aquellos JJ.OO. la conforman 3 hombres subidos a un podio: dos con el puño en alto enguantado en negro y otro más con la mirada firme. El gesto de Tommie Smith, Peter Norman y John Carlos en contra de la privación de derechos en EE.UU. a quienes no tienen el color de piel adecuado, cambió y arruinó sus vidas para siempre.
El mundo en 1968 no era mejor que en 2007: revueltas en París, tanques soviéticos en Praga, masacre de estudiantes en México D.F., Vietnam arrasado a base de napalm y armas químicas… y treinta millones de ciudadanos estadounidenses de raza negra que ya no podían más. Pero hacia finales de los sesenta Rosa Parks se niega a ceder su asiento a un blanco en un autobús, Martin Luther King enuncia su sueño en Washington y Stokely Carmichael grita: ¡Black Power! en una marcha contra el miedo en Mississippi. California arde en agitación y en una de sus universidades, San José State, recalan becados varios estudiantes negros. Uno, Tommie Smith, procedente de Texas (Clarksville, 1944), es el 7º de 12 hermanos, ha recogido algodón desde pequeño y sus facultades físicas son portentosas. Destaca en football americano y también en baloncesto, pero se decanta por el atletismo. Otro es John Carlos (Harlem, 1945) y corre que se las pela en 200 m. También está el californiano Lee Evans (Madera, 1947), que aunque es el más joven, desde 1967 no hay quien le gane en los 400 m. Piensan que la educación es lo más precioso de sus vidas, pero tienen claro que sólo tienen acceso a ella gracias a que corren muy rápido. Los tres son miembros fundadores del Olympic Project for Human Rights y en 1967 esta asociación debate la posibilidad de no acudir a los JJ.OO. del año siguiente en protesta por su penosa carencia de derechos.
“Es muy descorazonador estar en un equipo con atletas blancos. En la pista eres Tommie Smith, el hombre más rápido d el planeta, pero cuando llegas a los vestuarios no eres más que un sucio negro”.
Y a miles de millas de distancia, al campeón australiano Peter Norman (Melbourne, 1942- Victoria, 2006), horrorizado por lo que pasa en EE.UU, tampoco le cuadra eso de que en su país los aborígenes no puedan votar ni estar incluidos en el censo.
Aunque Martin Luther King ya ha sido asesinado y Malcom X esté en vías, el boicot es finalmente desechado y todos los atletas negros de EE.UU deciden acudir con calcetines negros a los JJ.OO. de México’68, donde se espera que la altitud del D.F. realce las aptitudes de todos los sprinters y saltadores. En el caso de Tommie Smith, un espigado atleta (1,90 m) de zancada amplísima, tal vez de morfología perfecta para correr la media vuelta al estadio, su tarjeta de presentación es sencillamente pasmosa: 2 años atrás ha batido los récords mundiales de las 220 yardas en línea recta (19.5), las 220 yardas (20.0), las 440 yardas (44.8) y los 400 m (44.5). Sin embargo, John Carlos ha sido capaz de ganarle en los 200 m en los trials de EE.UU. celebrados en la altitud de Echo Summit (California) con un impresionante tiempo de 19.7, que no es ratificado como récord del mundo por haber utilizado unas zapatillas de tacos no homologadas. A Evans le pasa lo mismo, y su carrerón en los 400 m (44.06) tampoco cuenta. Por su parte, Norman viene de ganar el bronce en los Juegos de la Commonwealth de 1966 tanto en los 200 m como en el 4 x 100 m.
La final olímpica de los 200 m lisos tiene lugar el 16 de octubre. Tanto en las series como en las semifinales, los dos estadounidenses y el australiano se han mostrado como los más rápidos, aunque, al parecer, Smith se resiente de un tirón muscular después de su semifinal. Suena el pistoletazo y Carlos es el más rápido en tacos. Entra en la recta en cabeza de la prueba con un metro de ventaja sobre Smith. Norman, 6º. Pero Smith cambia de revoluciones y produce una aceleración brutal, alcanzando a Carlos a los 140 m y adelantándole con una zancada portentosa. Aún faltan 5 metros para la meta, pero Smith mira para atrás y levanta alborozado los brazos. Carlos comprende que ha sido derrotado y parece no luchar más. Norman, que, en cierto modo es la antítesis morfológica de Smith y posee unas piernas mucho más recias, confirma la gran impresión causada en series y se dispara como un misil desde las últimas posiciones hasta la medalla de plata. La carrera ha sido tremenda: Carlos ha corrido muy bien (20.10), Norman ha finalizado como un obús (20.06) y Smith ha registrado un récord casi inimaginable (19.83). La valía de esta plusmarca es colosal; esos 5 metros de relajo y alborozo le han costado más de 1 décima de segundo. Pero la emoción no ha hecho sino empezar.
En el vestuario, instantes antes de la entrega de medallas, Smith y Carlos, que son también miembros del comité ejecutivo del UBSA (United Black Students for Action) en San José State, hablan abiertamente del modo en que van a escenificar una protesta sobre el podio.
“Me involucraron en la conversación, no estaban hablando en secreto: me lo estaban haciendo saber”, recuerda Norman. Entonces, el australiano pidió a Carlos una escarapela como la que llevaban los 2 norteamericanos en el pecho.
“Si te doy una, ¿te la pondrás?”, preguntó Carlos. “Pues claro”. Los americanos alucinan gratamente. “Estoy con vosotros, ni antes ni detrás, pero firme con vosotros”, recalca Norman. Carlos y Smith van descalzos, los calcetines negros bien visibles y las escarapelas del Olympic Project for Human Rights lucen al lado del corazón. Pero con el nerviosismo, Carlos se queja de que se le ha olvidado un par de guantes. Norman le tranquiliza y sugiere a ambos que compartan el que tienen. Momentos después y bajo los acordes del himno de las barras y estrellas, Smith y Carlos, descalzos (por la pobreza de los negros de EE.UU.), con la mirada gacha (en referencia a que la palabra libertad en su himno sólo atañe a los blancos) y con cadenillas al cuello (por todos los negros ahorcados), levantan cada uno un puño enguantado en dignidad. Carlos alza el izquierdo simbolizando la unidad negra y Smith el derecho en representación de su poder. Su hermano Norman no lo levanta porque ya les ha tendido la mano. Además, Carlos lleva la chaqueta del chándal desabrochada en honor de la clase obrera y Smith un libro de salmos en recuerdo a todos los negros linchados y asesinados por los que nadie nunca ha rezado. Según una votación de los mass-media norteamericanos, es la 6ª imagen más memorable de todo el siglo XX: oro, plata y bronce para todos los pobres del mundo. En la rueda de prensa Smith declara:
“Si gano, soy americano, no un negro americano. Pero si hago algo mal, entonces dicen que soy “un negro”. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hemos hecho esta noche”.
(Y vaya si lo entiende; James Brown ya está cantando Say it loud: I’m black and I’m proud! (Dilo alto: Soy negro y estoy orgulloso). Por su parte, Norman dice:
“Creo en los derechos civiles. Todos los hombres nacen iguales y deben ser tratados del mismo modo”.

Inmediatamente, el COI decide expulsar a Smith y Carlos de los Juegos. El Comité Olímpico de USA inicialmente se niega a hacerlo, pero el presidente del COI, el estadounidense Avery Brundage, amenaza entonces con expulsar a todo el equipo. ¿Y dónde estaba Brundage en agosto de 1936? Pues en el estadio olímpico de Berlín, accediendo a la petición de Joseph Goebbels de no alinear en el equipo de relevos 4x 100 m de los EE.UU. a 2 atletas judíos (les suplieron Owens y Metcalfe con el resultado por todos conocido). Norman recibe una reprimenda, pero puede permanecer en la villa olímpica.
“Es una deliberada y violenta infracción de los principios del espíritu olímpico”, es la explicación oficial del COI, a quien semanas atrás le había importado tres cominos la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de México D.F. Beamon saltó esa misma tarde 8.90 m en longitud y aunque no protestó, el peso de su asombrosa marca le sepultó como atleta. Lee Evans batió con calcetines negros el récord mundial de los 400 m (43.86) y corrió la última posta para conseguir el de 4 x 400 (2:56.16). No hizo gesto alguno, pero subió al podio calado con boina negra.
A partir de aquí, las vidas de los 3 velocistas se convierten en un infierno. Ha sido la última carrera de Smith (Carlos aún iguala en 1969 el récord de las 100 yardas con 9.1). Ambos son demonizados y desposeídos de las medallas, tienen dificultades para encontrar trabajo hasta 1984. Intentan jugar al football americano. Se amenaza de muerte incluso a la madre de Smith, a quien envían ratas muertas y estiércol, se anulan las becas de otros 2 de sus hijos y la tensión destruye la vida familiar (la esposa de Carlos se suicida en 1977). Se les acusa de pertenecer a los Black Panthers, aunque no es cierto. Jesse Owens les critica al principio por su militancia racial, pero a los 2 años publica un libro donde se retracta: I’ve changed (He cambiado). La cuestión es peliaguda, pues si el Civil Rights Movement de Martin Luther King aboga por la no violencia y la integración social, Nation of Islam y los Black Panthers opinan que no puedes integrarte con quien te ha asimilado e impuesto la esclavitud.
Norman tampoco lo tiene fácil en Australia: es linchado en los medios y pese a clasificarse en los trials australianos para competir en Munich’72, las autoridades lo marginan. Pierde su empleo como profesor de educación física y trabaja por un tiempo como carnicero. Sin embargo, allá por donde va se destaca como un buen portavoz de las reivindicaciones laborales de sus compañeros. Llegan los JJ.OO. de Sydney 2000 y Norman no figura por ningún lado (hay que salir de Sydney en tren hacia una comunidad aborigen para encontrar un muro con la imagen de Mexico y una frase: Tres hombres dignos). Indignado, Steve Simmons, un dirigente de la federación de atletismo de USA, cede su habitación de hotel a Norman y su 2ª esposa, y él mismo se va a la de un entrenador de su equipo. También les invita a una fiesta en honor de Michael Johnson, quien cumple años durante la competición. El matrimonio creía que su presencia estaría de más en una celebración repleta de celebridades, pero el mismísimo Edwin Moses se acercó a la pareja y aseguró a Peter Norman que conocerle era uno de los grandes honores de su vida.
En 2005 se descubrió una estatua conmemorativa de la protesta en el campus de la universidad de San José State. Norman voló desde Australia para estar de nuevo con sus hermanos (los hijos de Carlos le llaman “tío Pete”) y acogió con entusiasmo el hecho de que en el monumento sólo aparezcan las figuras de Smith y Carlos (el escultor Rigo 23 pensó que el hueco de Norman podía así ser utilizado bien como tribuna desde donde lanzar un speech, o bien ocupado por todo aquel que quiera fotografiarse). Y Norman añade:
“Me gusta la idea de que alguien pueda subirse a ese hueco y defender sus creencias”.
Smith cierra el acto: “No me siento vindicado. Eso significaría que he hecho algo malo, pero yo no hice nada malo: asumí una responsabilidad. Sentimos la necesidad de representar a mucha gente que había hecho mucho más que nosotros, pero que no tenía un estrado. Gente que ya estaba sufriendo mucho antes de que me subiera al podio… Algunos nos consideran héroes, pero aún seguimos luchando por la igualdad”.
Peter Norman murió de un ataque al corazón el 3 de octubre de 2006 en Victoria. La federación estadounidense declaró el 9 de octubre el Día de Peter Norman. Al funeral en Melbourne acudieron más de 1.000 personas, Tommie Smith y John Carlos los primeros. Ambos ex atletas portaron el féretro bajo los acordes del tema central de Carros de fuego y Smith dirigió una vibrante alocución a los presentes en la que recordó que Peter Norman jamás se arrepintió de haber secundado la protesta. Y cuando en una pantalla se ofrecen las imágenes de sus últimos 50 metros en la final de México, la ovación es atronadora. 40 años después, nadie ha vuelto a correr tan rápido en Australia.
“¿Por qué vestir el uniforme de un país? ¿Por qué se tienen que escuchar himnos nacionales? ¿Por qué tenemos que vencer a los rusos? ¿Por qué no podemos competir todos con el mismo uniforme y sólo diferenciarnos con números?”, es la demoledora retórica de Carlos, que asegura que el sufrimiento no habría asolado a su familia si hubiera dado la espalda a las atrocidades que veía. Mucha gente pensará que este reportaje es un exceso y que los deportistas deben limitarse a competir.
John Carlos: “Esa gente debería juntar todos sus millones de dólares y crear una fábrica de atletas-robots. Los atletas son seres humanos y también tienen sentimientos. Antes que atleta soy persona. ¿Cómo le puedes pedir a alguien que viva y exista en este mundo, pero que no diga nada sobre la injusticia? Hay atletas que piensan que una medalla les puede preservar del racismo. Tienes 15 minutos de fama, pero ¿y el resto de tu vida? Yo no digo que no tengan derecho a perseguir sus sueños, pero para mí la medalla no era más que una zanahoria colgando de una vara”.
Este es vídeo de la final de 200 m, y de la ceremonia de entrega de medallas:
Fotos: Cordonpress