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Convivir con el dolor

“He descubierto que es más fácil convivir exclusivamente con el dolor que con la ansiedad que te produce”, nos cuenta la atleta internacional Marta Pérez
Convivir con el dolor
Convivir con el dolor
24/05/2018 - Marta Pérez Miguel

Desde hace más de un año tengo dolor en un pie. Aunque esta podría ser yo o cualquiera de mis compañeras. Podría ser un pie o cualquier otra parte del cuerpo. Las lesiones forman parte del deporte de élite, de toda actividad física que implique repetición hasta la extenuación. Nosotras lo sabemos, lo asumimos y es nuestro trabajo intentar evitarlas y recuperarlas. No es mi intención quejarme.

Pero desde hace unas semanas el dolor acompaña todas mis expresiones, por lo que me es difícil desprenderme de él aún con el papel y el boli delante. Lo que he aprendido de nuestra relación puede que sea lo más interesante que os puedo ofrecer ahora.

Hace unos días en un entrenamiento me hundí. Yo, cuando me derrumbo, suele ser en la pista. Y durante una noche me repetí a mí misma que no podía aguantar más, que no quería ser capaz. Con un café por la mañana todo se ve un poco mejor. Pero aún así era cierto; cada kilómetro, cada zancada corriendo dolorida me habían ido dejando sin energía. No es exclusivamente la molestia física lo que te afecta, tu umbral del dolor se va acostumbrado a lo que le pidas. Es la incertidumbre de saber si hoy aparecerá o no, la frustración al no poder hacerle frente, la horrible sensación de verte incapaz de hacer movimientos básicos que antes hacías, la falta de concentración que todo ello te provoca. Te cala hasta los huesos y va tiñendo de gris cada vez más horas de tu día, llamando constantemente tu atención con grandes aspavientos. Hasta que aparece el miedo; a que empeore, y por supuesto a que te impida luchar por tus objetivos deportivos. Pero, sin duda y por encima de todo, el miedo a dejar de disfrutar con aquello que siempre te ha encantado, a dejar de disfrutar de correr, a dejar de sentirte deportista.

 

Desde hace más de un año tengo dolor en un pie. Aunque esta podría ser yo o cualquiera de mis compañeras. Podría ser un pie o cualquier otra parte del cuerpo. Las lesiones forman parte del deporte de élite, de toda actividad física que implique repetición hasta la extenuación. Nosotras lo sabemos, lo asumimos y es nuestro trabajo intentar evitarlas y recuperarlas. No es mi intención quejarme.

Pero desde hace unas semanas el dolor acompaña todas mis expresiones, por lo que me es difícil desprenderme de él aún con el papel y el boli delante. Lo que he aprendido de nuestra relación puede que sea lo más interesante que os puedo ofrecer ahora.

Hace unos días en un entrenamiento me hundí. Yo, cuando me derrumbo, suele ser en la pista. Y durante una noche me repetí a mí misma que no podía aguantar más, que no quería ser capaz. Con un café por la mañana todo se ve un poco mejor. Pero aún así era cierto; cada kilómetro, cada zancada corriendo dolorida me habían ido dejando sin energía. No es exclusivamente la molestia física lo que te afecta, tu umbral del dolor se va acostumbrado a lo que le pidas. Es la incertidumbre de saber si hoy aparecerá o no, la frustración al no poder hacerle frente, la horrible sensación de verte incapaz de hacer movimientos básicos que antes hacías, la falta de concentración que todo ello te provoca. Te cala hasta los huesos y va tiñendo de gris cada vez más horas de tu día, llamando constantemente tu atención con grandes aspavientos. Hasta que aparece el miedo; a que empeore, y por supuesto a que te impida luchar por tus objetivos deportivos. Pero, sin duda y por encima de todo, el miedo a dejar de disfrutar con aquello que siempre te ha encantado, a dejar de disfrutar de correr, a dejar de sentirte deportista.

 


Afortunadamente, siempre hay gente que te ayuda a recoger la toalla. Incluso aunque ni siquiera supieran que la habías tirado. Te hacen reestructurar tu mirada. Te ves obligada a aceptar una nueva realidad en la que invariablemente esa parte de tu cuerpo dolorida tiene más protagonismo que el resto. Pero no se trata de cedérselo por completo, ni de darle el papel principal de la obra, sino de aprender a convivir con el dolor. Con toda la tranquilidad de la que seas capaz, afrontando el reto de trabajar para controlar la situación. Hoy sí, tengo la certidumbre de que una vez más va a aparecer. Sin embargo, trato de impedir que la frustración y la preocupación le acompañen.

He descubierto que es más fácil convivir exclusivamente con el dolor que con la ansiedad que te produce. Porque no puedo pretender olvidarme de algo a lo que dedico horas a tratar. Siempre he intentado cuidarme con profesionalidad, pero estas últimas semanas me han enseñado que en este ámbito mi cuerpo no me permite ni un desliz. Que el hielo, los vendajes, las descargas, los ejercicios específicos, los antiinflamatorios… son tan imperdonables en mí día a día como el desayuno.

Y es que afortunadamente, tengo un fisio que día sí día también me ayuda a reestructurar mi pie. Porque aunque de momento no tengamos la solución para hacer que el dolor desaparezca, lo intentamos incansablemente.

 


Convivo con muchas deportistas y en la cara de varias de ellas he visto reflejada esta misma preocupación (chicas, admiro vuestra capacidad para impedir que la situación os sobrepase). Las he visto tocarse incansable e inconscientemente su punto débil o levantarse por la mañana cojeando para luego, esperando a que se hagan las tostadas, repetir ese movimiento clave. Simplemente para constatar que sigue ahí. Que el dolor sigue ahí, pero les permite. Y es que, mientras podamos, lo que no queremos es vernos obligadas a parar.

Sin embargo, en honor a la incoherencia que muchas veces mostramos hablando de lo nuestro, tengo clara una cosa: si haciendo deporte te duele algo, descansa y trátate hasta que te recuperes. No permitas que afecte a tu salud ni a tu carácter, ni que el deporte deje de merecer la pena.

 

Esto es lo que se ve del deporte de élite si te asomas por el ventanuco de atrás. Quería mostrároslo ahora que soy capaz. Y es que me temo que dentro de un tiempo, cuando vuelva a correr por el Monte Valonsadero y no sea capaz de disfrutar ni una sola zancada, estaré de nuevo al comienzo de esta historia. Y desde el suelo es difícil expresarse.

 


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