Vivir el sueño olímpico

Barcelona, Atlanta y Sídney, objetivos cumplidos
Martín Fiz / Foto: Archivo Personal de Martín Fiz -
Vivir el sueño olímpico
Mi experiencia en los Juegos Olímpicos

Cuando tan solo era un pipiolo imaginé lo que sería estar en unos Juegos Olímpicos. Conocer a mis ídolos y disfrutar de las mismas inquietudes que pasan por las cabezas de las estrellas del deporte me parecía una quimera, un sueño que seguramente se iba a convertir en algo irrealizable. De vez en cuando los sueños se hacen realidad y años más tarde mi ilusión se materializó. Competir y compartir en los Juegos de Barcelona fue algo muy grande; lo mejor que le puede pasar a un deportista es vivirlos desde dentro.

 

Esfuerzo, profesionalidad, apoyo familiar y el gustazo de combinar hobby y profesión me llevó hasta los Juegos Olímpicos de Barcelona. ¡Gran año 1992! En junio nacía Álex (mi hijo) y en agosto, tras una fase de clasificación muy compleja, conseguí la plaza que me daba derecho a participar en Barcelona’92. ¡Qué pasada, iba a estar en unos Juegos Olímpicos! Codearme con los mejores atletas del mundo era lo máximo y, asimismo, como predicó el barón Pierre de Coubertin, lo importante es participar, así que sus palabras las quise hacer mías y en un principio me conformaba con compartir mantel en el comedor de la Villa Olímpica con deportistas consagrados: El Dream Team del basket, Arancha Sánchez Vicario, Arvydas Sabonis, futbolistas de primera división, nadadores… Barcelona´92 fue muy especial.

 

Recuerdo que los días que conviví en la Villa Olímpica perdí buena parte de la concentración y del estado físico que necesita un deportista para luchar contra los mejores atletas del mundo, pero me daba un poco igual, ya que mi sueño no era otro que estar allí y cazar un autógrafo o coleccionar pins fue tan gratificante como ir con mi padre a cambiar cromos a la plaza de pueblo. Tanto es así que hubo días que opté por  cambiar camisetas y pins antes que correr con Fermín Cacho unos cuantos kilómetros. Me parecía que estaba viviendo un sueño. Estar cerca de los cracks del deporte, relacionarme de manera amistosa con unos y con otros… blancos, negros, amarillos y de diferentes religiones. Todos en perfecta convivencia, todos uno mismo, todos deportistas olímpicos…

 

La emoción se acentuó el día que me tocó saltar al anillo olímpico,  estremecido y con la “piel de gallina” cuando advertí que ochenta mil personas me animaban y coreaban: “¡Fiz, Fiz Fiz!”. El juez de salida daba el pistoletazo inicial a la semifinal de los cinco mil metros y sólo pensaba en darlo todo para complacer a los acérrimos, pero mis cualidades físicas no daban para más, bastante había hecho con clasificarme para participar en unos Juegos Olímpicos y ya estaba orgulloso de ello.

 

Viví momentos apasionantes cuando alguien lograba una medalla o un deportista rebajaba un récord. ¡Qué pasada! Fermín Cacho con los brazos abiertos se proclamaba campeón olímpico.  La apoteosis llegó con la entrada de los atletas del maratón al estadio olímpico. Esfuerzo y fin de fiesta. Todo el estrés que conlleva participar en unos JJOO se iba a desvanecer para dar paso a una alegría desorbitada, la conmemoración de cumplir el sueño de  participar en la manifestación deportiva más importante y multicolor que pueda soñar cualquier ser humano.

 

Puedo decirlo, estuve allí, en unos Juegos Olímpicos. Más tarde llegaría Atlanta´96, donde el objetivo ya no era participar sino ganar, y la verdad es que estuve cerca de alcanzar una de las tres medallas, acabando cuarto, Y, por fin,  mi periplo por unos Juegos finalizó en Sídney en el año 2000. Logré la sexta plaza, diploma olímpico y me despedí de una manera más que digna del sueño de los Juegos.

 

Lo más grande que le puede ocurrir a un niño deportista es que  tenga ilusión por cumplir su fantasía, y ésta no es otra que alcanzar el sueño olímpico.

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