Abucheos olímpicos, récords aplaudidos

El comportamiento de los distintos graderíos en Rio’16 no es exactamente todo lo deportivo que cabría esperar, ni en formas ni en ecuanimidad.
Sergio Hernández-Ranera -
Abucheos olímpicos, récords aplaudidos
Abucheos olímpicos, récords aplaudidos

Transcurridas ya unas cuantas jornadas de la competición en Rio de Janeiro, hay que destacar un aspecto común a casi todas las disciplinas en disputa, por lo menos aquellas que concitan mayor concurrencia de espectadores: el irrespetuoso comportamiento de éstos, un fenómeno que se extiende por igual en piscinas, pabellones, fosos e incluso pistas de tenis. Pero no se trata de un fenómeno de motivación homogénea, pues, como mínimo, en la ciudad brasileña están confluyendo, a grandes rasgos, dos tipos de abucheos. 

Básicamente los medios de comunicación (sobre todo las televisiones) han dado buena cuenta (e incluso jaleado) los sonoros pitos dedicados a los deportistas rusos allá donde compitan. Tanto el propio inicio de la ceremonia de apertura, cuando el paso de la delegación euroasiática fue acompañada de silbidos, como el clímax de reprobación soportado por la nadadora Yulia Efímova, pueden explicarse como el lógico producto de la enrarecida atmósfera creada en el mundo del deporte a raíz de los últimos grandes escándalos de dopaje, la publicación del informe McLaren y el posterior veto del COI a una gran parte del equipo olímpico ruso. “Los dopados lo tienen crudo en Rio” –afirmó, por ejemplo, el enviado especial de TVE a la ciudad brasileña, Sergio Sauca. Este tipo de tono, a medias entre la explicación y la justificación de los abucheos (por otra parte, tan extendido como aireado en los medios de comunicación), es sin duda la base perfecta para que, posteriormente, varios nadadores olímpicos dediquen declaraciones y gestos gruesos a sus rivales rusos o chinos, alimentando una tensión innecesaria. 

No obstante, en Rio de Janeiro destacan también otras pitadas, como las que sufren las selecciones de España en los diversos deportes de equipo. Por ejemplo, los baloncestistas. El ambiente literalmente infernal con el que se enfrentan en cada partido Pau Gasol y sus compañeros (con inquina e insultos personalizados, aunque en los envites no esté tomando parte el local Brasil), no tiene parangón en la historia reciente. Sin embargo, a diferencia del caso de los abucheos a los rusos, los medios de comunicación de masas españoles, empezando por las televisiones, no se muestran igual de prestos a comentar o tratar de explicar los motivos de tales comportamientos. Y los motivos tienen también una raíz histórica. 

¿Y quién puebla los graderíos en Rio?, podríamos preguntarnos en primer lugar. Pues la piscina puede ofrecer varias pistas, con una composición divida en partes casi iguales entre espectadores de EE.UU., Brasil y otros Estados de Sudamérica. En ambos casos, representan a los estratos de las clases altas de sus respectivos países, pues los precios de las entradas resultan casi inaccesibles para el pueblo llano brasileño, ése que se ha quedado aislado en las favelas, el mismo que protesta por la organización de unos Juegos que les han arrollado sin ofrecerle ninguna ventaja a cambio. 

En Brasil la pasión siempre se desborda y ésta asume los Juegos como si de un partido de balompié se tratase, lo cual puede terminar en peleas entre aficionados cuando juega Argentina en fútbol, o en un griterío ensordecedor que no hace más que desconcertar a los gimnastas durante la disputa de la final general individual. Pero respecto a España, hay algo más. Pese a que las potencias coloniales salieron nominalmente del continente hace dos siglos, queda su impronta y no sólo en forma de lengua. Hablo de compañías telefónicas, bancos, compañías aéreas, casas editoriales, grupos mediáticos e incluso injerencia política externa, una independencia sobre el papel. Un popurrí del que los sudamericanos, por razones que abarcan desde el simple orgullo nacional hasta el plano político, gustarían de sacudirse. No sólo es Brasil; de disputarse los Juegos en su territorio, países como México, Argentina, Chile o Colombia dispensarían a España una bienvenida deportiva de características aun más llamativas que en el gigante carioca. 

En resumidas cuentas, las gradas brasileñas son una muestra del acervo cultural, histórico y político del continente. Luego, las vitolas de favoritismo con las que últimamente suele acudir España a las distintas lides deportivas, hacen el resto. 

Llegados a este punto, hay que subrayar que las pitadas, abucheos y gritos de reprobación están mal. Todas. Gasol no tiene por qué aguantar que se vilipendie su nombre y Efímova no tiene por qué sufrir un linchamiento graderil, personal y mediático tan soez. Máxime cuando ya cumplió íntegramente su pena (16 meses) por dopaje y cuando es el propio COI quien permite su participación, pues el meldonium que nunca negó consumir es un medicamento sin receta de amplio consumo en Rusia y otros países del Este desde hace más de 40 años cuyas posibles características “vigorizantes” están en entredicho y aún por demostrar (es la argumentación por la cual el TAS dictaminó que no había base jurídica para prohibir su presencia en Brasil). 

¿Sufrirán el mismo trato por parte de espectadores y sus propios compañeros los atletas de pasado oscuro y sospechoso presente? Porque en la competición del deporte rey, ya iniciada, hay bastantes y de todos los países. Estoy convencido de que no será así. La prueba nos la da el multicampeón Michael Phelps, durísimo con Efímova, pero sonriente haciéndose un selfie con Justin Gatlin en la Villa Olímpica. Es lo que tienen los abucheos, de doble rasero según sea la composición de la grada. El mismo doble rasero con el que se recibe el demoledor récord del mundo de los 10.000 metros femeninos a cargo de la etíope Almaz Ayana, quien acaba de batir la marca de la ínclita china Junxia Wang nada más y nada que por más de 14 segundos y no despierta sospechas. Tal vez las tenga la Guardia Civil de Sabadell. 

 

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