De azul a verde

Noches de Río (II). Del récord del mundo de 10.000 metros de Almaz Ayana a la decepción de Miguel Ángel López y las gradas vacías del estadio olímpico
Miguel Calvo -
De azul a verde
De azul a verde

“Dios es el único que me ha permitido estar aquí. Para mi esta medalla lo es todo. ¿El récord? Es un sueño hecho realidad y, la verdad, hasta yo me he quedado sorprendida de la marca”

Almaz Ayana, récord del mundo en los 10.000 metros de Río, primera final de estos Juegos Olímpicos

 

En un mal sueño, esta noche me he asomado al estadio olímpico de Río.

Todo era azul: la pista, los asientos de las gradas, tristemente vacíos, e incluso las lonas que intentaban disimular la zona central, un simple campo de fútbol.

Pero poco a poco, ante el silencio reinante, todo iba mutando en verde. Primero el tartán. Luego el graderío. Hasta quedar todo tan verde como una piscina abandonada.

Y ante la indiferencia de los técnicos de mantenimiento, incapaces de encontrar una explicación al asunto, la organización decidió cerrar el estadio. Total, decían, si ni siquiera aquí fue la ceremonia inaugural ni será la de clausura. Y si ni siquiera hay aquí, en esta ocasión, ni un pebetero por el que la gente se vaya a preocupar.

Al despertarme, el recuerdo de una tarde triste en las playas de Pontal - tantas ganas teníamos de ver a Miguel Ángel López convertido en todos los mitos, en Josep Marín (campeón europeo en 1982), en Valentí Massana (campeón del mundo en 1993) y en Daniel Plaza (campeón olímpico en 1992) -, tampoco ayudaba a quitarme esa extraña sensación que me invadió toda la noche.

Después del café, al abrir la prensa, todo ha ido encajando mejor.

La pista y el graderío del estadio siguen luciendo de color azul. La competición ha comenzado con la mejor carrera de 10.000 metros de toda la historia, con récord del mundo de Almaz Ayana (29:17.45), con Vivian Cheruiyot plata y récord de Kenia, con Tirunesh Dibaba regresando con un bronce olímpico, con cuatro mujeres por debajo de 30 minutos y con una auténtica lluvia de récords nacionales. El lanzamiento de peso ha sido muy emocionante, con la estadounidense Michelle Carter (20.63 NR WL) arrebatando en el último lanzamiento a Valerie Adams el oro olímpico y la posibilidad de convertirse en la primera mujer en lograr la victoria en tres Juegos Olímpicos consecutivos. Atletas llamados a ser grandes estrellas, como David Rudisha, ya han hecho su carta presentación, con toda la competición por delante. Y pese a todo, podemos seguir creyendo recordando cómo el marchador Valentí Massana, después de decepcionar en los 20 kilómetros, sorprendió en los 50 kilómetros de Atlanta 1996.

Pero sobre todo, me reconforta pensar que este deporte, auténtico reducto para románticos, volverá una vez más a sobreponerse a sí mismo y las circunstancias. Y que frente a gradas vacías, frente al castigo de un campo de fútbol camuflado como hogar y frente a los numerosos escándalos de dopaje y corrupción, siempre nos quedarán los propios valores y códigos de conducta que convierten al atletismo en el deporte rey de los Juegos Olímpicos.

Porque, por ejemplo, sólo desde esos valores puede llegar a entenderse el fabuloso y sentido homenaje de los atletas a Chuso García Bragado en la villa olímpica, recibido en el comedor entre un pasillo de aplausos como reconocimiento al hombre que va a disputar sus séptimos Juegos Olímpicos desde su debut hace 24 años, en aquel lejano Barcelona de 1992. Tan emocionante, que nunca cabrá en una simple portada.

Noches de Río. Todas las columnas publicadas por Miguel Calvo en Runner´s World con motivo de los Juegos Olímpicos de Río 2016.

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