El estadio olímpico

Noches de Río (I). Comienza el atletismo en los Juegos Olímpicos de Río 2016
Miguel Calvo -
El estadio olímpico
Comienza el atletismo en los Juegos Olímpicos de Río 2016

Hay lugares a los que siempre se regresa.

Tan claro lo tiene Mario Vargas Llosa que, tras recibir el premio nobel de literatura, no encontró una mejor manera para comenzar su discurso que volver a sus primeros viajes con el capitán Nemo, d´Artagnan o Jean Valjean: “Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras”.

Tanto lo intuye Usain Bolt que, en la rueda de prensa previa de Río, no encontró una mejor manera para expresar sus emociones antes de intentar seguir convirtiéndose en mito: “cuando uno es pequeño, siempre sueña con eventos como este”.

Porque de una manera u otra, todos seguimos regresando a nuestra infancia; y ahí siempre es verano.

El recuerdo de los largos días sin colegio, el sabor de un helado, los juegos al aire libre hasta bien entrada la noche, el murmullo de la calle entrando en la casa con la ventana abierta, el aroma de todas aquellas primeras veces que siempre ocurren en vacaciones. Y entre todo ello, aquellos primeros Juegos Olímpicos que nos marcaron, siempre idealizados por todas las historias, tan inabarcables, que escuchábamos a su alrededor.

Cuando me enteré del récord mundial de salto de longitud obtenido por un hombre llamado Bob Beamon, me dirigí al jardín delantero de casa con una cinta métrica. Marqué en el suelo los 8,90 metros, la distancia que había saltado Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de 1968, e imité la voz del locutor: «Aquí está, amigos, Carl Lewis está a un salto del récord del mundo. Todo lo que tiene que hacer es saltar esta distancia». Era un día más en nuestro pequeño mundo de fantasía”, recuerda el velocista norteamericano en su autobiografía, como si de alguna manera fuera consciente, por aquel entonces, del destino que le esperaba años después en aquella mágica noche de Tokio junto a Mike Powell.

Todos los niños, al atardecer, antes de que la noche trajera el ruido de la feria y la música de las verbenas, jugábamos en la playa o en la calle a construir nuestros propios Juegos Olímpicos, corriendo y saltando sobre la arena.

Sólo unos pocos pudieron seguir jugando de mayores a ser Carl Lewis y sentir en primera persona el eco con el que te golpea el estadio la primera vez que lo pisas, con las gradas llenas de espectadores.

El resto, a pesar de que el tiempo sigue pasando, y tal como haremos estas maravillosas madrugadas de agosto, seguiremos viajando a aquellos veranos durante unos días cada cuatro años, viendo las competiciones y disfrutando de sus protagonistas quienes, como sacados de una buena novela, seguirán convirtiéndose en leyendas en el mismo estadio olímpico con el que soñábamos mientras crecíamos.

Noches de Río. Todas las columnas publicadas por Miguel Calvo en Runner´s World con motivo de los Juegos Olímpicos de Río 2016.

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