Fin de fiesta

Noches de Río (y XI). El maratón olímpico en categoría de hombres, con meta en el Sambódromo, pone punto y final a los Juegos Olímpicos de Río y el estadio olímpico apaga las luces hasta Tokio 2020.
Miguel Calvo / Fotografía: Rafa Gómez (Runner´s World) -
Fin de fiesta
Fin de fiesta

Vacío, en silencio, con la pista azul bajo las sombras de la noche carioca – ni eso recuerda al clásico tartán -, el estadio olímpico de Río ha terminado los Juegos Olímpicos igual que los comenzó, en soledad, sin ceremonia inaugural ni de clausura y sin un pebetero con el fuego traído desde Olimpia bajo el que hubiesen podido competir los atletas, con todo girando alrededor de Maracaná, tan futbolero.

Cada sede imprime a su edición de los Juegos Olímpicos su propia personalidad, como no puede ser de otra forma, y Río apostó desde el principio por uno de sus rasgos más característicos: trasladar la fiesta a la calle, como si todo el invierno fuera carnaval.

Y así, frente a la iglesia de la Candelaria, la llama olímpica ha ardido durante estos quince días. Cerca del pebetero, en la rehabilitada zona portuaria de Río, en el conocido como Boulevard Olímpico, el artista Eduardo Kobra ha pintado el que presume de ser el graffiti  más grande del mundo, todo un homenaje a la unión entre los pueblos, y a su alrededor se ha vivido una intensa agenda cultural. Y por todo Río, con la bahía de Guanabara, la laguna Rodrigo de Freitas y las playas de Copacabana y el Pontal como epicentros, las diversas competiciones se han intentado llevar a pie de calle, las mismas que dibujan el Río que conocemos, con su lado más rico, el del asfalto, y el más pobre, el que late en las montañas y sus favelas.

La escasa afluencia de público en la mayoría de las sedes, ha terminado desluciendo la fiesta, hasta llegar al mítico Sambódromo, que, entre otras pruebas, ha acogido la llegada del maratón olímpico, intentando convertirse también en un icono olímpico.

Bajo la lluvia de la última mañana de competición, y con un cielo gris, plomizo, el keniano Eliud Kipchoge asumió que no puede haber nada más grande que la gloria olímpica. Y tras renunciar a intentar batir el récord del mundo en Berlín este otoño, planteó una carrera sin dudas, dispuesto a reafirmar su condición de favorito y de uno de los mejores maratonianos de la historia.

Tras un parcial de locura entre los kilómetros 30 y 35 (14:25), Kipchoge dejó atrás al etíope Feyiya Lilesa y al estadounidense Galen Rupp, tan blanquito, y desde ahí se lanzó en solitario hacia su propia victoria.

Por detrás, quedaba la fotografía de su victoria en los 5.000 metros del Campeonato del Mundo de 2003, donde se impuso a Hicham El Guerrouj y Kenenisa Bekele. Por delante, su medalla de oro en el maratón olímpico, la misma distancia en la que ya es el segundo hombre más rápido de la historia, por marca, y el mejor por regularidad e importancia de sus victorias. Por medio, el camino que le ha llevado de la pista a la ruta, paso a paso, como reflejo de que todavía hay hueco para el atletismo de toda la vida, el que enseña que la carrera de fondo es ir quemando etapas, sin prisas, sobre todo cuando eres uno de los corredores más talentosos de todos los tiempos.

En la meta del Sambódromo, fuera del estadio pero en un escenario tan icónico como la línea de llegada junto al Coliseo en Roma 1960 o la meta londinense en The Mall en Londres 2012, Kipchoge sonrió y dejó escrito su nombre entre los ganadores del maratón olímpico, uniéndose a Sammy Wanjiru como los únicos kenianos que hasta ahora lo han logrado.

Un ejemplo más de que de que, en los tiempos tan efímeros que vive el maratón, muchos son los corredores kenianos que están marcando una época, pero solo el nombre de los más grandes, el del querido y malogrado Wanjiru y el del propio Kipchoge, tienen asegurado permanecer para siempre en la memoria de los aficionados.

Noches de Río. Todas las columnas publicadas por Miguel Calvo en Runner´s World con motivo de los Juegos Olímpicos de Río 2016.

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