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Noches de Río (VI). Faith Kipyegon se impone a Genzebe Dibaba en la final de los 1.500 metros la misma noche en la que Orlando Ortega da a España la quinta medalla olímpica de plata de su historia.
Miguel Calvo / Fotografía: Rafa Gómez (Runner´s World) -
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Tras diez días de Juegos Olímpicos, todos los tópicos están ya desgastados por los cronistas. Entre ellos, las mil caras del éxito y el fracaso. Y cada noche, la tarea de buscar un nuevo cliché para relatar, es cada vez más complicado.

Porque si han leído la serie hasta aquí, ya lo sabrán. Pero por si acaso, ya les confieso que estos textos no son más que una colección de lugares comunes. Qué otra cosa mejor - sino es una canción más, un último trago o un hueco entre las sábanas - se puede perseguir despierto a las cinco de la mañana, cuando escribo estas columnas.

Ahora, con el catálogo ya desgastado, es un buen momento para hablar de la soledad de Genzebe Dibaba.

La misma soledad que le ha hecho famosa, con su zancada sin rival dando vueltas a la pista en solitario, en busca de un nuevo récord tras otro. O la misma soledad que, a pesar de ser la plusmarquista mundial de 1.500 metros, tanto le gusta para sus carreras, siempre más cómoda en cabeza que teniendo que pelear con las rivales.

Tan invencible se creía que, el año pasado, frente a la oposición de la federación etíope, se plantó en el Campeonato del Mundo de Pekín convencida de que el doblete en 1.500 y 5.000 metros sería suyo. Pero Almaz Ayana le arrebató el oro en la prueba de fondo, y el miedo se convirtió en un compañero más antes de la gran cita olímpica de Río.

Desechada la opción de volver a correr las dos distancias en Río, la keniana Faith Kipyegon, en el mejor momento de su vida, se convirtió durante todo 2016 en la gran rival a batir en los 1.500 metros. Dibaba ya la conocía bien, recordando que fue undécima en el mundial junior de cross de 2010 en el que la keniana fue cuarta sorprendiendo a todo el mundo corriendo descalza, su sello de identidad en su título mundial al año siguiente. Por otra parte, Ayana, cada vez más imperial, era mucho más que una dura rival a batir en los 5.000 metros.

Y tan reacia a enfrentarse a una u a otra, la etiope fue posponiendo, casi hasta el último momento, la decisión sobre qué carrera hacer en Río.

Ya en la final de 1.500 metros, Genzebe Dibaba intentó ser ella misma, tomando la cabeza a mitad de la prueba. Pero los miedos no eran infundados, y una maravillosa Feith Kipyegon (4:08.92), la misma atleta que corría descalza, se vistió de Dibaba para vencerla con sus propias armas y unos últimos 800 metros en 1:57.2 (los últimos 400 metros en 58.6).

En la fotografía sobre la línea de meta, Kipyegon se lleva las manos a la cabeza. Tanta felicidad. Jenny Simpson, bronce, cierra los ojos con el último suspiro. Y mientras, Genzebe Dibaba, derrotada con una plata, sostenía la misma mirada perdida más allá del horizonte de la línea de meta. Tanta soledad.

La misma soledad con la que corría en sus récords. La misma soledad que la ha acompañado en su temporada más difícil, que termina con una plata olímpica y que ha estado plagada de problemas como sus lesiones y la detención de su entrenador y algunos de sus compañeros de entrenamiento durante la famosa operación contra el dopaje que se ha llevado a cabo en Sabadell, donde entrenaban.

La misma soledad que ha encerrado durante tanto tiempo la historia personal de Orlando Ortega. Y que, como sus lágrimas, debe recordarnos si estamos olvidándonos de lo más importante, tan encerrados como estamos hablando siempre de medallas, fronteras y banderas.

Noches de Río. Todas las columnas publicadas por Miguel Calvo durante los Juegos Olímpicos de Río 2016.

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