7 cosas desagradables que me pasaron mientras preparaba mi primer maratón

Correr 42,195 kilómetros es un gran logro pero tiene sus efectos secundarios.
Jenny McCoy -
7 cosas desagradables que me pasaron mientras preparaba mi primer maratón
Los 7 peores efectos de entrenar un maratón

Lo diré sin rodeos: entrenar un maratón puede ser un reto complicado: difícil, duro y no muy gratificante. Cuando empiezas a entrenar distancias largas a tu cuerpo le empiezan a pasar cosas sorprendentes, extrañas y que rozan con lo repulsivo.

Escribo estas líneas poco antes de competir en mi primer maratón en Nueva York. Y aunque me muero de ganas de que llegue, cuando la gente me pregunta cómo ha ido el entrenamiento les digo siempre lo mismo: no ha molado.

Aquí tienes las cosas más extrañas y horribles que me han pasado en los últimos cuatro meses (y cómo logré superarlas para llegar a la línea de salida).

RELACIONADO: ¿Quieres correr tu primer maratón? Prueba con uno de nuestros planes.

1) Mi uña del dedo gordo mordió el polvo

A las dos semanas de empezar a entrenar perdí la uña del dedo gordo de mi pie izquierdo. Fue rápido e indoloro. El primer síntoma fue un dolor punzante durante una tirada de 18 kilómetros pero estaba de subidón y no iba a permitir que una estúpida molestia me detuviera. Seguí corriendo pensando que el dolor se iría si conseguía olvidarlo.

Pero el dolor se hizo más intenso durante el siguiente entrenamiento, un rodaje de 10 kilómetros a ritmo controlado. Llegué a casa y me quité el calcetín. Descrubrí una masa esponjosa y de color rojo brillante debajo de mis uñas. No se cómo pero aumentar el volumen de kilometraje unido a que no me había cortado las uñas originó una ampolla de sangre que levantó mi uña.

Relacionado: Todo lo que necesitas saber sobre tus pies

El dolor punzante seguía molestando. Me empezó a preocupar una posible infección, así que fue directa al podólogo. Lo solucionó en un santiamén. Primero, drenar la ampolla. Segundo, quitar la uña entera. Fue una sorpresa que no me dolieran. Lo que sí que dolió fue llevar sandalias todo el verano sin esa uña. No demasiado bonito, la verdad.

¿Por qué no me detuvo? No era mi primera uña caída en acto de servicio. He esquiado durante toda mi vida, así que no es una novedad. Aunque no podía ver la uña no me sentí muy mal. Además, la piel expuesta no me dolía mucho, así que volví a entrenar al día siguiente a la “operación”.

¿Qué hice para solucionar el problema? Invertí en un par de cortauñas y comencé a cortármelas. Me aseguré de que no hubiera ningún pico que sobresaliera y pudiera chocar contra la zapatilla, llevando a la uña a la muerte. Puedo decir con orgullo que las nueve uñas restantes permanecen intactas, aunque dos de ellas están completamente negras, una señal de que pérdida inminente. ¡Ay! Parece que este problema, snif, no se puede evitar del todo.

 

Publicidad

2) Mis intestinos se rebelaron

Antes de entrenar en serio nunca (por fortuna) había sufrido los retortijones del corredor. Básicamente se trata de diarrea causada por correr y es un problema común entre los fondistas.

Lo peor es cuando estás a punto de terminar una carrera de 8 kilómetros, algo extraño porque normalmente eso pasa en distancias más largas. Pero, ya sabes, el retortijón llega cuando MENOS te lo esperas. Me quedaban 400 metros para llegar a casa (sólo un par de manzanas, ¡por dios!) cuando llegó el apretón: fue rápido, doloroso e inesperado. A la velocidad del rayo atravesó mi abdomen y comenzó a enredar mis intestinos.

Relacionado: Cómo evitar los problemas de digestión

Me paré en mitad de una zancada, con el miedo de continuar y ser conocida a partir de entonces en el barrio como “la chica que se hizo caca en los pantalones en mitad de la acera”. Podía ver mi bloque a un par de calles, pero me pareció demasiado lejano. Respiré hondo, apreté las nalgas y caminé hacia adelante con mucho cuidado.

Cada paso era una tortura. Los retortijones eran cada vez más fuertes y casi me lo hago encima. La señal de alarma se prolongó durante un minuto y medio pero, de un modo casi milagroso, conseguí llegar a mi apartamento en la segunda planta y entré al baño antes de que aquello empezara a chorrear.

¿Por qué no me detuvo? No voy a engañarte. Este incidente me paralizaba y tuve miedo de volver a salir a correr en los días posteriores. Pero controlé los temores estomacales asegurándome de escoger recorridos con baños cerca.

¿Qué hice para solucionar el problema? Comencé a analizar mis hábitos alimenticios para saber qué comidas me estaban causando los retortijones. Resulta que algunas comidas ricas en fibra que tomaba (como las palomitas de la noche y una pasta con guisantes que adoro) podían ser los culpables. Dejé de comerlos la víspera de un rodaje. Esta vigilancia extra obró el milagro. No ha vuelto a suceder (tocad madera, por favor).

Publicidad

3) Me volví muy patosa

Ya sabía que el entrenamiento me cansaría mucho. Pero no podía imaginar que estar cansada fuera a ser tan peligroso. Cuando estoy cansada tiendo a “arrastrar” mis pies. Y cuando estoy MUY cansada (por ejemplo en medio de una tirada larga) supone que me pueda tropezar y caer de bruces contra el suelo.

Relacionado: Las lesiones más comunes del corredor

De hecho, me caí de bruces DOS VECES mientras entrenaba: la primera a un par de calles de mi casa, la segunda en Central Park al final de una tirada larga. Las dos veces dolieron mucho, pero supongo que sangré más la segunda porque un grupo de buenos samaritanos que paseaban por ahí no dejaron de ofrecerme su ayuda mientras me curaba las heridas en un banco del parque.

Un profesor jubilado insistió en que usara su bufanda como torniquete. Una joven mamá que empujaba un carrito me dio toallitas húmedas para limpiar la masacre. Y dos turistas alemanes fueron providenciales gracias a su caja de tiritas. Pero nadie podía curar las heridas de mi ego.

¿Por qué no me detuvo? Las heridas de la batalla eran muy feas pero se curaron rápido. Limpiando con cuidado y con una pomada antibiótica estaba lista para volver a dar guerra en un par de días.

¿Qué hice para solucionar el problema? Traté de dormir muy bien las dos noches previas a mis tiradas largas. No siempre se puede, así que si me encontraba cansada y notaba que mi mente se distraía me concentraba en los pies y repetía la frase “¡rodillas arriba, rodillas arriba!” para obligarme a levantar mis condenados deditos.

Publicidad

4) Sudaba de un modo inapropiado

Mientras mi plan de entrenamiento comenzaba a ponerse serio llegó la ola de calor del verano. El resultado: un nivel de sudor como nunca antes había sufrido. Un día muy húmedo de agosto me puse mi conjunto más fresco (un top de tirantes y unos pantalones cortos azules) y emprendí mi tirada larga de 25 kilómetros. Al acabar, riadas de sudor emergían de cada cavidad de mi cuerpo: mis codos, mis rodillas, mis clavículas, incluso de mis tobillos.

Relacionado: ¿Cómo evitar la sudoración excesiva?

Sintiéndome como recién salida de una sauna de dos horas, pero también con el subidón de endorfinas y orgullosa, decidí ir a un Starbucks para recompensarme con un café helado. Pasé por una tienda de alimentación y pensé en coger un Gatorade y una botella de agua. Me pasé por la tintorería a recoger un vestido y ahí fue cuando, delante de un espejo de cuerpo entero, me di cuenta de lo escandaloso de mi sudada. El sudor de mi pecho había manchado el tejido azul del top de tal manera que podías percibir de manera nítida (sí, MUY NÍTIDA) la silueta de mis pechos. Dejé de hacer recados inmediatamente.

¿Por qué no me detuvo? Era consciente de que la ola de calor (y la consecuente sudoración excesiva) no iba a durar tantísimo, así que superé la humedad y la posible vergüenza recordando este (manido) mantra: a la gente que suda le pasan cosas buenas.

¿Qué hice para solucionar el problema? Para empezar dejé de correr con tonos claros y me pasé a los colores oscuros para el resto de rodajes veraniegos. Sé que los tonos oscuros atraen más la luz solar pero prefería evitar enseñar más de la cuenta. En los días más calurosos y húmeros del año salía de la cama lo antes posible para aprovechar a correr antes de que el sol estuviera muy alto.

 

Publicidad

5) Me irrité como si no hubiera un mañana

Una intensa irritación (en medio de mis muslos y alrededor de las tiras de mi sujetador) apareció cuando empecé a correr más de 22 kilómetros. Notaba el calor durante el rodaje y debajo de la ducha aparecieron marcas rojas y dolorosas donde antes tenía puesta la ropa. Me da dentera incluso recordarlo.

Relacionado: Remedios caseros contra las ampollas

¿Por qué no me detuvo? Por suerte sólo me irritaba una vez a la semana durante la tirada larga. Dicho de otro modo: tenía seis días para curar mis heridas ante la próxima batalla.

¿Qué hice para solucionar el problema? Aunque hay muchos productos específicos que solucionan ese problema fui al remedio clásico: unté vaselina en un depresor lingual y me lo restregué por todas las zonas problemáticas. La crema actuó como lubricante y redujo la fricción de la piel mientras corría.

Publicidad

6) Mi nariz era una fuente constante de flemas

Piensa en las cataratas de Niagara. Ahora cambia el agua por un montón de moco pegajoso. Esa era mi nariz durante la mayor parte de mis tiradas largas. A partir de un kilómetro determinado (entre el 12 y el 16) se abrían las compuertas hasta el final del rodaje. Gracias a la gravedad el moco soía acabar en mi boca. Respirar era cada vez más difícil.

¿Por qué no me detuvo? Muchos de mis compañeros sufrían el mismo problema, así que imaginé que era un problema común. Muchos usaban sus camisetas como pañuelo gigante, así que decidí hacer lo mismo sin ningún tipo de vergüenza.

¿Qué hice para solucionar el problema? Mala suerte: no hay mucho que hacer al respecto. Traté de sonarme la nariz todo lo posible antes de salir a correr para “sacarlo todo”, pero no creas que funcionaba. Da igual lo mucho que lo hiciera: el moco seguía apareciendo como por arte de magia.

Vídeo: Cómo sonarte la nariz mientras corres

 

Publicidad

7) Una hinchazón de proporciones épicas

La “Gran Hinchazón” apareció de repente (de modo súbito y repentino) más o menos a las tres semanas de empezar a entrenar. 45 minutos después de mi tirada larga, tras beber y tomar un aperitivo (almendras o una barrita de cereales) mi estómago asomaba. A veces se inflaba tanto que tenía que ponerme unos pantalones anchos y tumbarme hasta que se pasara. A veces incluso tardaba un par de horas. Tuve que cancelar planes un par de veces porque era imposible acabar con la hinchazón.

Relacionado: ¿Cómo y cuándo hay que beber?

¿Por qué no me detuvo? Aunque la hinchazón era horrible, sólo me pasaba después de correr, así que no me molestaba mientras rodaba.

¿Qué hice para solucionar el problema? Beber mucha agua y comer bien. Bebí más agua antes, durante y justo después de correr, y eso me ayudó. También tomaba un aperitivo (una tostada con mantequilla de almendras y un plátano) un par de horas antes de correr. Pero lo mejor fue comer algo en mitad del rodaje. Unas gominolas energéticas o una barrita de semillas de chía en medio de una tirada larga hacía que mi estómago no se vaciara por completo, lo que mantuvo a raya a “La Gran Hinchazón”.

 

Publicidad
Te recomendamos

El DS 7 Crossback es el primer coche desarrollado desde cero por la marca premium fra...

Ricochet y Bedlam se unen a la familia ...

Así es la nueva Storm Viper de Joma: una zapatilla para hacer kilómetros en carretera...

Asics celebra el 25° aniversario de la querida y muy conocida GEL-KAYANO con algunos...

Más ajuste, más estabilidad y más amortiguación sin añadir peso. Así es lo nuevo de S...