Jugar a ser salvaje

Leire Fernández corre por las montañas desde que tenía 10 años.
Alberto Hernández | Fotos: Jaime de Diego -
Jugar a ser salvaje
Jugar a ser salvaje

No ha amanecido de postal en Arantza. Nubes orondas, de un gris antipático, prometen resaca a base de manta y Fre­nadol. La belleza del vertical pueblo na­varro, su verde desmesurado, se esconde bajo el trasiego del limpiaparabrisas. Bajarse del coche apetece tanto como levantar el enjambre de luces, montar las cámaras... currar.

En el aparcamiento de la entrada, mirando al valle, nos hemos citado con una muchacha de 19 años a la que su­ponemos igual de predispuesta a lidiar con la intemperie. Ser retratada bajo el aguacero, por muy campestre que seas, plato de buen gusto no es. Siguiendo nuestra costumbre, nos equivocamos.

Como si hubiese aderezado los cerea­les con un par de latas de Red Bull, se acerca esgrimiendo una sonrisa antagó­nica a la meteorología reinante, un op­timismo contagioso que nos hace sentir vergüenza de nuestro pasajero acceso de pereza. Asumimos que hoy toca monte, barro, frío... y lo vamos a pasar de puta madre.

Da igual lo que Leire Fernández con­siga en su todavía embrionaria carrera deportiva. Las cumbres que holle, los trofeos que levante, el número de kiló­metros que almacene. Nada la definirá nunca con tanta precisión como esa in­capacidad para esombrecer el semblante y dibujar un rictus severo, incompatible con la jovialidad. Toda su musculatura es asombrosamente versátil, excepto la facial. En ese plano recuerda un poco a Nicolas Cage; solo tiene un registro. Lo bueno es que el suyo se basa en el descojone permanente. Luchar por sa­carla de ahí supone perder el combate a los puntos. Jaime y Rodrigo, encargados de que las fotos que ves posean bastante más calidad que el texto que lees, lo pro­baron: "Leire, por favor, ¿podrías poner gesto serio? En plan chula, rollo diva de Instagram". Ella lo intentaba, se notaba que ponía interés, pero lo más que con­seguía era algo parecido a un bebé con sonajero. Nosotros, lejos de caer en la desesperanza, la mar de contentos por toparnos con alguien de naturaleza tan relajada, pues entendemos que esto de pegar botes de risco en risco, desbrozar senderos y darse algún que otro batacazo contra el suelo, no deja de ser una diver­tida actividad extraescolar.

Un juego, así comenzó y así sigue: "Cuando yo tenía 10 años el aitá tuvo una pequeña lesión y le mandaron sa­lir a correr un par de días a la semana como rehabilitación. Me gustaba ir con él para acompañarle, pero cuando se re­cuperó dejó de hacerlo y, sin embargo, a mí seguía llamándome la atención. Así que le pedí salir algún día más... Ahí me enganché del todo".

El aitá es Mikel, un padrazo de libro, alguien que, como el resto de la fami­lia, no tenía tradición atlética ninguna y, por influjo de su pequeña, hoy gasta una planta de fondista que ni te lo crees. Lo que sí frecuentaba era la montaña, sin pretensiones deportivas, un simple método de esparcimiento. Estirar las piernas, dejarse acariciar por el viento, gozar el paisaje... Poco más, aunque clave para que Leire orientase sus pasos ha­cia este medio y no a la ruta, la pista o el cross, superficies más acordes con su exagerada minoría de edad: "Como íba­mos bastante al monte, me faltó tiempo para empezar a correr por allí. Al poco vi que organizaban una carrera llamada la Boca del Infierno, en el Valle de He­cho, Huesca. Insistí mucho para ir y mis padres me acabaron regalando el viaje".

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Aquella carrera pirenaica (15 km salpi­cados de muy poquitas bromas) supuso la ruptura total con la otra actividad física en la que destacaba: "Me gustaba el fútbol, el baloncesto y, lo que más, el balonmano. Me inicié en un club, fui cre­ciendo, aprendiendo... llegué a la selec­ción guipuzcoana y después a la vasca". También le puso frente a una realidad demasiado evidente, pues no es normal en los países desarrollados (los de la bollería industrial y las videoconsolas) contemplar a una niña tan pequeña en­frentándose a distancias de alto calibre: "Hay gente que me decía que no debería hacer esto siendo tan joven, que se pierde chispa y velocidad, que podría quemar­me... pero luego me conocían un poqui­tillo, veían lo bien que iba en carrera, lo mucho que disfrutaba... Me anima­ban mogollón y me enseñaban muchas cosas, porque al ser tan jovencilla y no tener experiencia, metía mucho la pata. Además soy una 'feliciana', a veces estoy ahí, disfrutando a tope, y de repente me digo, ostia, vaya cagada acabo de hacer".

Cuando fue a recoger su primer dorsal, los responsables de la carrera, siguiendo los dictámenes de la lógica, le indicaron que la edad mínima de inscripción era de 18 años. Sin saberlo, estaban obligan­do a Mikel a convertirse en trail runner, pues la condición para dejarla salir fue que él se responsabilizase de su seguri­dad, obligándole a acompañarla en todo momento. Desde ese día han formado un equipo compacto que trasciende la relación paterno-filial, aunque en aque­lla época el aitá tuviera que armarse de paciencia cuando estaba echando es­puma por la boca, haciendo malabares para seguir el ritmo, y su retoño le apre­miaba: "Venga, más rápido, que vamos muy despacio". O se tapara los ojos con las manos, evitando el dolor moral de ver a la cría lanzarse sin ningún tipo de conocimiento por una de esas pendientes que te hacen poner en tela de juicio los cálculos del señor Newton.

Es joven, guapa, exitosa... Demasiadas variables para que la cabeza esté siempre encima de los hombros. Pero ahí andan Mikel y Nieves, la amá ("más de playa, de bares, de ir por Donosti tranquila­mente; no le va mucho el tema del ba­rro y madrugar"), desentrañando poco a poco el curioso universo en el que se ha inmiscuido su única hija, aprendiendo a lidiar con viajes, patrocinadores, pren­sa... haciendo oídos sordos a los cantos de sirena e inculcándole a martillazos de constancia cosas que, a menudo, suelen olvidárseles a los progenitores de niños prodigio. Léase que la humildad vaya por delante y los estudios son sagrados.

Leire clava codos en la Universidad del País Vasco, donde se prepara para ejercer de fisioterapeuta. Fuentes fi­dedignas (nadie debería retirarse del periodismo sin escribir esa expresión al menos una vez en la vida) nos dicen que es una alumna modelo, aunque ella prefiera quitarle hierro a las alabanzas: "No soy una súper inteligente. Tengo compañeros que, me cago en diez, van a clase y se les queda todo. Lo que soy es trabajadora, aprovecho el tiempo. Hay veces, cuando voy a las carreras, que en lugar de dormir más, me pongo el frontal y estudio por las noches... Esa gestión de las horas disponibles me da para sacar buenas notillas".

En este segundo curso, dice, lo de los libros le está resultando más ameno. Se conoce que la cosa va más de práctica que de teoría, algo que siempre agrade­cen los espíritus inquietos: "El año pa­sado las asignaturas más potentes eran Anatomía y Fisiología, donde coges una base en la que aprendes todos los pro­cesos fisiológicos, todos los músculos, nervios, nerviaciones y la de Dios es Cristo... Meter horas y chapar a saco. Ahora, en Biomecánica, estudias más los movimientos y me está encantando, me parece muy fácil porque yo me fijo mu­cho en la gente cuando corre: la técnica, si éste mete las rodillas para adentro, o las saca, las rotaciones internas, externas, donde se va a sobrecargar más...".

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Hoy no tenía compromisos académi­cos, de ahí que estemos zascandileando por uno de sus rincones favoritos a la hora soltar adrenalina. El escenario, pese a lo encapotado del firmamento, es puro lujo. Allá donde poses la mirada encuentras una estampa que te hace parecer mejor persona. Los ojos enmudecen y los oídos apenas deben esforzarse, pues no hay más ruído que el disparo de la Canon y las carcajadas arrítmicas de la señorita Fernández. Todo el mundo debería poder paladear lugares como este un lunes por la mañana. Ella, que durante el período de clases mata el gusanillo encerrada en el gimnasio, lejos de su hábitat, parece haber llegado a la misma conclusión, por eso no emite una mísera queja, ni ahora ni después, cuando atendamos al anochecer sobre los acantilados de Hondarribia. Doce horas de danza ante los flashes sin una puñetera mueca de fastidio debe ser algún tipo de récord; salta, apoya el pie derecho sobre esa pierna, el izquierdo un poco más atrás, la mano, vigila la mano, bien, cuidado no resbales, una más, sube a esa piedra, ahora vamos a probar sentada... (Mikel, mientras tanto, funde el embrague de su pick up haciendo labores de chófer y ayudante de producción a partes igua­les). Menos mal que ya tiene edad para votar; si llegamos a venir hace 365 días esto podría haberse considerado explo­tación infantil.

Entre brincos y posados, para ator­nillar un poco más su paciencia, vamos desgranando nuestro interrogatorio. ¿Tu deportista favorito? "Tío, ésa es muy fácil. Está muy clara. Bolt. Es mi puto ídolo, mi maestro y mi mentor. Los valores que tiene él creo que no los tiene ningún atleta. Es una pasada, no se queja nunca, quiere correr en todo momento". Una mala noticia para los fanáticos de los cien metros lisos: Bolt es su perro.

Tiene dos más, Elan y Sony, pero las aventuras más salvajes las ha vivido con el primero, por ejemplo participar en el Europeo y en el Mundial de canicross, donde cuenta que hay "un nivel de la le­che, una cultura increíble. Salía a compe­tir acojonada, porque Bolt era un enano comparado con las bestias que había. Fue increíble, yo le chillaba: ¡P´alante, p´alante! Y él ahí, cabezón, dándolo todo. Sales de uno en uno y nunca sabes si vas bien, si eres el primero o el último... Es tremenda esa sensación, ver como se sacrifica por ti, porque no tiene a nadie delante para motivarse, ni un corredor, ni otro perro... nada. Solo le mueve tu voz, se establece un vínculo muy bonito. Es una pasada".

A la hora de entrenar se decanta por Pirineos, "que son montes altos, pero más redonditos. También Picos de Europa, que es un desnivel más brutal, más téc­nico, más salvaje, pero son más bajitos los picos. Lo guay es cambiar de un lado a otro porque es más divertido. Ahora que voy a empezar la 'Uni', los fines de semana no nos iremos muy lejos, nos quedaremos por aquí, en casa, para no perder tanto tiempo en traslados".

Compitiendo apuesta igualmente por la variedad de opciones, rompiendo la monotonía y estimulando sus horizontes a base de agitar una coctelera en la que se mezclan "kilómetros verticales, ultras, maratones y medias, porque cada cosa tiene su encanto. Aunque sea todo correr, no tiene nada que ver. En el kilómetro vertical desde que sales hasta que llegas es a muerte, agónico. Las ultras molan mucho porque pones a prueba tu capa­cidad de sufrimiento. Ése es el disfrute: el poder de la mente que sale a relucir con los kilómetros, las hace súper chulas".

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Éste es el momento en el que debería­mos detenernos en su palmarés, decir que ha ganado tal o cual prueba y esta­blecer algún tipo de estadística, resaltar números aquí y allá. Contarles, no sé, que a finales de verano se alzó con la Youth Chamonix Courmayeur (la ver­sión promesa del Ultra Trail del Mont Blanc) o que puso a su nombre la Euskal Herria Mendi Erronka con récord de la prueba incluido (8:02 para 65 km con 7.000 metros de desnivel acumulado). Podríamos hacer todo eso, pero no lo vamos a hacer; damnificados, acudid a Google (si os ayuda con el porno seguro que en esto también puede echaros una mano, con perdón).

Ojo, no es una cuestión de vaguería (como muchas otras veces); responde más a ser fiel con la idiosincrasia de nuestra protagonista, alguien que no tiene "ni idea de las carreras en las que he participado. Al principio las compe­ticiones eran los únicos entrenamien­tos que hacía, pues entre semana no corría nada, así que me pegué varios años compitiendo casi todos los fines de semana del año. Supongo que saldrán muchísimas". Tampoco parece impor­tarle demasiado las veces que ha logrado encaramarse al podio: "Buah, la verdad es que no lo sé. Algunos trofeos los guar­do y otros los tengo en el terreno donde están mis perros, pero no me acuerdo. habría que ponerse a pensar" (y se ríe, se ríe mucho, se ríe como diciendo: "Hay que ver las cosas más raras que pregun­tan estos tipos").

Quizás todo tenga que ver con su concepción de sí misma. Porque a pe­sar de que los papeles la señalan como pieza destacada de la nueva camada de estrellas del trail mundial, Salomon le diseñe las zapatillas a medida y, por obra y gracia de Suunto, en la muñeca luzca un peluco prohibitivo para los bolsillos de muchachos de su quinta, rehúsa ca­talogarse como profesional: "No me veo así, desde luego. De hecho es la primera vez que reflexiono sobre el tema porque nunca me he sentido como tal. Siempre he peleado por lo que quería, por la nota de Bachillerato, que fue durísimo, por entrar en fisioterapia... Cuando estoy con otros compañeros, me doy cuenta de que muchos sí son profesionales, hasta el punto de dejar los estudios y eso. En­trenan mañana y tarde, tienen todo el día para dedicarse a correr. Yo no, yo por las mañanas tengo que hacer mis deberes, después, de 13:00 a 19:00, tengo que ir a clase y, al llegar a la residencia, entrenar lo que puedo y poco más".

Su concepto del entrenamiento, como pueden imaginarse, no es que sea preci­samente heredero del método cartesiano, aunque nos consta que tiene intención de estructurar sus machaques con la ayuda de un experto: “Hasta ahora para mí ha sido puro disfrute, solo salíamos a correr para disfrutar. Si un día nos apetecía su­bir a Pirineos, íbamos a Pirineos. Si un día nos apetecía bajar a toda leche, bajá­bamos a toda leche. Si me picaba con Bolt decía, venga va, le doy caña y después ya recuperaré. Si hoy más largo, pues más largo. Si el sitio era súper chulo y hacía un día cojonudo, pues nos quedábamos más tiempo, si no, no. Todo sensaciones. Ahora que estoy metida en la fisiotera­pia he empezado a aprender lo que son los pulsos y eso... que tampoco es que sepa nada del otro mundo, pero ya no me suenan a chino ciertas cosas. Ya te digo que ha sido todo muy 'feliciano' y el primer objetivo es pasarlo bien. Lo más importante es que la cabeza esté a gusto en el monte. Si eso sucede, te diviertes y tienes ganas de correr, ahí es cuando realmente salen los tiempos, no porque hagas muchas series, que si este kiló­metro a tanto o pajas ahí que se hacen, que después lo mismo no rindes porque llegas reventado a la carrera. Si vas có­modo mentalmente, vas a dar el 120%”.

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Es más que probable que muchos entrenadores clamen al firmamento al escuchar un plan de trabajo tan anárqui­co, garabateado a trazos inconexos por una “endorfina con patas”, como la define nuestro compañero de la revista Trail Run Dani Sanabria (de segundo apellido Tocón, que es una cosa de mucha risa). Ella debe opinar igual, por eso deja cris­talino que “no estoy para dar consejos a nadie, soy yo la que los necesita. Si una niña me los pidiese le diría que lo im­portante es tener ilusión. Si en vez de correr por el monte le da por el ajedrez o por el ping pong, o prefiere salir por ahí con las amigas, pues... adelante. Cuando tienes ilusión, te organizas mejor y dices: Buah, voy a estudiar esto a todo trapo porque me apetece hacer tal o ir a ver a los perros para jugar con ellos. Tener ilusión por algo es lo que realmente te llena y te hace estar feliz y satisfecho”.

En lo que respecta a la alimentación se muestra mucho más estricta, a pe­sar de que hoy, en el receso para coger fuerzas entre tanta foto, no se corte un pelo con el contundente menú que llega a nuestra mesa (el norte y eso, ya saben): “Cuido la nutrición porque creo que es algo importante para lograr mi objeti­vo de estar muchos años en el deporte. Quiero competir hasta los cincuenta o sesenta años, y ese tema me parece crucial para regular a las chicas todo el tema hormonal, de desarrollo; súper importante porque después la gente em­pieza a caer. Así que mejor prevenir. A mí no me cuesta cuidarme, además te aporta sensaciones muy buenas, jamás he tenido que retirarme de una carrera por un corte de digestión o problemas de estómago. Tampoco paso envidia cuando veo a mis amigas comiéndose un helado o atiborrándose de chuches”.

La neska, cuyas virtudes deportivas considera que son "la capacidad psico­lógica y la competitividad", sugiere que para relatar sus defectos preguntemos a sus perros: "A ver qué te dicen, seguro que más de uno. El primero que soy muy lenta. Siempre les ves a ellos delante, mi­rándome como pensando: "Joder, corre más, corre más".

Su primera salida al extranjero fue la Romeufontaine ("En Francia, 45 kiló­metros corriendo sobre la nieve, cuan­do tenía 13 años") y ahora le aguarda un mundo de montañas por domar. No lo hará sola, pues el plural es inherente a su lenguaje. Nosotros. Ella y Mikel. Tras conocerles, uno solo le puede pedir a la vida que, cuando sus hijos cumplan 19 abriles, le miren como Leire Fernández mira a su aitá.

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