Kilian Jornet, el Hombre Montaña

Visitamos al mejor trail runner del mundo.
Alberto Hernández | Fotografías: Jaime de Diego -
Kilian Jornet, el Hombre Montaña
El Hombre Montaña

Horas más tarde, con la mirada divagando en el corazón del fiordo de Romsdal, encogido ante la verdad de sus paisajes imposibles, descubro la dimensión del error. Está lejos de ser pequeña. Meses de laboriosa ilusión. Llamadas, correos, reuniones, lecturas… Todo para nada. No soy un erudito del oficio, pero tampoco creo merecer una dosis tan cruenta de realismo. Teorizo sobre el derecho a existir del periodista de clase media mientras me declaro incapaz de escoger entre las decenas de frases que se precipitan al vacío del complemento circunstancial. Solo necesito una. No es de caballeros publicitar el fracaso con un encogimiento de hombros. Aun así se hace de rogar. ¿Cómo se lo digo? Mejor el rojo del momento que la eternidad del amarillo. Lo sé. Maldita sea.

Pienso en Rodrigo, en su talento de director de cine desparramado por una ladera a la que el desabrido sol de abril ha dejado huérfana de nieve. Jaime disparando en escorzo sobre aquella cascada de piedras lamidas por el hielo. Bárbara iluminando la escena mientras el frescor del atardecer nos recuerda que jamás hay que dar por sentada la primavera. Trabajamos en una revista de corredores y vinimos a Noruega para entrevistar a uno. Solo un detalle enturbia el esfuerzo colectivo: Kilian Jornet no lo es. Y yo, estúpido, fui incapaz de darme cuenta.

Tampoco es esquiador, ni siquiera alpinista. Etiquetas, adjetivos, clasificaciones. Huye de ellos, pero el trazo de sus pisadas es demasiado evidente como para despistarlos. ¿Estrella del deporte? Incorrecto. Por eliminación está claro que me encuentro ante uno de esos extraños ejemplares que muy de vez en cuando asaltan la confortabilidad de la rutina, que se cuelan de puntillas entre el último recibo del banco, la factura de la luz, la letra de la hipoteca… Un hombre libre.

Dos días con él han bastado para ratificarlo, aunque las sospechas aparecieron apenas unos segundos después de estrechar su mano, una mano madura para un cuerpo que no llega a los veintinueve, acostumbrada a tomar decisiones, a descifrar mapas, a contar lagos. Es incapaz de domarla. Con ella sostiene una pequeña piedra, disecciona un puñado de arena, toma una brizna de hierba y se la lleva a la boca. Todo en él desprende un aroma telúrico. Kilian es la seducción constante por la naturaleza. Incapaz de dar dos pasos sin que su caminar se transforme en coreografía, de resistirse a convertir en bello lo ordinario.

Desde el porche de la granja a la que se ha mudado a principios de año se divisan 25 cumbres. Unas redondeadas, mansas. Otras esbeltas, afiladas; dagas pretendiendo herir la proximidad del cielo. Probablemente su alma de aventurero no habrá podido resistir la tentación. Probablemente ya las habrá visitado todas y, cada atardecer, adormilado junto a la chimenea, con un chocolate caliente y un leve dolor de piernas, rememore en el sofá los detalles de cada una de las ascensiones.

La guarida que comparte con Emelie Forsberg -otra devota de los sueños verticales- es un potente generador de envidia para cualquiera con un mínimo de curiosidad en la pupila. Una amplia casa de madera trabajada según el clasicismo nórdico. Coherente, luminosa, elegante en la consciencia de su sencillez. Al frente, una pradera tapizada por el verde infantil del deshielo baja hasta besar los labios del fiordo, un mar sereno que reposa impasible tras la batalla ganada al continente, lejos del abrupto oleaje de la costa. En el flanco derecho un gran cobertizo de color granate en el que el ganado y el grano de épocas pasadas han cedido espacio a los esquíes y las bicicletas. Al izquierdo, apenas treinta metros de la puerta principal, un camino se adentra en el bosque hasta llegar a lo alto de la cima que ofrece protección a todo el conjunto, situado en el vértice de una península frente a la diminuta ciudad de Åndalsnes, donde viven 3.000 personas, muere la vía del tren y resucitan las promesas de una existencia sin ruidos ni prisas. Kilian, sopesa el cronista, no podría vivir en otro sitio.

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En el corazón de esa idílica postal, cada mañana, alrededor de las nueve, se dispone a trabajar. Lo hace con un punto de anarquía, sin premeditación. Nada de tablas, vatios, pulsómetros. Desde que alcanzó la mayoría de edad, aunque parezca increíble, el que Lance Armstrong califica como mejor atleta de fondo del momento, no tiene entrenador. Le bastan el instinto y los estudios de Educación Física cursados en Francia, la seguridad de entender mejor que nadie los códigos de su afecto por la montaña: “Entreno por sensaciones pero porque hubo un tiempo que me preparé siguiendo una metodología estricta. De los trece a los diecisiete años Maite Hernández me llevaba la preparación física en el Centro de Tecnificación de la Federación Catalana de Deportes de Invierno. Gracias a ella y a la teoría adquirida en la facultad entendí como manejar el entrenamiento. En aquella época me rompí la rodilla y aproveché para leer mucho sobre biomecánica y fisiología al margen del temario, así que adquirí bastante conocimiento sobre las reacciones del cuerpo. Luego está la experiencia de la competición, saber las cosas que funcionan y las cosas que menos. Por eso ahora no me marco un plan de entreno, pero sé que para llegar bien a la temporada de esquí necesito acumular 150.000 metros de desnivel antes de la primera prueba de la Copa del Mundo, así que en diciembre tengo que hacer mucho volumen. Y que en verano, una vez acabada, necesito hacer pocos kilómetros de carrera a pie. Si, por ejemplo, hago una semana de 30 horas, a la siguiente estaré bien. Tres o cuatro días antes de una competición ya sé cómo actuar. Si me encuentro cómodo voy más rápido. Si estoy mal no fuerzo, o quizás sí, porque significa que necesito dedicarle más tiempo… Es decir, la sensación escucharla mucho pero sabiendo que detrás está la base de años de entrenamiento”.

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Esta ausencia de una figura que guíe sus pasos supone una presión extra para él, aunque la maneja con la misma naturalidad que, cual joven macho cabrío, apoya las puntas de los pies sobre las rocas de un aterrador descenso, bailando con cada recodo del camino hasta alcanzar el valle. Nadie a quien trasladar las quejas tras un mal resultado. Un hombro sobre el que permitirse alguna que otra indulgencia. Una red que amortigüe esas caídas que duelen más que las provocadas por la pasión diaria, a la que nunca ha faltado más de dos jornadas seguidas (“tras mi primer UTMB acabé muy jodido, pero al tercer día ya estaba montando en bici”), y siempre por enfermedad o viaje. Jugarse la vida cada jueves a la hora del almuerzo. Y hacerlo solo.

No le asusta, al contrario, se siente confortable navegando en sus paradojas, definiéndose como ‘una persona muy poco sociable”, a pesar de haber consentido el allanamiento de morada que ha transformado su salón en un improvisado plató de televisión en el que unos extraños -a los que ofrece bebidas y atenciones- se disponen a interrogarle. A pesar de que más de 200.000 personas esperan noticias suyas en Twitter. A pesar de escribir, fotografiar, comunicar… En definitiva, compartir.

Sucede, sin embargo, “que si estoy con gente al cabo de los días me va a consumir mucha energía. Si permanezco en sociedad más de un treinta o cuarenta por ciento de mi tiempo, pierdo el equilibrio. Puedo estar durante un mes sin ver a nadie y no lo voy a echar en falta. Si se me acerca gente genial, pero no saldrá de mí ir a buscarla para charlar o hacer cualquier actividad. Eso me gusta de la montaña; puedo estar con alguien y no hablar durante horas. Pasa mucho en las expediciones, convives las veinticuatro horas y hay días en los que te das cuenta de que apenas has pronunciado unas pocas sílabas para resolver las necesidades básicas. Sin embargo te comunicas de otra manera. La ciudad y el tema social no llaman mi atención. Me siento extraño. Lo que más me impacta es el ruido, el torrente de información que recibes, tanto que no puedes asimilarlo. Lo bonito de la naturaleza es que te da tiempo para asimilar las cosas”.

Es tan escaso el interés que suscitan en él que, a lo largo de sus casi tres décadas de vida, nunca ha dormido más de un par de noches seguidas en una gran urbe. “Si que hay cosas interesantes en una ciudad. Por ejemplo la arquitectura, pero eso te pones a correr y lo descubres rápido, tampoco te vas a estar dos horas mirando la Torre Eiffel… La ves y ya está”, sostiene mientras nos adentra en un concepto fundamental para entender la dimensión de su figura: no le gusta perder el tiempo.

“Si puedes correr, ¿por qué ir andando? Si hay una buena razón, vale, si no carece de sentido. En las ciudades, no sé si por educación o por un tema visual, la gente va andando y no lo entiendo. Podrían ir corriendo y ahorrarían mucho tiempo. Sería más práctico”. No es una pose, antes de esgrimir tales argumentos habíamos sido testigos de esa concepción de su actividad deportiva como mero medio de transporte. Para una de nuestras sesiones fotográficas quedamos a un kilómetro escaso de su casa y, en lugar de coger la Marco Polo que hace cuatro meses cargó hasta los topes y condujo desde Chamonix (poniendo fin a siete años de estancia en esa “universidad del alpinismo”), apareció trotando, con una gran mochila a la espalda repleta de toda la ropa necesaria para enfrentarse a los flashes. Verle a lo lejos, diminuto, bajando apresurado la colina, como un sherpa que llega con retraso a sus tareas en el campo base, fue un momento ‘tan Kilian’ que las sonrisas tardaron varios minutos en disiparse.

Dice no sentirse un deportista profesional. Se declara amateur, “que viene del verbo amar. Amo el deporte, salir ahí fuera, la naturaleza, la montaña. Es lo que me gusta. No hay ningún día que haga bueno y diga, hoy no me apetece salir. Si hace buen tiempo quieres explorar, subir a un pico, a otro, a otro… Siempre hay cosas que hacer. Luego, está claro, hay veces que estás reventado, está lloviendo o nevando, y toca ponerse el mono de trabajo y entrenar, porque el resto de las veces no es entrenar como tal, es simplemente disfrutar de una cosa que te apasiona”.

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Su valentía le conduce incluso más allá, a terrenos que la dormida mayoría de ilustres rostros del deporte se niega a pisar, a declaraciones que son puñetazos encima de la mesa: “El deporte está mitificado. Para mí salir a correr es una pasión. Mi trabajo es ayudar a desarrollar material y dar conferencias, es la contrapartida para poder vivir. Que se paguen grandes cantidades de dinero solo por vender una imagen, que al final es lo que somos los deportistas, es contraproducente. Necesitamos crear personas sanas. Los trabajos que se dedican al desarrollo y las necesidades reales de la gente casi siempre son anónimos, cuando realmente son los más importantes. Creo que hemos entrado en un círculo muy malo, pero bueno, desde el circo romano lo que quiere la gente es espectáculo y ahora no estaría bien visto que nos pusiéramos a matarnos en un estadio como los gladiadores. El deporte ha sustituido eso, es la mítica que le hace falta a la gente. Sin duda es un problema, pero mira, si ganas dinero al menos que sirva para algo. Ahí está Alex Honnold, el gran escalador americano, que siempre dice que gana más de lo que necesita para vivir y lo que gana de más lo utiliza en proyectos solidarios en África, en financiar placas solares… Puedes montar empresas, empresas reales, no en Panamá (carcajadas), donde la gente trabaje, donde se hagan cosas. Si el sistema no se puede cambiar, al menos aprovecharse de él, no en el sentido de lucrarse uno mismo, si no ver qué puedes hacer con todo ese extra que no necesitas, usarlo para que la gente pueda vivir mejor”.

Un potente discurso al que vuelve cuando deseamos conocer su escueto calendario veraniego, en el que solo hay previstas dos incursiones con dorsal: Zegama-Aizkorri, templo donde levantó los brazos en siete ocasiones, y Hardrock 100, a la que le ha hecho dos muescas consecutivas (2014 y 2015), además de ostentar el récord y considerarla “una de mis carreras favoritas. No hay entrega de premios. El día después se menciona a todos los finishers y se les da un diploma. Porque el deporte, si lo piensas, es capitalismo; solo gana uno y olvidamos al resto. Lo bonito de la competición es luchar con y contra otros para sacar todo lo que llevas dentro. Pero una vez acabada la carrera ya está, no eres mejor por ser primero, o décimo, o cincuenta. Los podios tienen muy poca utilidad y hacen mucho daño al deporte. Todo lo bonito que tiene el deporte se lo quitas con esto”.

Lo dice alguien cuyas derrotas son casi inexistentes. Un tipo que en plena pubertad escribió una lista con todas las pruebas que le gustaría correr; hoy es un viejo trozo de papel en el que cada renglón tachado refleja un triunfo, cuando no varios. Podía haber seguido así infinidad de cursos, ganando por inercia, forjando una leyenda inalcanzable para cualquier rival, pero la lealtad a sus principios se lo impidió. Dijo basta. No a la competición como rutina: “Cuando una cosa la haces muchas veces puedes mejorar, pero el margen de aprendizaje es más pequeño. A mí no me gusta repetir siempre las mismas cosas, necesito ir más allá. En las carreras de montaña escojo una muy técnica, como puede ser Kima, o una larga como la Western States, o disputo un kilómetro vertical. Hay que ponerse en situaciones que te saquen de contexto, que te permitan progresar”. Summit of my Life, su proyecto personal, el desafío de ascender y descender en el menor tiempo posible algunos de los techos más emblemáticos del mundo, era una consecuencia lógica de ese ansia por escapar del fuego sagrado de la costumbre.

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Incluso hubo momentos en los que sintió curiosidad por saber qué le diría el cronómetro si decidiese echarle un pulso a Filípides, “pero me demandaría mucho tiempo de preparación, sería atarme al asfalto. Ahora no hago series ni nada por el estilo, pero cuando vivía en Font Romeu alguna vez me ponía detrás de los keniatas e intentaba seguirles. No recuerdo con exactitud los tiempos, pero hacía los miles en dos treinta y largos. Un par o tres, con el gancho, cuando ellos a lo mejor hacían cinco mucho más relajados. También rodaba de vez en cuando con Paula Radcliffe. Siempre digo que mi mejor marca en medio maratón son 23 horas, un día que hice la travesía Chamonix-Courmayer con la Jourases; salieron 21km. Los últimos años me he interesado por hacer cosas en alta montaña, lo que es completamente opuesto a correr un maratón”.

Puede que en agosto culmine las cimas de su vida y, desde la cumbre del Everest, encuentre unos instantes de sosiego para meditar sobre el vertiginoso ritmo al que ha ido haciéndose un hueco en la historia de los que buscan la felicidad cerca de las nubes. Se acordará de aquel mocoso de tres años que debutó en el esquí de montaña acompañando a su madre durante los doce kilómetros de la Marxa Pirineu; del crío de once cuyas salidas en bicicleta se alargaban más allá de los cien; o del adolescente que, a los dieciséis, en verano, como preparación para ese devastador deslizamiento sobre la nieve, comenzó a tantear el universo del trail hasta convertirlo en su coto privado de sueños. Quizás, en mitad del innegociable sufrimiento para tocar el techo del Planeta, rememore que a los dieciocho decidió probar cuánto tiempo sería capaz de entrenar sin ingerir alimento alguno. Y pasó cinco días machacándose, cuatro horas por la mañana, una por la tarde, sin más sustento que el agua, hasta caer desmayado, reconfortado por conocer la circunscripción de su capacidad de aguante.

O puede que no, “que salga al año siguiente, o al otro. Se trata de coger todo lo aprendido, todas las disciplinas practicadas, y juntarlas. Por eso el alpinismo es un deporte para viejos. Necesitas escalar en roca, hielo y nieve; esquiar; andar; correr; entender la montaña… saber moverte en ella. Es mucho tiempo el que lleva combinar materias tan diferentes”. Pase lo que pase no habrá viento capaz de tambalear su excepcional grado de compromiso; acercarse a acariciar las grandes moles con el mínimo artificio: “No es lo mismo ir ligero el día de la ascensión que marchar ligero de casa. Es muy distinto. Tengo un gran equipo detrás, pero a veces he ido solo con Seb Montaz -experto alpinista encargado de la producción audiovisual de sus retos- y toda la expedición cabía en dos mochilas de cuarenta litros. Ese es el reto, subir deprisa con lo mínimo”. Hay quien ya ha bautizado el concepto como ‘alpirunning’, palabra bastante ridícula en comparación al descomunal desafío que representa.

Lo que a ojos de Kilian resulta cristalino es “que vivimos un momento súper bonito en el que vemos como se funden disciplinas. A mí las listas tipo ‘los 14 ochomiles’ no me interesan. Pero sí cosas como las que hace Ueli Steck, un mito del alpinismo que ahora está haciendo trail, y quiere probar cada vez distancias más largas, porque eso le aporta cosas distintas en el alpinismo. O Alex Honnold y Colin Haley, que en Patagonia, en lugar de escaladas rápidas, salen del pueblo más cercano, corren, escalan, vuelven a bajar, hacen encadenamientos de cimas… Eso es inspiración. Tú ves gente que hace estas actividades y dices: ¡Qué bonito, qué estético! Y te da ideas para hacer otras cosas de manera muy distinta”.

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Y en esas está. Acudiendo cada día a perderse en la inmensidad, respetuoso, humilde, contento de que los áticos con mejores vistas no conozcan su apellido, porque “la montaña te enseña que puedes tener el currículum que quieras y aun así eres igual de frágil que cualquier otro. Sentir la muerte te hace relativizar todo lo demás”. Él, que sabe lo que es llorar sin consuelo cuando el insaciable vacío devora a uno de los tuyos, que conoce los recovecos del infierno, que logró curarse las magulladuras del amigo arrebatado, es un tipo afortunado. Y no hablamos solo de seguir vivo. Suerte de ser alumbrado en la zona rosa del mundo, “de nacer en un país donde puedes escoger, de tener una familia que apoyó mis decisiones. Cuando viajo a otros sitios pienso mucho en el lujo que supone decidir qué podemos hacer con nuestra vida. Me siento bien remunerado porque puedo comprar alimentos, pagar la gasolina y llevar a cabo mis ilusiones junto a gente que tiene grandes ideas y muchas ganas de hacer cosas. No necesito más”. Tal vez por eso resulte tan ajeno al ego y, en lugar de vanagloriarse de sus decenas de victorias y plusmarcas, saque a caminar la satisfacción para confesar que “de lo que estoy más orgulloso es de tener la posibilidad de realizar mis sueños, de estar en sitios maravillosos. He sabido tomar las decisiones adecuadas para estar donde estoy ahora”.

Le abandonamos, le dejamos con su verbo pausado, su cara curtida por infinitos amaneceres, su compacta figura de niño salvaje. Nos despedirá con esa mano que es la mano de la madre tierra, y se irá a trepar, a señalar desafíos en el horizonte. O a seguir mejorando sus prestaciones en el entorno, logrando que su organismo se convierta en un animal todavía más capaz: “Desde los quince años, aunque siempre manejé volúmenes muy altos de entrenamiento porque destacaba por mi capacidad para recuperar, no piso un gimnasio. Sigo sin hacer un abdominal, pero estoy cogiendo mucha fuerza visitando con asiduidad el rocódromo. Es el primer año que hago deportiva, tengo un nivel de 6c. Hasta entonces solo hacía vías largas auto protegiéndome. Tampoco le dedico mucho a los estiramientos, pero como Emelie hace yoga la acompaño a menudo”. Le vendrá bien incorporar esos hábitos, ser más elástico y poderoso, pues se ha citado con su destino a 8.848m, una altura a la que cada respiración es un testamento.

Lo hará, como el poeta, ligero de equipaje. Sin lastres materiales ni emocionales, con la tranquilidad de ser hijo del olvido, “algo maravilloso. Al principio puede resultar frustrante, pero luego te das cuenta de que es una cosa muy buena. Todo lo que vayas a hacer se terminará olvidando y eso te quita mucha presión. Tú miras el día que crees más importante en tu vida y lo comparas con la gente que cada año hace cosas increíbles… Somos muy pequeños. ¿Qué es un día en una vida? ¿Y qué es una vida en la historia de los seres humanos? Por eso hay que quitarle mucha importancia a las cosas que hacemos, porque somos pequeños. Hagámoslas porque nos hacen felices, no pensando en trascender”.

Una despedida acorde con la grandiosa pequeñez de este perturbador del inmovilismo, maestro en el arte de quebrarle el cuello al tedio y calzarse las zapatillas para seguir jugando a los exploradores. Mucho mejor que un hasta luego.

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Publicado originalmente en el número 171 de Runner´s World (mayo 2016)

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Dirección audiovisual: Rodrigo Moro | Asistente de fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez | Agradecimientos: Laura Font.

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