5 cosas que deberías saber sobre el recorrido del Maratón de Nueva York (sobre todo si tienes la suerte de participar en él)

Los 42,195 km más famosos del mundo se celebran este domingo en un trazado que atraviesa los cinco distritos de la ciudad y esconde algunos pequeños secretos que vamos a desvelarte.
Alberto Hernández -
5 cosas que deberías saber sobre el recorrido del Maratón de Nueva York (sobre todo si tienes la suerte de participar en él)
El recorrido del Maratón de Nueva York no deja indiferente a nadie | runners.es

Puedes correr un maratón, y que resulte una gran experiencia. O puedes correr el de Nueva York y que esa experiencia sea memorable. Algo en lo que no puedas dejar de pensar, el tipo de cosas que hacen que los amigos, hastiados de tanto derroche de felicidad, acaben sugiriendo: ¡Cállate de una vez! (a la vigésimo sexta que les volviste a relatar tu periplo runner en la ciudad que nunca duerme).

Para entonces conocerás un montón de cosas sobre ese trazado de leyenda que une Staten Island con Central Park (esperemos que nos las cuentes para seguir elaborando artículos que ayuden a los primerizos en el evento de los eventos), un circuito mil veces relatado en el que a nosotros, la primera vez que lo disfrutamos, nos llamaron mucho la atención estos cinco aspectos.

1. EL SUELO

La isla de Manhattan, por la que transcurre una buena porción de la carrera, está edificada sobre roca. ¿Cómo afecta esto a los maratonianos? Bastante. Cada vez que tus pies golpeen el suelo percibirán la dureza del material, lo que provoca que los músculos lleguen al final del trayecto con un extra de devastación respecto a carreras similares (es decir, duras, con muchas subidas y bajadas). No es un piso amable, debes estar atento a su rugosidad, sus roturas y, en muchos casos, la presencia de rejillas y otros elementos.

En los últimos años se ha hecho una buena labor de reasfaltado y nivelado, pero aún encuentras zonas donde el suelo adquiere una forma cóncava, provocando que, si corres por uno de los dos lados de la calle, una pierna pueda sobrecargarse más que la otra. Lo ideal en estos casos es buscar acomodo en la parte central de la vía, la más plana y uniforme. Si has trabajado mucho la fuerza lo agradecerás, pues la debilidad muscular se retrasará y, cuando aparezca, casi oliendo la meta, será tu mente cargada de ilusión la que te conduzca al éxito, haciendo que el trabajo de las piernas pase a ser secundario. ¿Qué no la has trabajado? Tranquilo, lo que has leído, en directo, no es tan grave como parece.

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2. OJITO A VERRAZANO

Has escuchado el himno americano (hasta a los que se la trae al pairo la liturgia del patriotismo alucinan al oírlo cantado a capela sin que más alma que la del intérprete de turno diga esta boca es mía), el tiro de la salida al compás del New York, New York de Sinatra, te acuerdas de todo lo que has entrenado, de las renuncias a las que voluntariamente te has sometido… Y corres el riesgo de acelerarte demasiado en un primer kilómetro y medio durísimo que, con el corazón en la garganta, se nos antoja cuesta abajo. Y no. Desde que salimos de Staten Island y nos disponemos a cruzar el puente más famoso de la historia del deporte estamos ante una pendiente muy pronunciada. Disfruta de las vistas fabulosas del skyline neoyorquino sin dejar que te obnubilen las piernas; de lo contrario lo pagarás caro cuando llegues a Brooklyn y descubras que vas más cansado de lo que en esa parte de la carrera se estila (km 3).

3. WILLIAMSBURG

El barrio judío, pleno Brooklyn. A la mayor parte de los que participan por primera vez en Nueva York es la zona que más les impresiona, pues supone retrotraerse al menos medio siglo en el tiempo (quizás nos quedemos cortos). Sus moradores no suelen prestar demasiada atención a la prueba, es como si esta fuese parte del paisaje de una jornada dominical cualquiera (bien es cierto que entre las nuevas generaciones se escucha algún grito de animo o al menos una mirada de curiosidad). Ropas oscuras, kipás (el gorro ritual en forma de cúpula), actitudes retraídas, barbas pobladas, mujeres que arrastran carritos de bebé que parecen sacados de una casa de muñecas antigua, vestimentas que dejan poco espacio a la creatividad… Te vas a pasar un par de kilómetros (entre el 15 y el 17, más o menos) sin mirar al frente (ten cuidado no te tropieces).

4. EL QUEENSBORO BRIDGE

Es la parte más dura de la aventura. Se trata del puente que nos conduce desde Queens a Manhattan, casi dos mil metros de longitud con una primera parte de desnivel claramente positivo en la que debemos olvidarnos que estamos en el kilómetro 25 (hito marcado justo al final de la subida). Nuestro compañero Fernando Sebastián, guía de Sportravel (agencia que cada año lleva a más de 300 españoles a la carrera) desde hace 11 años le denomina ‘el puente del silencio’ (es la única parte de la carrera, junto a la salida y el Puente de Verrazano, en la que no hay público), aunque reconoce que “luego, una vez comienzas el descenso, comienzas a escuchar el griterío de la gente que aguarda en la curva de la Primera Avenida, la entrada al corazón de la ciudad y una de las zonas más animadas del recorrido”.

Antes de vivir ese momento, todavía en la escalada al Queensboro, conviene aprovechar la ‘soledad’, la única música del repicar de pasos contra el asfalto, y chequear nuestro organismo para evaluar nuestras capacidades con respecto a lo que está por venir. Un ejercicio de introspección en el que sin duda saldrá a flote un pensamiento: la inmensa suerte que tenemos de estar en la que, para muchos (pero muchos, muchos) es la mejor carrera del mundo.

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5. LA PRIMERA AVENIDA

La comunión que se establece con el público es brutal. Cuando llegas tú ellos ya han visto pasar a los corredores con discapacidad que salen varias horas antes, a la élite femenina, a la masculina… Los neoyorkinos (y los miles de personas llegados de fuera) tienen la garganta caliente y se empeñan en desgarrarla animando a los participantes como si todos fuesen el ídolo de su infancia. Allí se concentran casi todos los acompañantes (Sportravel monta un punto de animación a la altura de la calle 79 que ríete tú de muchas raves) y es el momento ideal para fabricar esa foto en la que, detenidos junto a las vallas (sí, en Nueva York las ansias de marca conviene dejarlas a un lado y perder todo el tiempo que sea preciso en gozar cada sensación), aparecemos junto a nuestros seres queridos con la cara de felicidad de las grandes ocasiones.

Pasado los momentos de mayor éxtasis te percatas de un pequeño detalle: la calle es larguísima. Así que paciencia, que hasta cruzar Harlem y llegar al Bronx te queda lo que no está escrito (empieza en la milla 16 y acaba en la 20, para que te hagas una idea; no te lo pensamos traducir a kilómetros porque debes ir habituándote al sistema anglosajón para cuando llegue tu hora de saltar al ruedo).

LAS DE REGALO

5 + 2, como si de una promoción de supermercado se tratase: La Quinta Avenida y Central Park. La primera no la vas a surcar por su vertiente más glamurosa (las tiendas caras están bastante más arriba), pero a cambio conocerás su pronunciado desnivel (desfavorable a tus intereses) una vez llegues a la esquina norte de Central Park, tras haber dejado atrás Harlem y El Bronx (el borough con menos presencia en el recorrido junto a Staten Island).

Desde ese punto (casi últimas tres millas) a la entrada del parque tienes dos kilómetros de poco respiro. Aguanta el tipo porque cuando gires a la derecha y accedas a Central Park (a la altura del famoso lago, que no verás porque está un poco elevado respecto a tu posición) te quedarán 3,2 km para llegar a meta. Si los días previos, paseando por allí, no te diste cuenta, lo harás ahora: hay unas cuestas muy serias (y más teniendo en cuenta como llega el organismo a esas latitudes).

La ondulación será la tónica hasta que salgas de lo verde, gires en la calle 59, alcances Columbus Circle y vuelvas a girar a derechas para regresar a Central Park; te separan 800 metros de tu destino. ¿La meta? Pues en subida (¿qué esperabas), pero a estas alturas: ¿A quién demonios le importa?

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