¡Al ladrón, al ladrón!

No llevar dorsal o falsificarlo tiene un nombre: robar
Alberto Hernández -
¡Al ladrón, al ladrón!
¡Al ladrón, al ladrón!

Correr es un deporte muy barato para una economía doméstica media del primer mundo. Equiparse convenientemente (sin estridencias), someterse a una prueba de esfuerzo y contratar los servicios de un entrenador requiere un desembolso económico bastante aceptable. Con eso basta para afrontar con seguridad la caza de endorfinas al aire libre. Los otros elementos indispensables son gratis: calles, parques, carreteras, caminos, montañas… Bueno, los mantenemos con la plata de la inmensa mayoría (los que aún pagamos impuestos), pero ya me entienden. Otra cosa es lo que según el último estudio estadístico de esta revista (abril 2017) hacemos el 93% de los runners españoles: acudir a carreras. Eso, amigos, hay que pagarlo aparte.

No es necesario competir para ser sentirse corredor. Hay una minoría que predica con esa filosofía y les va la mar de bien. No precisan a nadie que les ponga arco de salida, meta, vallas, avituallamiento, megafonía, chip… Un domingo cualquiera amanecen cuando consideran oportuno y se convierten en homologadores de sus propios retos. Entre los objetos que desdeñan se encuentran los dorsales. Es justo, por tanto, que no abonen la factura de lo que no disfrutan.

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Otro cantar es querer beneficiarse de todos esos servicios e irse de rositas, una práctica que, lejos de lo que uno pudiera pensar, sigue en auge en este país tan propenso a coger el trabajo ajeno y encontrarle acomodo en la calidez de su entrepierna. Hay decenas de ejemplos cada fin de semana, aunque en la última edición del EDP Rock ‘n’ Roll Madrid Maratón & ½ sospecho que los amigos de la rapiña decidieron batir algún tipo de récord mundial. No se explica de otra forma el alto número de corredores (me jode llamarles así, que conste) pillados con las zancadas en la masa, sin dorsal en el mejor de los casos, con él fotocopiado en una muestra aún más sublime de su chabacanería. Traducimos el alto número: más de dos mil individuos, llegados a un punto dejamos de contar.

En el primer supuesto, no nos referimos a gente que, fruto del entusiasmo, se incorpora a la carrera ‘rollo puerto del Tour’, cubriendo un centenar de metros mientras a grito pelado le espeta al colega de turno una ristra de piropos superlativos. No. Son hombres y mujeres que consideran un derecho inalienable colarse en un espectáculo para el que carecen de entrada (voluntariamente no han querido adquirirla dentro del plazo y forma previstos) y, por supuesto, cada cinco kilómetros se acercan a la barra a consumir e incluso se cuelgan emocionados la medalla una vez ha concluido su estafa. En el segundo hablamos de maestros de la falsificación dejando constancia de que en el cole eran los putos amos en clase de plástica. Hacen colecta, pagan un dorsal y luego a poner a funcionar su imprenta clandestina.

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Y es que las carreras, dicen unos pocos, deberían ser gratis. Creen que alguien tiene que dejar de ver a su familia o sacrificar el tiempo libre para que ellos se diviertan. No sé qué pensarán de los cepillos de dientes o del papel higiénico, la verdad. Las carreras, les diría, son casi gratis. Cualquiera que sepa un mínimo de matemáticas lo entiende.

Las españolas, en concreto, son de chiste. El primer precio de los 42km de Madrid fue 50€ (45 para federados); buscad por ahí lo que cuestan Nueva York, Tokio o Berlín y procurad no partiros de la risa. Aun así, si algo te parece caro no tienes bula para mangarlo (a mí me pasa mucho con los Ferrari), dejas de comprarlo y listo.

Particularmente, los caraduras me han saturado el ‘cansinómetro’. No aguanto más. La próxima vez que vea alguno, haré como mi abuela cuando un rufián de baja estofa se agenciaba el monedero de una clienta en el mercadillo; tirar de pulmones y dar la voz de alarma: ¡Al ladrón, al ladrón!

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