Aquel verano del 92

¿Qué supusieron los Juegos Olímpicos de Barcelona?
Albert Caballero -
Aquel verano del 92
Aquel verano del 92

El 17 de octubre de 1986, en la sede del COI, de Lausanne, Joan Antoni Samaranch pronunció aquella frase mágica de “a la ville de … Barsalo­na” (con el mejor acento catalán). A partir de ese instante, los engranajes para celebrar unos Juegos Olímpi­cos en España, seis años más tarde, se pusieron en marcha y, con ello, un nuevo rumbo en el destino de la Ciu­dad Condal y del deporte español.

Un cuarto de siglo más tarde es obvio que el impacto y la transfor­mación del mayor acontecimiento deportivo de la historia de España aún sigue latente y que el legado de aquel evento aún perdura. Para em­pezar, Barcelona no sería la ciudad que hoy en día es, receptora cada año de millones de turistas, si aquellos Juegos Olímpicos de 1992 no la hubieran ubicado en el mapa. Los que tienen una cierta edad cuentan que, hasta la década de los 80, según en qué la­res del mundo, era necesario explicar dónde estaba Barcelo­na. Hoy en día es complicado encontrar a alguien que no sepa ubicar Barcelona en el mapa. El encanto de la Sagrada Fami­lia, del Camp Nou o del Parc Güell se abrieron de par en par al mundo entero, siendo Barcelona no sólo uno de los destinos turísticos más importantes del mundo, sino también un lugar de referencia donde las empresas quieren celebrar congresos, e, incluso, establecer su sede.

La segunda aportación que los Juegos Olímpicos dieron a la Ciudad Condal fue una transformación urbanística sin parangón que, de no haber mediado el evento olímpico, se habría acometido mucho más tarde y, posiblemente, no de la misma manera. La ciudad se abrió al mar, la Vila Olímpica se transformó y pasó a ser el lugar más cotizado de la ciudad para vivir. Se construyeron las tres rondas o cinturones de la ciudad y un sinfín de instalaciones deportivas, como el Palau Sant Jordi, el Velòdrom d’ Horta, las piscinas Pi­cornell, el edificio del INEFC, el Canal Olímpic de Castelldefels, etc. Y, sobre todo, se recuperó un Estadi Olímpic que estaba en ruinas.

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El tercer activo de los Juegos Olím­picos fue el descubrimiento del deporte para España. Hasta esa fecha, en nues­tro país la palabra “deporte” significaba fútbol y poco más. No teníamos, hasta ese momento, ni Induraines, ni Nada­les, ni Gasoles, ni Belmontes, ni selec­ciones españolas campeonas del mundo de baloncesto, balonmano o fútbol. El deporte femenino estuvo hasta enton­ces prácticamente en pañales. Los cen­tros de Alto Rendimiento o los Planes ADO permitieron que muchos depor­tistas pudieran dedicar los mejores años de su vida al deporte. Para prepa­rar los Juegos, se contrató a una veinte­na de los mejores entrenadores del pla­neta de distintas especialidades, como el croata Dragan Matutinović, que llevó a la selección española de waterpolo hasta la medalla de plata.

Hasta la cita olímpica de 1992, Espa­ña había ganado un total de 26 meda­llas a lo largo de 17 JJ.OO. Sólo en los de Barcelona, logró 22. El récord de me­dallas en unos mismos Juegos, para los nuestros, era de seis. En Barcelona, esa cifra casi se multiplicó por cuatro.

Al margen de aquel maravilloso vera­no del 92, en la que los españoles nos di­mos cuenta de que ya no éramos aquel equipo que nunca “pasaba de cuartos”, pudimos disfrutar de magníficos rega­los, algunos de ellos inesperados, como la medalla de oro de Fermín Cacho en los 1.500 m, frente al favorito, Nourre­dine Morceli, quien aquel día “naufra­gó” sobre el tartán de “l’Estadi”, o la medalla de plata del decatleta Antonio Peñalver. O el bronce de García Chico en salto con pértiga, en el día más triste de la carrera deportiva de Sergei Bubka. La marcha tampoco faltó a la cita, con la medalla de oro de Dani Plaza en los 20 kilómetros marcha.

Fueron los Juegos de la NBA, de los “amigos para siempre” y, sobre todo, el evento que transformó Barcelona y al deporte español. Que rápido han pasa­do 25 años…

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