Brownies para el runner solitario

Nuestro lector Javier Gil ha estado viviendo y corriendo carreras por EE.UU. durante un año y ha querido compartir con nosotros su experiencia.
Javier Gil -
Brownies para el runner solitario
Javier corrió su primer medio maratón yankee en la ciudad de Berkeley (California) | Cedida

Lo tenía claro. Quería irme una temporada a vivir a Estados Unidos. Lo que no me hacía mucha gracia es marcharme solo. Me pasaba lo mismo que cuando corría. No me gusta correr a solas. Hay gente a la que no le gusta que le abracen, los hay a los que no les gusta que les llames por videoconferencia o a los que no les gusta por nada del mundo que les animen durante una carrera, por muy mal que se vean o muy cerca de la meta que estén. Yo pensaba, en el interior de mi dura cabeza, que correr solo es peor que el fin del mundo. Y la verdad es que no es así. Hay veces que debemos ponernos en situaciones extremas o escaparnos a la otra punta del mundo para darnos cuenta de esto.

Así que allá que me fui yo, a California, a unos 9.583 kilómetros. Necesitaba hacer un parón, coger aire y respirar, y ya de paso, probar unos auténticos brownies norteamericanos y unos gofres con pollo frito. ¡Una y no más, Santo Tomás! Claro, allí no tenía a Juan, mi amigo y mi compañero de entrenamientos y carreras, así que rápidamente busqué un grupo de local runners, habitantes de un pequeño pueblo al este de la majestuosa bahía de San Francisco, por donde yo vivía. Menuda ciudad para correr. ¡Qué os puedo decir! Mis palabras se quedan cortas ante esta urbe, sus cuestas y sus vistas. Daba igual la ruta, cada colina que subía era un descubrimiento, una vista que me dejaba sin habla. Eso sí, las piernas acababan molidas, pero el esfuerzo bien merecía la pena con tal de ponerse a la misma altura que la pasarela del Golden Gate o ver Alcatraz desde lo alto.

Los martes a las siete de la tarde me reunía con mi grupo. Todos puntuales como un clavo. Hacíamos tiradas largas, series o entrenamientos en una pista de atletismo de Las Lomas High School. Dios mío, pensé, dónde me he metido... Y es que mi colega era siempre el que llevaba el control de nuestro ritmo, las distancias, o el recorrido. Me dio la sensación que mi presencia allí resultaría un poco inútil y me puse de inmediato a recordar los ingredientes para hacerles una paella y así integrarme y que me acogieran, pero no hizo falta. ¡Qué alivio, porque en California no hay garrofón! Me recibieron y aceptaron como uno más pese a mi falta de doctrina a la hora de correr.

Javir posa frente al lago del Parque Nacional de Yosemite

Javir posa frente al lago del Parque Nacional de Yosemite
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El caso es que yo pensaba que el objetivo de los entrenamientos era participar todos juntos en alguna carrera, pero me di cuenta de que no era así. Al par de semanas la gente -éramos cerca de unos 30- comenzó a compartir sus experiencias corriendo carreras, pero solos. No me malinterpretéis. No estaba en ningún grupo de autoayuda. El californiano corre solo y lo disfruta. No espera que nadie le acompañe. Que vienes, bien, pero si no, también bien. Vaya, lo normal allá donde vas, pero todo lo contrario a mí. Varias carreras empezaron a pasar por delante de mis ojos. Había carreras cada fin de semana en todo el estado californiano, pero yo, acostumbrado a compartir esos momentos con mi colega, no era capaz de imaginarme por aquellas tierras corriendo sin compañía. Hasta que llegó el día que me detuve, pensé y decidí probarlo. Me apunté a mi primera media maratón yankee, la de la ciudad de Berkeley, una de las más populares de California. Eso sí, con una compañera de trabajo. Me sentía un poco extraño a la hora de participar en una carrera de un país donde nunca antes había corrido. Al final, acabé corriendo más de la mitad del recorrido yo solo ¿Y sabéis qué? La disfruté tanto que después de aquella vinieron otras cuantas en otras ciudades como la media de Huntington Beach, en Los Ángeles, la media del Parque Nacional de Yosemite, y las 10k del día de Acción de Gracias y la de la Boston Athletics Association, en el mismo Boston, en la otra punta del país. ¡Esta última la corrí sin mi reproductor de mp3! La recuerdo y se me ponen los pelos como escarpias.

Disfruté de todas y cada una de ellas, de la gente que animaba, del momento que me colgaban la medalla (por cierto, ¡menudas son! Los norteamericanos lo hacen todo a lo grande, hasta las medallas) y del espectáculo visual que ante mis ojos se presentaba en cada una de ellas. Sumemos a esto el hecho de poder estar allí y disfrutarlo. Tiempo tendría después de cada carrera para compartir mis resultados con mi colega, que se encontraba a miles de kilómetros de distancia. Me sentí en la obligación de demostrarme a mí mismo que el correr se puede disfrutar de varias maneras, ya sea solo o en compañía.

Medalla de "finisher" del medio maratón de Yosemite

Medalla de "finisher" del medio maratón de Yosemite

Este verano, ya de vuelta en España, de donde no planeo moverme en los próximos años, lo primero que hice fue salir a correr con mi amigo. “Echabas de menos salir a correr conmigo, ¿eh?”. ¿Qué queréis que os diga? Yo no soy como el californiano. Los brownies los hacen de muerte, pero a mí me gusta compartir mis carreras tal y como hacía antes. En ocasiones, somos capaces de hacer cosas que nunca antes habíamos imaginado que seríamos capaces y, lo mejor de todo es que acabamos disfrutando de ellas. Venga, invito a una ronda de brownies, que no llevan garrofón y son más fáciles de hacer.

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