¿Competir sin vaciarse es competir?

Soy de los que piensa que, cuando te pones un dorsal, hay que darlo todo
Antonio Alix -
¿Competir sin vaciarse es competir?
¿Competir sin vaciarse es competir?

Gran parte del auge de la participación en carreras populares viene porque muchos de los inscritos no se lo toman como una competición a tope, sino como un evento lúdico, casi una “kedada” con los amigos en la que ni te inscribes ni hay una clasificación. No hay más que ponerse de espectador en una de estas carreras —con nombres de lo más variopinto, algunas incluso supuestamente solidarias con causas de lo más curioso— para comprobarlo.

Con el paso de los participantes no sólo varía la velocidad y la planta (algo lógico, por algo van más atrás), sino también la sensación de sufrimiento y hasta la ropa. Y no solo porque quien no es corredor con mucha dedicación lleve ropa menos específica para correr; cuando hace frío la mayoría de los que no van deprisa van excesivamente abrigados. Cierto que al ir más deprisa entras más rápido en calor, pero también muchos de los de la mitad para atrás tienen sobrepeso, lo cual les sirve de abrigo natural. Es algo que ya he tratado alguna vez en mi página; ese exceso de ropa es para ellos un lastre, un freno. Con menos ropa irían más deprisa con similar esfuerzo.

Desde siempre se ha recurrido a la frase ‘lo importante es participar’ para justificar que no se ha conseguido el objetivo buscado o que, en el caso de un enfrentamiento directo, se ha perdido. Por tanto, para mí, ese modo de participación no significa que no se intente dar el máximo si es contra uno mismo o el cronómetro, o de ganar si se trata de un partido. Pero la participación como fi n primordial se refiere más bien a la no búsqueda del máximo rendimiento.

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En los años 80 las primeras carreras populares que se organizaban en España eran para cuatro gatos que se lo tomaban —nos lo tomábamos — como verdaderas competiciones. Y eran organizadas por clubes o entidades relacionadas con el atletismo de competición. Hace poco tuve un debate en twitter tras una carrera femenina de 3000 m en la pista cubierta de Madrid (la capital tiene por fin desde 2016 un pabellón con pista permanente de 200 m reglamentaria, esa laguna era vergonzosa). Puse una foto de tres atletas en el suelo tras cruzar meta. Dije que ellas eran de mi club, del que cuando nos ponemos un dorsal es para dar el máximo, no para pasear ni ir echando risas... como hacen muchos “raners”. Lo puse con admiración, independientemente de la marca realizada (9 minutos pelados, tiempo destacado para mujeres). Pero aunque ninguna hubiese bajado de los diez minutos, habría escrito lo mismo al verlas llegar así. No fue la calidad de la marca lo que me motivó a tuitear la foto y comentarla, sino la imagen de esfuerzo.

Como estaba cantado, recibí quejas de supuestos ofendidos que pensaban que yo menospreciaba a quienes se toman estas competiciones como eventos sociales y no quieren agonía. Y que sólo admiro a los atletas de elite. Pues no, para nada, lo niego. No menosprecio a quien hace deporte sin fin competitivo; le felicito por hacerlo en su tiempo libre, algo saludable física y mentalmente. Y no admiro al deportista de competición por ser de elite, sino por esforzarse y tratar de sacar partido a sus posibilidades. Es decir, en una competición de 10 km me parece más destacable el que hace 50 minutos dándolo todo, que quien hace 45 pero se ha paseado. Yo suelo decir que quien tras un maratón no está al menos dos días con agujetas —eso de no poder bajar escaleras hacia delante, sino sólo marcha atrás— es que no ha honrado la memoria del soldado Filípides, que murió tras cumplir su misión.

Lo reconozco, soy así de radical —¿algún lector habitual todavía no se había dado cuenta?—, pero no quiero que os sintáis menospreciados quienes no compartís mi filosofía. Es más, casi diría que me dais envidia, pues alguna vez me gustaría poder tomarme de manera lúdica y relajada lo que en teoría son competiciones para darlo todo. Aunque para eso antes tendría que lograr volver a correr, algo que, hoy por hoy, todavía sigo viendo como algo lejano.

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