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Sebastian Coe: “Cambiaría todas mis medallas por ser el mejor pianista de jazz del mundo”.
Miguel Calvo -
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No hay mejor lugar para quedarnos a vivir que alrededor de un quinteto de Miles Davis.

Sobre todo durante estas tardes a medio camino entre el invierno y la primavera en las que los últimos coletazos del frío y las primeras lluvias del calendario invitan a estar en casa mientras que el disco gira y la música invade cada rincón del salón.

Tanto que, arropados por el ritmo que marcan el contrabajo, la batería y el piano, podemos dejarnos ir con los solos de cada instrumento, convencidos de que la música siempre es libertad y swing.

Después de unos años difíciles luchando contra una extraña enfermedad del sistema inmunitario, Sebastian Coe viajó a Estados Unidos con motivo de los Juegos Olímpicos de 1984 por separado del resto del equipo británico y con mucha antelación al inicio de la competición, para poder adaptarse mejor al cambio horario.

Antes de viajar a Los Ángeles para defender su título olímpico de 1.500 metros conseguido en Moscú 1980, Coe se escondió en Chicago. Y allí, en la ciudad del viento, como en las escenas de una vieja película con su propia banda sonora, construyó un refugio perfecto en una de las ciudades más musicales del mundo, apartado de la presión de los medios de comunicación ingleses, lejos de la figura de su padre y perdido entre sus entrenamientos y su pasión por el jazz, mientras encontraba su propia inspiración.

Ya en Los Ángeles consiguió igualar su actuación de Moscú y logró sus segundas medallas olímpicas de plata y oro consecutivas en los 800 y los 1.500 metros, respectivamente. Una gesta de gran calibre como demuestra el hecho de que, desde entonces, nadie más ha vuelto a ser capaz de ganar dos veces los 1.500 metros en los Juegos Olímpicos.

Y convertido en toda una leyenda de la historia del atletismo, el atleta británico continuó acumulando discos como su tesoro más preciado mientras que, una y otra vez, el viejo corredor, símbolo de los mejores años del mediofondo europeo, ha seguido regresando siempre a las noches de Chicago, su viaje preferido, en busca de conciertos y música en directo.

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Como las noches que el escritor japonés Haruki Murakami pasaba en su propio club de jazz en Tokio antes de agotar los días soñando con correr y escribir.

Abebe Bikila descubrió el jazz tras su inolvidable triunfo descalzo entre las antorchas que iluminaban los adoquines de la Vía Appia que conduce al arco de Constantino, entre el Coliseo y la colina del Palatino, durante el maratón olímpico de Roma 1960.

De regreso a Etiopía, Bikila continuó corriendo con los pies desnudos por los caminos africanos mientras los niños se agolpaban para verle entrenar después de cada amanecer. Por las tardes, en la casa del entrenador Onni Niskanen, el mítico corredor descubrió la colección de discos del técnico finlandés y ambos aprovecharon varias noches para escuchar a algunos músicos locales en los clubs de Addis Abeba, donde poco a poco el maratoniano se fue enamorando de esta música.

Como el eco de los garitos de California en los que Bob Beamon comenzó a buscarse a sí mismo tocando el bongó tras ser incapaz de volverse a encontrar después de su infinito salto en Ciudad de México durante los Juegos Olímpicos de 1968.

Todos ellos, tanto Beamon como Bikila, grandes campeones olímpicos, e incluso el mismo Murakami, probablemente hubiesen suscrito la frase del propio Sebastian Coe: “Cambiaría todas mis medallas por ser el mejor pianista de jazz del mundo”.

Sin darse cuenta, en el fondo no estaban muy desencaminados.

Porque en el jazz, igual que en el deporte y en la vida, al final todo consiste en tener la música en la cabeza, en conocer bien la melodía y, llegado el momento exacto, dejarse llevar por las emociones e improvisar.

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