Karlovy Vary, termas y running

Una ciudad balneario que alberga uno de los medios maratones más espectaculares del planeta.
Luis Arribas | Fotografía: RunCzech -
Karlovy Vary, termas y running
Karlovy Vary, termas y running

Hay una escena de la película El Gran Hotel Budapest en la que un ascensorista llamado Zero mira al infinito mientras espera la llegada de la clientela. Al fondo se aprecia a sus superiores en una especie de altar aterciopelado y con casilleros rojos a sus espaldas figurando casi la escena de un retablo. Todavía hoy es posible apreciar esta casi religiosa escenografía en algunos de los viejos balnearios que hicieron famosa a la ciudad de Karlovy Vary (también muy conocida bajo su etiquetado germano, Carlsbad). No en vano la ciudad fue inspiración para ambientar la película donde Ralph Fieness encabeza un reparto delirante.

Pero hoy día los ascensoristas son una amalgama multicultural que ha de dominar algo más que el alemán o el ruso, los idiomas de los visitantes ilustres de esa aristocracia que copaba el Hotel Pupp o las aguas de la columnata del Molino. En cualquier momento pueden acudir cientos de visitantes de países exóticos, billetera en mano y un dorsal para participar en algún evento de ese movimiento global del mundo del running.

Bajo la etiqueta RunCzech se disputan siete carreras que muestran al viajero otro modo de visitar los destinos más famosos del país. La etiqueta de alta calidad que otorga la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) se otorgó a todas sus pruebas como Praga, Olomouc, Budejovice o Karlovy Vary, entre otros. Dado que la combinación de turismo y deporte se muestra imbatible, si se unen destinos con encanto y organizaciones con un nivel de exigencia alto el atractivo está asegurado. Y, a decir verdad, esta ciudad es una auténtica joya por descubrir.

Situada en la confluencia del Teplá, río de aguas termales, y su desembocadura en el Ohre, Karlovy Vary fue fundada hace siete siglos por el emperador Carlos IV y puesta definitivamente en el mapa durante el apogeo del turismo termal del siglo XIX. Adosada a la frontera alemana y distante cien kilómetros del aeropuerto de entrada al país (Aeropuerto Internacional de Praga), esta ciudad de 53.000 habitantes recupera el pulso perdido durante los ineficaces años del turismo perteneciente a la órbita soviética. Pese a la insistencia del deporte como forma de promoción del Estado en la Europa del Este, ha sido la marea corredora contemporánea la que ha logrado sacar brillo a la ciudad. Eso, y el Festival Internacional de Cine.

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Estuvimos en su quinta edición, tras nuestro paso por el maratón de Praga, donde nos enamoramos del resto del circuito. El medio maratón atrajo a casi 3.500 participantes de todo el mundo. Una hora antes se disputaba una carrera familiar con otros 2.500 corredores de todas las edades. Entre todos ellos, un insuficiente porcentaje fuimos de procedencia extranjera pero ya es algo que se percibe en el internacionalizado aire alegre y deportivo que respira la ciudad este fin de semana de mayo. Sólo seis españoles en meta. Con lo que nos gusta viajar a nosotros.

Si optamos por el recorrido clásico, pasar unos días sin prisa es sin duda caballo ganador. Alojarse en el neoclásico lujo de hoteles con resonancia de novela parisina; el Gran Hotel Pupp, el minúsculo Astoria frente a la columnata del río o el Plaza o ese pastel de crema que es el Bristol, sobresaliendo en mitad de una ladera ubérrima. Del mismo modo hay balnearios suficientes donde a uno se le desencaja la mandíbula como el Savoy o el Castle Spa. Completar subido en unas zapatillas la visión general del valle y sus calles y carreteras es fácil: el recorrido de la prueba serpentea por los laterales de ese río que nunca se congela en invierno. El diseño de la carrera insiste bajo la vigilancia de las cúpulas de las iglesias de aire moscovita como la de San Pedro y San Pablo (o las columnatas clásicas de las calles centrales. Se corre por buena parte de sus trece manantiales y sus omnipresentes fuentes donde todo el mundo bebe sorbos de agua usando unas típicas jarritas de porcelana.

Venir, pasear y dejar correr el tiempo entre plato y plato es una opción. Algo majestuoso planea por esas fachadas coloreadas y atrapa al viajero en un ritmo ideado para desconectar del esfuerzo. Pero a escasa distancia de la ciudad balneario hay otra colección de preciosidades. Convendrán conmigo que un corredor no se deja amilanar por las distancias.

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Podemos alojarnos (comprobar) en alguno de los monasterios del oeste de la región de Bohemia. A escasos veinte minutos de coche están Marianské Lazne (Marienbad) y el encantador pueblo fortificado de Loket.

Hubo una docena de corredores concentrados en batir el récord de la prueba, cosa que consiguieron Wilfred Kimitei (KEN) batiendo en meta a otros tres hombres en segundos y mejorando hasta 1:00:54 la plusmarca del lugar. Del mismo modo Yvonne Jelagat (KEN) se impuso al tope anterior dejándolo en unos fabulosos 1:08:19. Contando con que estos atletas superan las cuestas con más aprovechamiento que los demás, debemos decir que no es un recorrido totalmente llano. Cuenta con cuatro o cinco desniveles moderados que castigarán en su justa medida a los más lanzados.

Pero el perfil general del participante es totalmente social. El turismo recreativo hace que uno entre en los primeros 500 clasificados con 1h40. El tiempo límite se extiende a las tres horas y la estadística añade a las frías cifras el hecho de que uno, fundamentalmente, pasea, bebe cerveza, come y se empapa de las muchas cosas placenteras de esta región.

Información práctica (en español)

https://www.runczech.com/es/evento/mattoni-karlovy-vary-half-marathon-2017/index.shtml

Edición 2017; 3.500 finishers; Récords: Masc. 1:00:54, Fem. 1:08:19

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