Nuria Fernández sigue en la brecha a los cuarenta

Repasamos la trayectoria vital de una de las mejores mediofondistas de nuestra historia
Alberto Hernández | Fotografías: Jaime de Diego -
Nuria Fernández sigue en la brecha a los cuarenta
Superviviente

Hace tiempo que esta mujer no corre con las piernas. Decenas de competiciones en las que obvia su inabarcable longitud. Gemelos de coraje macizo, cuádriceps anudados por el abuso de kilómetros, tobillos capaces de enamorarse del tartán y olvidarlo en la misma fracción de segundo. Un enjambre de venas en el que, si observas con detenimiento, a la altura de la rodillas o apenas iniciada la tibia izquierda, no es complicado encontrar varios puñados de medallas, algún cronómetro destrozado y demasiadas noches sin dormir. Tal vez por eso abandonó la costumbre de avanzar sobre sus dos mejores armas y, como los cachorros de la genialidad, decidiese ejercer su oficio desdeñando el dictado de la técnica. Porque es demasiado evidente; hace tiempo que Nuria Fernández corre con las tripas.

 

Ahora los disparos de salida son una excusa para desencadenar la bestia. No hay rencores ni dramatismos, se percibe incluso la serena felicidad que otorga la calma tras la tormenta, pero en cada apoyo desparrama su orgullo de atleta. Un ejercicio de reivindicación. Ante la aplastante verdad del calendario, que le espera en agosto con las cuarenta cantadas. Ante su primera hija. Ante la segunda. Ante la tercera. Candela, Valentina, María, razones para entrar a cuchillo en cada curva. Ante los ojos inquisidores de quienes un día le sometieron a juicio en plaza pública. Ante el extenso catálogo de intentos de humillación que, ya hundida, pretendía anclarla un poco más en la oscuridad. Ante una guardia pretoriana que jamás dejó de creer e hizo suyo el último viaje hacia el sueño olímpico.

Hoy, sin embargo, apenas puede caminar. Es lunes. 6 de junio. El sol juega a calcinar la piel y su tendón emite la factura de la enésima batalla con dorsal, tres días antes, en Huelva, donde se quedó a 17 centésimas de la marca mínima para el 5.000 de los Juegos de Río. Fue una decepción amortiguada. Primero porque se trata de una activista radical del 1.500; todo lo que rodea a esa distancia, coto privado del talento y la elegancia, no es más que un mero trámite. Cosas de entrenadores, planificaciones, puro papeleo. Segundo, porque los dos kilómetros finales en el Estadio Iberoamericano resultaron un prodigio de inspiración, a tres pelados cada uno, la certeza de que la plenitud de forma acechaba al doblar la esquina (MMP, 15:24.17).

La adversidad clarifica la naturaleza de nuestro envite fotográfico. Solo posados. El simple hecho de calzarse los clavos produce dolor y, por más que ofrezca toda su disposición al servicio de la causa, resulta imposible obtener una imagen en movimiento. La sonrisa, pese a la preocupación, no se esfuma. Aguanta con estoicismo cada retrato, sin quejas,   ajena al reloj, que solo mirará a eso de las dos, cuando se ausente para ponerse en manos del fisio. Después regresará a la pista azul del Polideportivo Dehesa de Navalcarbón a seguir posando, responder preguntas, aguantar las molestias y deshidratarse según transcurre la jornada (en el sentido literal; tenía previsto intentar un ligero trote al caer la tarde y la borrachera de calor obligó a cancelarlo). Seis horas sin noticias de una mísera sombra. La profesionalidad de un deportista se mide en términos que exceden la grandeza de su palmarés.

Ya es mañana. Martes. 7 de junio. Después de todo, puede que existan los milagros. El pie ha amanecido menos maltrecho y como recompensa su propietaria le regala doce repeticiones de quinientos metros a un minuto y veinticuatro segundos cada una. Un ritmo semejante al que exigen para alistarse en el 'milqui' del año. 4:07 antes del 11 de julio y estás en Brasil. De ahí la ausencia de tregua. La vida de una mediofondista de alta gama es una renuncia constante a los agasajos de la comodidad. Llevar el organismo al límite y, cuando esté a un suspiro del quebranto, apurar más, cruzando los dedos para que no se desmorone.

Al mediodía Álvaro Jiménez -mánager, liebre, hermano- recibe una llamada. Bislett Games, Oslo, probablemente el meeting más emblemático del mundo. Cuentan con Nuria para la Dream Mile. Se tomará el tiempo del 1.500. Pasado mañana, poco margen para descartar daños colaterales. La decisión es de todo menos sencilla. Su idea original era aguadar a la Bauhaus Galan de Estocolmo, una semana más tarde. Pero de allí no llegan noticias. Así que reservan dos billetes de avión.

Miércoles. 8 de junio. Noruega. Antes de comer realiza un leve rodaje. Veinte minutos. Aprieta, pero no ahoga.  Una sesión de fisioterapia y piernas en alto. Mientras se ejercitaba volvió a sonar el móvil de Jiménez. "Daban el OK en Estocolmo. Visto como fueron las cosas este suceso resulta fundamental. De haber confirmado antes no hubiésemos viajado a Oslo", confiesa apesadumbrado, él, habitual estampa del positivismo, refiriéndose a la cruel precipitación de acontecimientos.

Jueves. 9 de junio. La prueba. En el calentamiento matutino el pie aúlla con algo menos de intensidad. Vuelve a tratárselo. Necesita que aguante cuatro minutos y pico; una absurdez en la agenda de cualquier ciudadano, una eternidad si llevas el pan a la mesa a base de girar sobre un óvalo de cuatrocientos metros.

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p class="hdhdg10-5LeadingAll">Cuando el día comienza a dejar de ser día en el Bislett Stadion Nuria es convocada a cámara de llamadas. El dolor también. Las dudas, el miedo, tampoco desean perderse la fiesta. Respira profundamente, golpea sus muslos, activa su instinto. Y decide competir. Lanzar la moneda al aire sabiendo que las posibilidades de que salga cruz son apabullantes. A veces el atletismo resulta una pasión demasiado salvaje.

La prudencia es el refugio de los que tienen horizontes pequeños. Una madre de tres criaturas que quiere bordar su trayectoria con igual número de Juegos Olímpicos sabe que tomar riesgos es parte del ritual, como ponerse las mallas o atarse los cordones. Salió cruz.

1.609 metros. Se suponía una competición, no un acto de fe. Apeló a la inteligencia, ocupó una de las últimas plazas del grupo y trató de dejarse llevar en la masacre perpetrada por la keniata Faith Kipyegon. La carrera más rápida en lo que llevábamos de temporada, 4:18.60. En circunstancias normales hubiese bastado un gramo de inercia para cerrar el objetivo. Pero la normalidad ni estaba, ni se la esperaba. La primera vuelta un infierno. Luego ya vino lo peor. Durante el último ocho no pudo impulsar, su prodigioso rebote se disfrazó de lamento en el desierto. Estaba coja.

Cruzó la meta, flexionó las rodillas, agachó la espalda y alargó los brazos hasta tocar piso. Dejó que el aire aliviase paulatinamente sus pulmones. Y supo que tenía el tendón destrozado. Seguro que a nivel laboral no consuelan los 4:33:88, lógico cuando hablamos de la jefa española de la disciplina (4:21.13). Tampoco rebasar los 1.500m en 4:13:09, segunda mejor marca nacional del curso. A nivel humano es otra historia. La del asombro de quienes conocían su lesión y eran incapaces de entender que la ecuación no concluyese en retirada. La del respeto de los eruditos en ritmos portentosos mirando al cielo, porque saben que una merma tan escandalosa es incompatible con el desempeño de la velocidad. La de una chica de Torrejón de Ardoz a la que, una vez más, el destino obligaba a sobrevivir.

La resonancia amplificó las malas noticias. Rotura parcial del tendón, longitudinal, transversal, fascitis... Si fuese pintora sería un cuadro de su época gris. Le condenaron a 10 días de pasividad pero sonó a cadena perpetua. Recordemos, 11 de julio. La puerta de Rio de Janerio se cierra con puntualidad.

Ella lo analizaba con ese verbo eléctrico y directo que es la envidia de los que nos gusta jugar con las palabras. Esa capacidad innata para que todo el mundo entienda lo que quieres decir. La precisión como bandera. Una vez le escuché a un escritor que la mejor forma de expresar que hay una casa al lado del árbol es poner en el papel "hay una casa al lado del árbol". Nuria podría haber sido novelista.

"Nada más llegar a meta entré en shock, sabía que no era una cosita suave. Luego, al ver el resultado de la resonancia, me vine un poco abajo. Aunque no soy médico dije: esto suena jodido. Entré en un estado emocional raro, pero poco a poco lo vas reposando. Siempre piensas que estas cosas no te van a pasar a ti. Pero ahora estoy resignada, solo queda ir hacia arriba, y por lo menos ya no tengo el tendón izquierdo como un chorizo".

Con el transcurrir de lunas, por encontrar, ha encontrado hasta esperanza. Tras diez jornadas en blanco se sumergió en la piscina para tratar de paliar el deterioro aeróbico, aferrándose a una posible repesca en los 5.000m. Lo que hace un mes hubiese sido un premio de consolación hoy sería un triunfo de dimensiones colosales. La vida tiene estas cosas, por eso cada rendición es una pequeña muerte. Y esta chica tiene un máster en resucitar:

"Veo que se abre una ventana.  No todas van a hacer la mínima y ahora mismo soy la primera en la lista de espera. Si no pierdo cardio y me recupero a tiempo tendré mi oportunidad. En el 1.500 hay que ser realistas, es imposible. Pero en el cinco... Lo que está claro es que si voy será con garantías, quiero competir con dignidad y no acabar en el quirófano. También hay que pensar en no lograrlo. El otro día se lo decía a mi marido, Aser, una de las piezas claves de mi vida, el que me ha dado muchas de las herramientas para llegar a donde he llegado: no todo el mundo lo consigue. Creo que es importante contar las cosas cuando salen mal, no solo cuando triunfas. Puede ser de gran ayuda para la gente".

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p class="allbodymercury9justifiedindent10-5LeadingAll">Afrontar el fracaso a la antigua usanza, asumir la derrota en una época de sobreexposición donde las frases motivacionales te asaltan igual en los anuncios de poderosas marcas deportivas que en la cola del supermercado. Ponerse firme cuando todos a tu alrededor son Paulo Coelho. No se trata de flagelarse, si no de reflexionar de manera adulta: "Te juro que estaba para hacer las dos mínimas. La única responsable de lo que ha pasado soy yo. No escuché al cuerpo en un periodo de locura, con un desgaste orgánico brutal, un acelere... No lo he sabido hacer y he caído como Akiles, pero en el tendón. Si hubiese descansado una semana... Convivir con el dolor es una impotencia, ¿cómo me permití llegar hasta ahí? Ni los médicos se creían que pudiese haber aguantado. Creo que siempre hay que ser generoso, pero en ciertos momentos debes pensar solo en ti. El día antes de viajar a Oslo mi única preocupación era con quién iba a dejar a las niñas, fíjate, como si fuesen a estar mal atendidas. A dos meses de los Juegos Olímpicos no puedes estar con mil cosas en la cabeza. Siempre se aprende, pero aprender así es muy duro. Aunque claro, a toro pasado todos somos Manolete".

El instinto de madre sobre el instinto asesino, el de competidora voraz, el que provoca que no cunda el dramatismo al sacar un codo para ganar posiciones en medio del grupo. Su punto fuerte convertido en débil. Y viceversa. Porque cuando el plumilla se dispone a trabajar y timbra a la residencia de Nuria Fernández a las 8:00 se encuentra una estampa dulcemente opuesta a la de una millera de elite. "Te mato, me has despertado a la pequeña", bromea con ella en brazos mientras la nena hace esfuerzos sobrehumanos tratando de separar del todo sus diminutos párpados. A partir de ahí se sucede una vorágine de negociaciones, desayunos, baños, coletas... No se imagina uno a Hicham El Guerrouj metido en estos berenjenales.

A pesar de tanta turbulencia, el aprendizaje al que apelaba un párrafo más arriba debió resultarle cuanto menos sorprendente; una veterana, por bagaje y reglamento, descubriendo que hay resquicios de la profesión en los que todavía posee margen de mejora. Ya era campeona de España absoluta de 800m en 1996 (su  último título hasta la fecha llegó este invierno en los 3.000m, echen cuentas), una precocidad que se intuía desde mucho antes: "En el cole me di cuenta de que se me daba bien correr, aunque hacía de todo. Lo mismo te saltaba longitud que altura. También marchaba... Me encantaban las diferentes disciplinas del atletismo, disfrutaba muchísimo. Y encima era buena en todo. Bueno, en casi todo, en marcha así un poquillo... me descalificaban, todavía me acuerdo. Pero cuando eres joven y descubres tu talento -que no es fácil- es una sensación increíble. Me emocionaba que la gente se fijase en mí, que reconociese esa destreza. No era una gran estudiante y destacar en algo suponía un subidón de autoestima. Quién iba a decirme cuando comencé, a los 13 años, que a punto de cumplir 40 seguiría aquí. Porque yo nunca pensé que me iba a ganar la vida con esto, para mí era algo que simplemente me hacía sentir diferente a los demás. A pesar de que pronto fui detectada por entrenadores y a ir a campeonatos cada vez de más nivel, no pensaba en el futuro. Era aquí y ahora. O sea, muy loca. No quería otra cosa que no fuese divertirme y estar con mis compañeros, que me dijesen: jolín Nuria, cómo corres, que piernas más largas. Por aquel entonces me llamaban patas largas... No sé... Yo era una flipadora del deporte".

Sin tradición familiar alguna, emprender el viaje desde el patio del Colegio Público 6 de Diciembre al Equipo Nacional. Convertirse en testigo presencial de la mejor generación de atletas que jamás haya dado este país. Casi nada: "Fui internacional por primera vez en 1998, en el Europeo de Budapest. Miraba a los grandes y veía que eran como somos la gente del atletismo, gente muy humilde, de cultura del esfuerzo. Es como en el ciclismo o la natación, deportes sufridos, de personas muy campechanas. Eran muy de ayudar, recuerdo que me daban muchos consejos. Martín Fiz, Abel Antón, Fermín Cacho... Venga chiquilla, que tú vales. Al principio, saliera lo que saliera estabas contenta. Luego vino la  tensión, los nervios, el estrés, ser consciente de lo que te estabas jugando. Tenías que saber gestionarlo. Y eso tardas".

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p class="allbodymercury9justifiedindent10-5LeadingAll">Los objetivos, vertiginosamente mutaron de tamaño. Enfundarse la remera rojigualda dejó de ser un triunfo en sí mismo. Sus capacidades obligaban a escribir la lista de deseos por las dos caras, aunque el pulso temblase muy a menudo: "Mi ilusión siempre era entrar en la final. Pero luego, claro, veías a las rusas, americanas, keniatas... Y decías, joder, en un Mundial, si entras a la final... Uf, es la leche. Recuerdo que mi primera final fue en Edmonton 2001 y terminé la tercera carrera desguazada, de decir: madre mía, no puedo dar ni un paso más. Eso para mí era un éxito increíble... y quedé la doce. Impensable coger una medalla, no estaba en mi mente. Lo veía imposible. Tenía muchos monstruos en la cabeza, me frenaba mucho. ¿Cómo voy a estar yo ahí? Siempre he tenido mucha limitación en la cabeza. No pensaba que pudiese ser como las demás. En eso siempre he tenido la autoestima un poquillo...".

Su hoja de servicios en 2007 no estaba mal, al contrario, lucía bastante saneada. Siete títulos nacionales, récord de España de 1.000m en pista cubierta (2:42.31) y presencias en dos Juegos Olímpicos (Sidney y Atenas), siete Mundiales y cinco Europeos. Había corrido los 800m en 2:01.33 (2001) y los 1.500m en 4:03.37 (2006). Sin embargo, prefirió escuchar los dictámenes de sus entrañas antes que la tentación de pulir todavía más las vitrinas (lo que acabó sucediendo de manera colateral y, siendo sinceros, imprevista): "Fue radical. Llevaba 12 años entrenando con Antonio Postigo y estaba muy desgastada de Madrid. Decidí irme a Soria con Enrique Pascual, que ha entrenado a los mejores; Fermín Cacho, Abel Antón, Tomás de Teresa... a un montón de referencias españolas. No me fue nada bien, pero me llamó el instinto maternal. Allí me obsesioné mucho. Tengo que entrenar, tengo que entrenar... No supe ver a los compañeros, no disfrutaba. Y cuando no disfrutas no salen las cosas. Allí todo me lo comía yo. Fue una experiencia mala, pero a la vez buena. ¿De qué aprendes? De estas cosas, ¿no? De lo malo que te ocurre. Venía desgastada de Madrid y me desgasté totalmente en Soria. Pero fui madre y me cambió todo".

Candela le enseñó a conjugar la primera persona del plural, cincelando una nueva Nuria Fernández en la que el ego quedaba desterrado a las lejanas estepas de su personalidad: "Lo que más me cambió fue el carácter. Era una persona muy alocada y egoísta, solo miraba por mí. No tenía nada de empatía. Si a ti te pasaba algo pues, ay, pobre... Pero yo estoy bien. Los deportes individuales son así. A ver, hay gente más buenina pero... no sé, era una persona a veces desagradable. No tenía feeling con las compañeras, siempre andaba con historias. Tampoco voy echarme toda la culpa, las mujeres tenemos un carácter fuerte, somos muy competitivas y muchas veces no sabemos separar la competición de estar tomando una cerveza o una Coca Cola. En fin, era cierto que tenía que cambiar. Y creo que cambié brutalmente. A mejor, todo lo que he cambiado a sido a mejor. Al ser madre vi las cosas de otra manera. Empecé a compartir, a darme cuenta de que necesitaba gente a mi lado, formar un equipo, ayudar a los demás. Descubrí que ayudando a los demás era más feliz. Ver una sonrisa de un compañero te llena de una energía tan positiva... Eso creo que es el valor más importante del deporte. Y ahora sigo...". Le cuesta acabar la frase, las lágrimas acuden en su búsqueda y la voz cimbrea convirtiendo la declaración en un susurro con más potencia que el más estruendoso de los chillidos: "... aquí gracias a los compañeros que tengo".

Esos ángeles de la guarda disfrutaron de su reconversión personal al tiempo que alucinaban con una mutación deportiva de tamaño desproporcionado. Ya no era una gran atleta. Era una campeona. Manuel Pascua Piqueras, el sabio del sombrero, un anhelo al cronómetro pegado, le inculcó el placer de excelencia. Al primer alumbramiento sucedieron cinco años en los que se concentran las más valiosas muescas de sus zapatillas. 2008; se queda a un palmo de la mínima olímpica, pero logra mejor marca personal en 800m (2:00.35) y el récord de España de la milla. 2009; récord nacional de 1.500m en pista cubierta (4:01.77) y cuarta en el Mundial de Berlín. 2010; la cima. Su gran momento. Barcelona. La foto para enmarcar. Campeona de Europa de la distancia que ama con el mejor registro de su vida, 4:00.20. De propina, ese verano revienta su tope en los 3.000m dejándolo en 8:38.05. 2011; subcampeona continental bajo techo. 2012; lo mismo pero al aire libre (y terceros Juegos Olímpicos). Decora el lustro con una asombrosa exhibición de polivalencia, cinco títulos nacionales en otras tantas pruebas; 3.000m (2009), 800m, cross, milla en ruta (2011) y 5.000m (2012).

No serán los últimos. Su segunda maternidad aconteció en 2013; a finales de año triunfó en el campo a través y en 2014 lo hizo en 3.000m y 1.500m, además de ser quinta en los 5.000m del Campeonato de Europa. La tercera, en 2015; el 31 de diciembre batió su marca de 10K en la San Silvestre Vallecana (33:45) y en marzo de 2016 obtenía el entorchado indoor de los 3.000m en el Centro Deportivo Municipal Gallur, Carabanchel, Madrid, ante una grada perpleja de admiración y una rival, la futurible Celia Antón, que podría ser su hija. Pero no lo era, porque la suya, Candela, el detonante de la gran explosión, estaba a pie de pista, junto a su padre y el resto del equipo, orgullosa de una mamá que siempre gana a las carreras.

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p class="allbodymercury9justifiedindent10-5LeadingAll">Todos los cuentos de hadas, en algún recoveco de la trama, parecen precipitarse al vacío. En nuestro castizo universo sería como ese manido cartel de taberna: "Hoy es un gran día. Ya verás cómo entra alguien y lo jode". Sucedió en otoño de 2010, cuando todavía teníamos en la pupila la imagen de Nuria brincando desaforadamente sobre el podio de Montjuic ("mi mayor triunfo, a los 33 años, fíjate el valor que tiene esa medalla, todo lo que tuve que fracasar para conquistarla"). Los papeles la colocaban en el lado oscuro del deporte, manoseaban su nombre una y otra vez, adosándolo a uno de los pasajes más escabrosos de la historia de nuestro deporte.

Un melodrama de guardias civiles, rumores, escuchas telefónicas, bolsas, transfusiones, detenidos... e incluso un muerto. La Operación Galgo, además del verso más amargo de su trayectoria, fue una bomba de relojería que hizo añicos la convivencia del atletismo español. Se hacía complicado respirar en aquel ambiente bipolar, enrarecido. Una mediática batalla campal plagada de supuestos (buenos y malos, nobles y tramposos, acusadores y acusados) de la que aún hoy quedan heridas abiertas. Muchas manos sin estrechar. Mucho gesto torcido. Mucho más rencor que EPO en la sangre. No es agradable recordar: "Estuve sola. Muy sola. Fueron momentos muy duros. Vi a compañeros que, sabiendo lo que es el deporte de duro, sufriendo juntos durante años, ni me preguntaron cómo estaba. Desde el cariño, desde el punto de vista de pensar: esta chica no sé lo que ha hecho, pero es persona. No fue así. Fue muy bestia, algo inaguantable. La mayoría de mi grupo de entrenamiento se fue y me quedé sola en la Blume, pero dije: yo no me voy a mover de aquí. Vi mis fotos pegadas en el módulo, cosas desagradables, insultos... a mis propios compañeros haciendo de jueces, sin saber. Tenía una angustia tremenda, como un puñal. No me esperaba esas reacciones. Me sorprendí a mí misma, ¿cómo pude seguir de aquella manera? No decía nada, solo contestaba corriendo. Aunque era para tirar la toalla".

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p class="allbodymercury9justifiedindent10-5LeadingAll">No la arrojó. Supo aguardar en su rincón del cuadrilatero la retirada de la Inquisición y cuando se reanudó el combate continuó golpeando hasta teñir de rojo los nudillos. No sabe hacerlo de otra manera. Caer y levantarse. Una vez. Y otra. Las que sean necesarias. Nadie dijo que fuese sencillo sobrevivir.

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p class="allbodymercury9justifiedindent10-5LeadingAll">Artículo publicado originalmente en la edicón número 173 de Runner´s World (julio 2016). Director de arte: Juan Manuel Sánchez Linares. Editor Gráfico y dirección audiovisual: Rodrigo Moro Merino. Ayudante de fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero.

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