Los tres mitos

¿Entendemos de verdad a los organizadores de carreras?
Carlos García Prieto -
Los tres mitos
Los tres mitos

En esta página os quiero hablar del precio de las carreras y de los beneficios de las organizaciones. Hay varios mitos que me encantaría analizar. El primer mito sería que “es malo ganar dinero organizando carreras”. Últimamente estoy asistiendo a una situación que, cuanto menos, me sorprende: la demonización de las organizaciones de carreras. Parece ser que ganar dinero trabajando como abogado o arquitecto está bien, pero obtener una remuneración por organizar carreras es indignante, mucho peor que ir a Gran Hermano Vip o a Andorra con bolsas de basura llenas de pasta.

Cada vez hay más carreras de trail organizadas por todo tipo de entidades. Pero también existen los profesionales, personas que adoptan la profesión de organizar carreras, para lo cual crean una sociedad. Los motivos que un club, ayuntamiento o entidad privada puedan tener para organizar una carrera son variados: crear actividades para sus miembros, promocionar una zona geográfica o un producto, o por simple diversión. La razón fundamental que una organización profesional tiene para crear y montar una carrera es, como es lógico, el lucro, igual que un taller o un bar, lo cual no tiene nada de malo. ¿O es que no pagamos al mecánico que nos arregla el coche?

Naturalmente, cabe discutir la calidad del producto final, pero eso ocurre con cualquier otra profesión. ¿Qué pasa si el médico nos da un tratamiento equivocado o el arquitecto crea un proyecto con incoherencias? Lo mismo debemos exigir de un organizador, que anuncie correctamente el producto que vende y que nos encontremos al final de nuestra experiencia con lo que nos habían anunciado.

Segundo mito: “Todos los organizadores se forran”. Abordemos el tema de las supuestas grandes cantidades que ganan algunos organizando carreras. Soy perfectamente consciente de que poquísimos organizadores se harán ricos con esto, si es que alguno lo consigue.

El trabajo de organizar carreras es de mucha responsabilidad y de poca ganancia, muy vocacional. Pero el gran público recurre a la famosa “cuenta de la vieja”: He pagado X por el dorsal, multiplicado por los que somos… ¡Uyyy, lo que ganan estos!

Pequeños detalles como los seguros, las camisetas, los avituallamientos, el personal, la logística, la atención médica, los permisos, los vehículos, etc, pasan desapercibidos y no se consideran en absoluto. Es lo que tiene la cuenta de la anciana señora: se hace a huevo.

Lo cierto es que los márgenes son mínimos y si se da un servicio bueno, es normal perder dinero hasta que la carrera no se consolide con un número mínimo de corredores, algo difícil de lograr, dada la constante aparición de nuevas pruebas.

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El trabajo de organización es completamente vocacional; los deportistas que desean compartir su pasión e intentan vivir de ella suelen ser personajes que se adentran en el farragoso mundo de la organización de carreras de trail y luchan contra problemas de todo tipo para poder ofrecer un evento brillante. Aparentemente es muy sencillo, pero te encuentras con permisos que no llegan, patrocinadores que no contestan, inscritos que no se inscriben, voluntarios que no hay y, además, cuentas que no salen.

Esto no quiere decir que todos se mueran de hambre, ya que si fuera así no habría carreras con éxito y múltiples ediciones. Pero si miramos la historia, todas las carreras han tenido ediciones más o menos dramáticas en cuanto a presupuesto.

El éxito de cada prueba es un misterio. Hay carreras exitosas desde la primera edición, mientras que hay otras que, con todas las cartas ganadoras, no despegan en la vida o, directamente, no celebran la segunda edición.

El tercer mito es que “las carreras son demasiado caras”. ¿Por qué unas parecen caras y otras no? Creo que no se puede juzgar nada sin antes enterarse de lo que realmente se ofrece a cambio. Y una carrera no es diferente. ¿Qué lleva a algunos a criticar el precio de una carrera sin haberla corrido? Pienso que el desconocimiento, la ignorancia o la envidia.

Una carrera no es solo el contenido de la bolsa, también una experiencia que hay que vivir con ganas. Sólo después se puede juzgar si el precio que hemos pagado es justo. La experiencia puede verse afectada por el tiempo, la amabilidad de los voluntarios, la organización o el trazado elegido.

A mí me gusta compararlo con la Guía Michelín de restaurantes, donde se juzga y puntúa el acceso, el aparcamiento, el guardarropa, el servicio, los aseos y, desde luego, la comida. Comer en un restaurante con tres estrellas Michelín suele ser una experiencia brutal mucho antes de sentarnos y meternos algo en la boca. Con las carreras pasa exactamente lo mismo.

Quien se atreva a juzgar el precio de una prueba antes de correrla, es cuanto menos un inconsciente y, a priori, falta al respeto a una organización que, seguro, ha ajustado el precio para que sea lo suficientemente bajo para ser atractivo y lo suficientemente alto como para no perder mucho dinero.

Los precios no son aleatorios. Nadie organiza una carrera para que no vaya nadie, por lo que es lógico suponer que todo organizador con sentido común ha puesto el precio justo y equilibrado. Dejemos de seguir al que va delante y pensemos por nosotros mismos. Así no se perderían tantos...

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