Perder (poco) para ganar (mucho)

Los atletas debemos secundar los cambios que mejoren la vistosidad de nuestro deporte.
Álvaro Rodríguez -
Perder (poco) para ganar (mucho)
Una de las cuentas pendientes del atletismo es volver a llenar los estadios | iStock

NO ES NINGÚN SECRETO que el atletismo de élite, el destinado al consumo en los hogares y en las gradas de los estadios por parte de los aficionados, adolece en gran medida de esos ingredientes de los que sí han sabido valerse otros deportes y espectáculos para llevar sus propuestas a otro nivel.

El atletismo, un deporte cuya parte de su atractivo radica en su simplicidad y su carácter histórico, ha convertido tradición en inmovilismo y ha quedado de sobra comprobado su incapacidad para adaptarse ni a los tiempos ni a los modos de consumo de las ofertas de ocio demandadas por las audiencias del siglo XXI. Hasta aquí nada nuevo.

No digo que la batalla por cambiar o modelar la cultura deportiva de la población esté del todo perdida y que no haya que ahondar en la medida de lo posible en impulsar ese cambio, pero me temo que un esfuerzo individual en ese sentido, no secundado por otros ámbitos como son principalmente los medios de comunicación, acaba siendo infructuoso y desesperante. Nadie va a salvarle el culo a un deporte que en otra época gozaba de una reputación y un tirón casi marginales hoy en día, y que se ha visto adelantado por izquierda y derecha por sus competidores en una sociedad naturalmente cambiante.

Es por ello que con las recientes renovaciones en las federaciones nacional e internacional -que oportunamente han coincidido prácticamente en el tiempo, lo que, en beneficio de nuestros intereses, ha facilitado su retroalimentación- se observan cambios y propuestas para intentar reconducir la situación de nuestro deporte de manera más o menos acertada,pero en cualquier caso con una voluntad, ahora sí, incuestionable. Mejor tarde que nunca.

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Ahora bien, esta forma de concebir el atletismo como el espectáculo que nunca debió dejar de ser no tiene que estar reñida con la esencia y la idiosincrasia que le han caracterizado a lo largo de las décadas, aunque sí puede suponer ciertos sacrificios asumibles. Y los atletas deben (debemos) entender estas circunstancias, cambiar el ‘chip’ y ser partícipes de ello.

Cualquier cambio que afecte al formato de las diferentes competiciones o incluso modificaciones orgánicas que se realicen sobre el propio atletismo como deporte deberían contar con el beneplácito de sus principales protagonistas, pero estos, a su vez, entender las necesidades de adaptación que no han existido en el pasado y que han creado en cierto modo una mentalidad algo anquilosada, pues es a lo que nos hemos acostumbrado. Somos herederos del estatismo que durante generaciones se ha dado en todos sus estamentos.

Y estas necesarias adaptaciones implican realizar inevitables concesiones. Entender que el atleta no deja de ser un producto de entretenimiento dirigido a un público, un rol pocas veces entendido y menos asumido, sin que esto signifique dejar de ser el protagonista en torno al cual gire el espectáculo.

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UN ASUNTO COMPLEJO

El atletismo es un deporte tan multidisciplinar (posiblemente el que más) que aplicar todas las medidas deseables en el sentido de mejorar su formato, y hacerlo de forma paritaria entre todas las disciplinas que lo conforman, se antoja, cuanto menos, complicado. Poco tiene que ver la dinámica de un concurso de saltos verticales, con uno de saltos horizontales o con uno de lanzamientos. Y ni que decir tiene con respecto a las carreras, e incluso estas entre sí.

En los últimos años se han realizado algunos pequeños cambios que han resultado exitosos y han sido asumidos con aparente normalidad, como por ejemplo la reducción de las salidas en falso en las carreras de velocidad; antiguamente se permitían tres fallos por participante, con posterioridad se redujo a uno, luego la oportunidad de uno en conjunto, para finalmente, en la actualidad, descalificar al primer atleta que cometa salida falsa. Esta modificación del reglamento ha podido provocar que los velocistas sean ahora más conservadores en su puesta en acción, no dispuestos a arriesgarse en exceso aún en un aspecto tan relevante de su especialidad, viendo sensiblemente afectadas sus prestaciones; pero nadie discute la necesidad de esta implementación dado que era insufrible para el espectador presenciar la concatenación de salidas nulas que se producían con frecuencia en las diferentes competiciones.

También se han dado pasos en falso, inventos que no han causado ningún furor ni logrado siquiera el fin pretendido. A mi memoria viene el Campeonato de Europa de Selecciones (ese en el que participa un representante de cada uno de los ocho mejores países del continente), en el que en cierta edición alguien tuvo la idea de establecer para las carreras de fondo (3.000 m, 5.000 m y 3.000 m obstáculos) un sistema de eliminación del último atleta en cada vuelta para romper con la monotonía de estas pruebas, lo que únicamente ocasionó caos y en ningún caso la vistosidad deseada. No tuvo buena acogida ni por parte de atletas ni aficionados.

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Otros cambios están aún pendientes de su completa instauración, análisis y aceptación; y otros tantos todavía por llegar. La reducción de los intentos en concursos (ya es habitual ver sólo cuatro atletas en la mejora en lugar de los ocho tradicionales), el reparto de los nulos en los saltos verticales o la reducción de rondas previas en los grandes campeonatos (principalmente en pista cubierta) que consigan programas de competición más cortos. Es bueno comparar con el formato de otros deportes cuyas sesiones oscilan entre la hora y media y las dos horas de competición, mientras que en atletismo se dan con frecuencia jornadas maratonianas que, en función del tipo de competición que se trate, pueden dilatar la experiencia del espectador en exceso.

También hay que saber adaptarse a la convivencia en el estadio entre las diferentes pruebas que normalmente se van desarrollando de forma casi simultánea. Mucho que mejorar aún en este aspecto por parte de los organizadores de cara a evitar tiempos muertos, de ofrecer a cada disciplina su justa dosis de protagonismo e incluso de atraer intencionadamente la atención del aficionado a aquellos focos que por sus circunstancias cobren un especial interés, pudiendo además valerse de los diferentes recursos audiovisuales existentes a día de hoy a tales efectos (y de factible aplicación).

Se trata, en definitiva, de saber transmitir mejor, y no solo en el sentido televisivo de la palabra. Los atletas únicamente debemos responder con una adecuada dosis de tolerancia y buena predisposición ante todo aquello que, aunque suponga ceder una pequeña parte de nuestra comodidad o concentración, derive en nuestro propio beneficio indirecto. Si es bueno para el atletismo, es bueno para todos los que formamos parte de él.

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