Un Cacho de historia

A don Fermín habría que homenajearle todos los días
Alberto Hernández -
Un Cacho de historia
Un Cacho de historia

El penúltimo domingo de agosto, sentados en el comedor del Hostal Doña Juana de Ágreda, José Ángel de la Casa relata cómo el día 8 del mismo mes, allá por 1992, coincidían en el programa de los Juegos Olímpicos dos finales con presencia española. Una era la de fútbol, otra la de los 1.500 m. Los del equipo de Televisión Española no tuvieron turno de réplica cuando el hombre del 12-1 les expuso con claridad sus intenciones: “Yo no me pierdo el milquinientos”. Algo grande intuía el periodista, conocedor profundo de los vericuetos del atletismo y voz que nos contó a los chavales de 13 años que un tipo de la provincia de Soria podía ser el rey del mundo.

Hoy el protagonista de aquella gesta sonríe a nuestro lado, besando a su hija pequeña mientras atiende a los platos que se posan en la mesa sin cesar, rodeado de la familia y los amigos, reunidos para rememorar el día en que España se quedó afónica: “¡No mires para atrás, no mires para atrás!” Han pasado 25 años, apunta Carmen, la dueña, cuando nos descubre embobados ante una foto en la que aparece junto a Fermín, imberbe y flaco, recién llegado de Barcelona: “Eso es la vida, muchachos”. La imagen llevaba colgada en la primera planta del establecimiento desde entonces, pero ha considerado apropiado desclavarla, exhibirla en la recepción, tal vez para que la concurriencia pudiese refl exionar levemente sobre la fugacidad de la existencia, muy al estilo de Jorge Manrique, otro castellano ilustre.

Ante ella desfila buena parte de la historia de nuestro atletismo, llegados a la patria chica del campeón para decirle que que le siguen admirando y, sobre todo, le siguen queriendo. “Yo soy hijo deportivo de aquella final”, dice Sergio Gallardo, uno de los más jóvenes, poco antes de dirigirnos hacia el campo de fútbol donde Enrique Pascual comenzó a transformar a un rápido extremo izquierdo en el mejor mediofondista del Viejo Continente. Desde allí a la Plaza Mayor, a las faldas del Moncayo, hay aproximadamente un kilómetro y medio. Lo recorremos al trote, sin prisas, deleintándonos en una distancia que es la distancia de todos.

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Una réplica de la antorcha olímpica va pasando por manos ilustres. Las de su paisano Abel Antón, las de su heredero Reyes Estévez, las de su íntimo rival Isaac Viciosa, las de su compañero en aquel anochecer barcelonés, Manolo Pancorbo... Y Tomás de Teresa, Enrique Molina, Roberto Parra, Martín Fiz, Luis Miguel Martín Berlanas, Javi Moro, Marta Pérez, Estela Navascues, Dani Mateo... Nos acompañan otros menos laureados, pero con igual carga de emoción en el semblante. Poco a poco arribamos sudorosos ante el escenario principal, donde Miguel Ángel Mostaza (inseparable mánager), artífice de la convocatoria, se encarga de dirigir el tributo.

Sus medallas, el papel añejo de los periódicos, las zapatillas que acariciaron el tartán, descansan a pocos metros, en el Ayuntamiento. Allí las ha depositado para que sus vecinos puedan hacerlas suyas y se enorgullezcan de lo que es capaz de producir la tierra de Nuestra Señora de los Milagros, por la que pregunta la madre del homenajeado (que se llama igual) poco antes de que su retoño se sumerja entre la multitud: “Oye, ¿has ido a ver a la Virgen?” “Sí, ayer por la tarde”, la tranquiliza Fermín.

Tal vez la mujer considere que la patrona del pueblo tuvo algo que ver en la apertura del hueco de la calle uno por el que su hijo se coló en la memoria colectiva de los amantes del citius, altius, fortius. En la pantalla gigante instalada para la ocasión se reproduce una y otra vez la escena. Es precioso recrearse en ella; todos sueñan ganar, pero siempre gana Cacho. El tipo que nos sacudió los complejos en un cuatrocientos a cincuenta segundos y tres décimas. El hombre al que deberíamos homenajear todos los días del año.

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