Un día entero huyendo

A través de un sencillo proyecto, correr y caminar durante 24 horas en línea recta recuerdan el sufrimiento de muchos que transitan a pie a diario huyendo de áreas en conflicto y de la pobreza.
Luis Arribas -
Un día entero huyendo
Miles de guatemaltecos caminan a través de México tratando de llegar a EE.UU. | Forbes México

Si Alepo está en guerra, las afueras de Alepo también están en guerra. A través de las historias que nos proporcionan los medios hemos aprendido que no bastaba con escapar de la ciudad más poblada de Siria o de sus alrededores. Casi siempre las esperanzas se situaban en muchos casos en otro país. A veces, en una frontera cercana. Tan cercana que se podría recorrer en unos días de marcha. Ese “a pie, como se ha viajado siempre”, fue un pensamiento que se me quedó clavado durante años en la cabeza. Al fin y al cabo uno es corredor por superposición de pensamientos acumulados.

Desde mi casa, la frontera entre países más cercana está a 350 kilómetros pero, en muchos casos, apenas setenta u ochenta separan un nuevo país de un escenario apocalíptico del que huir. “Setenta u ochenta”, se encendió en mi cabeza. Solamente setenta, piensan muchos que huyen de guerras, hambres o catástrofes. Sólo cien kilómetros separan San Pedro Sula, en Honduras, de la frontera guatemalteca y algo más alejan quienes duermen y sueñan escondidos en San Fernando Tamaulipas de la frontera de México con Estados Unidos en Brownsville.

Imaginar qué podía dar de sí un cuerpo humano que huye fue lo que me llevó a proponerme la idea de esta #LargaHuida. Pensar de nuevo en esos apenas cien kilómetros hasta la siguiente frontera. ¿Qué se siente huyendo durante unas jornadas de frío, marcha y tensión? ¿Qué hacer cuando no hay dinero para ceder a los sobornos de mafias que te pasarían en unas horas de noche y escondido en unas lonas de un camión?

Evidentemente nada asemejaría a la situación de catástrofe humanitaria que se vive continuamente en América Latina, África o en Oriente Medio. Hasta un rechazo ético me volvía a la cabeza cuando intentaba poner la idea en conocimiento de compañeros de medios o potenciales colaboradores. Yo solamente quería dar un puñetazo en el estómago a quien quisiera leerme: mientras el primer mundo disfruta de las capacidades atléticas de sus piernas, corre riendo y hasta se enamora al ritmo de la zapatilla, en ese mismo momento había gente escapando en línea recta usando esas mismas piernas. Sin Instagram de por medio. Sin tuitear los cruces de collados o vadeos de arroyos y barrizales.

Caminar y trotar ha sido una de las herramienta evolutivas del ser humano. La herramienta más barata. Se ha cazado, emigrado, visitado a familiares, acudido a la escuela y también se ha paseado por la montaña, hecho deporte, marchado en busca de derechos civiles o deambulado por mínimos patios en prisiones y campos de concentración. Todo a pie. Todos tenemos una historia en la que un familiar no tan lejano, quizá un abuelo o un padre, acudía a pastorear a kilómetros a pie, compraba y regresaba durante un día entero, o había sido hecho prisionero y marchado en hilera por alguna vieja carretera del país más pataleado de Europa.

Cuando en la noche de Halloween nos reunamos unas pocas almas en la Puerta del Sol de Madrid, sin más idea que la de escapar simbólicamente y en línea recta, sentiré que todo es realidad. La noche y el frío que sintamos en dirección hacia Somosierra, hacia el norte que usaron tantos miles para huir, serán un frío y una noche como las que han de pasar en el desierto, selva o campamentos improvisados en mitad de las montañas.

Comer y beber de lo que uno lleva puesto. Pasar por poblaciones inmersas en su tranquilidad y ajenas a quien pena. No molestar ni pedir cobijo o auxilio porque existe una duda razonable, un miedo que abre la posibilidad a que la recepción no sea amistosa. Orientarse en mitad de la noche utilizando unas indicaciones que han pasado de huidos en huidos, pistas que construyen una tradición oral: la del cuento de la persona que no existe.

Las siguientes veinticuatro horas a esa huida simbólica, siempre a pie, corriendo o caminando, deberían hacer mella en la percepción del día a día de millones de personas desplazadas. Sepan que, mientras terminan de leer esta columna, hay grupos que paran a descansar después de una larga noche de marcha, que son reasignados a otro campo de refugiados o que siguen huyendo a pie.

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