Novatadas

Anécdotas y consejos de salud para corredores.
Hernán Silván -
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¿Dónde se había metido, entonces, el maestro de ceremonias que tanto esperé en mi aburrido bachillerato el día que con dieciocho cumplidos, y tras un brillante selectivo, abandoné mi provincia para entrar en la ansiada y desconocida universidad? Cierto es que nunca esperé ni deseé largas charlas acerca de los peligros con que la vida acecharía al bachiller que yo era cuando quedase a merced del mundo, con mis enormes deseos de nada concreto por única fortuna.

Pero tampoco es mentira que un frío seco fue mi único compañero de viaje a la capital. Mi guía incondicional hacia cualquier lugar que respondiese a las señas escritas entre los cuadritos de un papel tan arrugado ya, que el propio taxista tuvo que hacer varias paradas preguntando a compañeros más iniciados que él en jeroglíficos.

Al final del trayecto, tras descargar juntos las maletas, mi sufrido conductor se despidió con el emocionado abrazo del profesional que acaba de solventar la más difícil misión nunca encomendada: encontrar correctamente la dirección de la que en los años venideros iba a ser mi residencia de estudiante.

En una noche de octubre, con el curso desde hacía tres semanas inaugurado y un gélido viento mesetario que aún me era fiel, no es nada agradable abrir una puerta, cargado de maletas, y oír sobre la cabeza algo parecido al deslizante chirriar de una larga hoja de acero cuando esperas como único violentador del silencio natural a la cálida lumbre, el grillo del hogar, chisporroteando. Ésta, mi primera sensación al entrar allí y ver a cuatro sabuesos vociferando irritantes a treinta ojerosos pollinos en ropa de deporte ligera, no la soltaría en un mes.

¡Nuevo! Tienes tres minutos para subir a tu habitación y cambiarte esa ropa de mal gusto por pantalón corto, camiseta y zapatillas. La voz que retumbaba en el frío pasillo se dirigía a mí. No sé si obedecí tan deprisa por quitarme de una vez las maletas de encima o por el sublime cabreo que antes era desagradable sorpresa.

Al subir las escaleras, entre un extraordinario ruido de cañones por latidos, fui repasando escrupulosamente la familia del maldito taxista que me había conducido hasta allí. ¿No se habría equivocado? Nunca he tardado menos en desvestirme y vestirme. Y esto sí podríamos achacarlo al miedo infundido por la mirada penetrante de aquellos energúmenos.

Inventar sofisticadas novatadas era el pan de cada día en los colegios mayores de la época. Y allí llegaban cada año treinta o cuarenta futuras víctimas ajenas, eso sí, a tan bizarros pasatiempos.

Pero no todo iban a ser malas noticias. La “proeza” de esa noche en que llegué era el llamado “cross”. Consistía en una carrera de siete kilómetros donde recorríamos (cada uno al ritmo que pudiese y con nuestros “simpáticos carceleros” controlando desde el coche) el perímetro de la ciudad universitaria, con paradas obligatorias en otros colegios como el nuestro donde nos echaban cubos de agua o respondían con piedras a nuestros cánticos. “Nuevo es menos, mucho menos, infinitamente menos que una mierda pinchada en un palo y puesta a secar en la boca del metro de Sol, desde las cero horas del uno de octubre hasta las doce de la noche del treinta de junio”.

Para mí la distancia era adecuada. Tan solo el frío y tener que esquivar las piedras me distraía de la cabeza de carrera. Para otros compañeros correr era un verdadero suplicio y ese siete mil una eternidad. Desconozco si a día de hoy aquellos sufridos aspirantes a abogados, arquitectos, telecos, aeronáuticos o periodistas tendrán un especial amor hacia la carrera a pie. Pero noches como esa no hacían afición.

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