¿Cómo afecta la temperatura ambiente a los corredores?

Nada mejor para saberlo que someterse a pruebas bajo diferentes temperaturas. Eso exactamente ha hecho el autor, convertido en un conejillo de indias para obtener los resultados.
Amby Burfoot -
¿Cómo afecta la temperatura ambiente a los corredores?
Leña al fuego

La primera sesión de una hora en la cinta fue pan comido; ritmo fácil y temperatura fresca; apenas bebí dos tragos de agua durante la hora de ejercicio, a los 20 y a los 50 minutos; no me hizo falta más. Nada que ver con la segunda, con 20º más en la cámara de la Universidad de Connecticut (EE.UU.).  

Comencé a sudar, a agotarme, y ansiaba mucho más que esas dos ingestas de aproximadamente 250 ml cada una. Pero no pude beber más, ya que eso alteraría las mediciones, lo bebido a 10 grados tenía que ser lo bebido a 30; y en el mismo momento de la sesión. Yo fui quien ideó este experimento, sabía que me iba a costar, pero desde luego, no supuse que tanto.  

Beber más el segundo día habría falseado las mediciones y el esfuerzo no habría servido para nada. No descubro nada al afirmar que correr con excesivo calor disminuye el rendimiento, aumenta la fatiga y hasta puede ser peligroso. Incrementa la sudoración, el pulso, disminuye el ritmo, llegan los calambres… y así hasta el golpe de calor, el mazazo que te deja tirado en la cuneta.

El experimento no trataba de llegar hasta ahí, de traspasar el umbral, de entrar en territorio desconocido; para evitarlo iba a estar supervisado por expertos en la materia. Pero sí iba a rondar ese golpe de calor, a someterme a unas condiciones que en las que el atleta popular no suele salir a correr.

Digo “suele” porque seguro que los hay que sí salen, porque no les queda  más remedio que hacerlo en ese momento. A ellos está dedicado este artículo, para que sepan lo que van a perder en ritmo, lo que van a sudar y lo que van a tener que beber para poder acabar la sesión sin peligro.

Al mismo ritmo, veinte iban a ser los grados de diferencia y las mediciones a realizar serían pulsaciones, líquido y plasma perdido, concentración de ácido láctico y temperatura corporal.

Al horno. El escenario iba a ser la mencionada cámara ubicada en la Universidad de Connecticut, en la que se puede llegar a una temperatura controlada de 55º. A su cargo están los doctores Douglas Casa y Lawrence Armstrong, autores de muchos artículos sobre lo que afecta la temperatura al rendimiento en el deporte; y el ser ellos mismos expertos corredores me daba un extra de confianza, tanto por el resultado del experimento como por evitar riesgos, como el que sufrió durante una carrera de 10 km el Dr. Casa allá por 1985. Sufrió un golpe de calor que lo dejó sin conocimiento. Fue tras recuperarse, para lo que tuvo que estar hospitalizado, cuando decidió especializarse en la prevención de lo que a él le había sucedido y en aconsejar a los atletas lo que hay que hacer cuando suben las temperaturas. 

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Además de ambos doctores, varios estudiantes de doctorado iban a supervisar el test. Fueron ellos quienes me llevaron a la “cámara de tortura”, una cabina de como mucho 3x3 m de superficie en la que me esperaba una cinta mucho más antigua y rudimentaria que las que vemos actualmente en los gimnasios. Además de la cinta me esperaban la báscula, los utensilios para extraer la sangre y medir el ácido láctico, el emisor del pulsómetro que iba a llevar en el pecho y la mascarilla para medir el consumo de oxígeno, es decir, lo habitual en cualquier prueba de esfuerzo como las que desde RW recomendamos a todos los corredores, sea cual sea su nivel.

Para ser sinceros, me surgían bastantes dudas con respecto a la utilización del termómetro rectal, pero él también formaba parte del arsenal del experimento y lo iba a tener que llevar todo el rato puesto, como la banda del pulsómetro o la mascarilla. Los estudiantes me explicaron de manera clara cómo se colocaba y confiaron en mí para fijármelo. Lo hice casi bien, porque el primer día aguantó pero el segundo -como leeréis más adelante- tuvimos que hacer una reparación sobre la marcha.

La primera sesión fue pan comido. Yo no soy de élite, todo lo contrario: en las clasificaciones suele haber más páginas delante que detrás de mi nombre. Pero una horita a 5:15, con ese fresquito y pudiendo beber está dentro mis posibilidades, es lo que podríamos llamar una sesión habitual. Llegando al final, más que el cansancio, lo que me preocupaba era la extracción de sangre en la yema de un dedo para la medición del ácido láctico. Es lo que hicieron nada más acabar y por desgracia hubo que dar más de un pinchazo porque a la primera no salió una gota suficientemente grande como para poder hacer la medición.

Confieso que no estaba muy preocupado ante la segunda parte. Incluso cuando propuse el experimento al Dr. Casa le sugerí 35º, algo que él rebatió instantáneamente, poniendo el límite en 30. 

Me lo dejó claro, a 35 no se responsabilizaba por mi salud, porque 35 en esa cámara no es lo mismo que al aire libre, donde, a pesar del calor, hay cierta ventilación y puedes encontrar zonas de sombra.

Me puse a correr y llegando a los 10 minutos me permití la chulería de decirle a los médicos que no me parecía tanto calor, que tendríamos que haber ido a los 35 de mi propuesta inicial. Pero decir eso fue mi cruz, porque es cuando comencé a sudar. Pero no sudar como se hace corriendo por el parque, sino a chorrear. Sin ventilación y sólo con dos opciones para beber, me esperaban 50 minutos de sufrimiento.

Para disminuirlo probé ambos extremos: la máxima concentración en el esfuerzo y la evasión, es decir, o pensar que lo que estaba haciendo era muy serio y que había que aguantar como fuese; o pensar que estaba en un trote más fácil incluso que el de la primera fase, por un sitio maravilloso y en amigable compañía. Incluso probé a pensar que no estaba corriendo sino en situaciones de relax: piscina, en un bar con una jarra de cerveza, en el sofá viendo la TV, etc.

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No recuerdo si estaba en concentración o en relax, pero saltó la alarma. Uno de los asistentes gritó: “¡Hemos perdido la temperatura!”. Maldita sea, la conexión del termómetro rectal fallaba y propusieron aflojar la marcha para recolocarlo. Vamos, que el alivio de una momentánea disminución del ritmo iba a suponer un castigo añadido ya que había que recolocar ese aparato en un lugar tan delicado. Un intento, dos, tres, y la temperatura seguía desaparecida. No quedó más opción que colocar uno nuevo, lo cual se puede lograr sin ayuda y sin parar la máquina -en ese caso habría que haber empezado el test desde cero un día después- y afortunadamente la temperatura volvió a lucir.

Justo acabada la operación pude beber y lo que el día anterior me había parecido una dosis talla XL hoy me supo a XS. Y quedaban 30 minutos  hasta el otro avituallamiento. 30 minutos que parecieron 30 horas. Cuando por fin llegó, el agua estaba casi a la temperatura ambiente. En otra situación la habría escupido a la espera de líquido fresco, pero aquí no cabía más opción que tragarla.

Sobreviví los 10 minutos finales pensando en todo lo que me iba a beber después. En cuanto pararon la máquina pedí, casi supliqué, que no perdieran tiempo en la extracción de sangre, la báscula y demás mediciones. Y por fin me pude beber de un trago casi un litro de bebida isotónica, me duché con agua muy fría, ropa limpia y a seguir bebiendo. Estaba tan feliz como si hubiese hecho el Ironman de Hawaii.

Según lo esperado, pocos días después recibí la llamada de mis verdugos Armstrong y Casa. Me comunicaron que los resultados eran normales, que la pérdida en sudor, plasma, nivel de láctico y demás datos no variaban con respecto a tests similares. Normales para ellos, quiero decir, porque yo ni borracho habría pensado que a ese ritmo cómodo de 5:15 iba a estar al borde del colapso. Con una temperatura rozando lo insano, pulso máximo de 175 (muy cercano a mi máximo en un sprint), un lactato superior a 4 (algo que en condiciones normales de temperatura supone ir por encima del umbral), una deshidratación de 2,6 puntos y una pérdida de plasma rondando el 10.

Cifras que dejaban claro que mi propuesta de cámara a 35º era una locura, como locura es afrontar sesiones de fondo al aire libre cuando el calor aprieta.

Por tanto mucho cuidado en estos próximos meses; que es comprensible que queramos que el termómetro suba tras un invierno tan duro. Pero si se acerca, no digamos si supera, los 30º, mucho cuidado. Lo ideal sería no correr a esa temperatura, que el día tiene horas en las que no es tan alta; pero si no cabe más remedio, que sea menos tiempo, más lento y con más hidratación que a menos temperatura.

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