¿Cómo concilian su vida familiar con el running las mujeres?

Cómo afrontar problemas con tu pareja, hijos y familiares.
Sarah Bowen She | ILUSTRACIÓN: -
¿Cómo concilian su vida familiar con el running las mujeres?
La familia y las mujeres corredoras

Maridos que no corren y que no lo entienden. Maridos que sí corren, pero que también necesitan su propio tiempo para entrenar. Niños pegados a sus faldas. Con todo esto y mucho más puede encontrarse una mujer corredora. En este artículo te enseñamos cómo las mujeres concilian su matrimonio, la maternidad, la diversión y la culpa cuando salen a correr.

Hay dos clases de maridos: los que corren o realizan algún tipo de deporte y los que no. Lo sé porque he tenido uno de cada. Sí, estáis leyendo bien, aunque esto no lo saben mis propios hijos: ya había estado casada antes de conocer a su padre.

Jack, mi actual marido y padre de mis tres hijos, es un hombre inteligente, apuesto y cariñoso, pero es mi segundo marido. El primero, que era encantador y sensible, se llamaba John. Para liar un poco las cosas, uno de mis hijos también se llama John, le pusimos ese nombre por su padre Jack, cuyo verdadero nombre es John. Así es que, he estado casada con dos John y he tenido un hijo que se llama así. Podría decir de Jack que es un teleadicto que se apoltrona en el sofá, pero no deja de ser un tópico. No obstante, la primera vez que nos vimos, el sofá azul y verde de Jack tenía una ligera depresión en el asiento situado frente a la televisión, que estaba puesta siempre en el canal de deportes, de hecho, le pregunté si lo que veía era un vídeo, porque el programa parecía repetirse.  

John, por otra parte, había sido el capitán del equipo de remo de la universidad el mismo año que yo era la capitana del equipo femenino. Empezamos a salir a correr juntos en la universidad y lo hicimos durante toda nuestra relación. Como ninguno de los dos teníamos hijos, siempre íbamos a correr juntos después del trabajo. Trotábamos unos 10 km por un parque de San Francisco o a la orilla del río Charles cuando nos mudamos a Boston, charlando de los artículos que yo estaba escribiendo en ese momento, de sus clientes, de alguna película que hubiésemos visto o del restaurante al que íbamos a ir esa noche. Teníamos un ritmo bastante parecido y a John siempre le gustaba la ruta que yo escogía. Los kilómetros y los minutos pasaban deprisa y de esta época conservo algunos de los mejores recuerdos de mi matrimonio.

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En la actualidad, cuando tengo que tomar una curva de una calle en una carrera, aún pienso en John, quien solía citar las palabras de su entrenador de hockey sobre hielo cuando salíamos a correr:

“Si atajas en las curvas cuando entrenas, te esforzarás menos en los partidos y si te esfuerzas menos en un partido, también lo harás en la vida”. Cuando vivíamos juntos, John hacía todo lo posible para estar a la altura de sus posibilidades (la carga del mundo a menudo parecía demasiado pesada para él), por lo que este comentario le resultaba un poco agridulce.

Cuando nuestro matrimonio se rompió de forma inesperada (al menos para mí), además de quedarme sin pareja perdí a mi compañero para salir a correr. Ambas pérdidas fueron muy duras, por lo que me pasaba el día soñando con sustituirlas por un superdeportista, alguien más vitalista que yo. Además, quería que fuese más joven (tal vez cinco o seis años menor), para no quedarme viuda. Alguien que me levantase a las 7 de la mañana un domingo para hacer una ruta en bici o un triatleta que me sugiriese la idea de hacer con él entrenamientos combinados. Llegué incluso a salir con un corredor de maratones y nos veía a los dos corriendo juntos con un niño precioso en un carrito de correr para bebés.

Entonces fue cuando conocí a Jack, que había corrido por última vez cuando intentaba coger el tren para ir a trabajar en Chicago. Por poner un ejemplo de su carácter, prefería las piscinas de 20 metros a las de 25 porque había que nadar menos. Además conocía todos los bares de Chicago donde podías ver deporte en la televisión y qué aficionados de cada equipo frecuentaban cada uno, pero no sabía absolutamente nada del mundo del atletismo.

[ Historias de Corredoras ] “Cuando empecé a entrenar para mi primer maratón, mi marido y yo corríamos alrededor de una pista de atletismo. Como él es más rápido que yo, me daba una palmada en el trasero cuando me adelantaba. Ahora prefiero correr sola”.—Kami

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Un cálido día de abril, después de cinco meses de noviazgo, Jack y yo salimos a correr juntos por el camino que rodea el lago Michigan. No me acuerdo de quién fue la idea, pero los dos fuimos con mucha ilusión. O eso pensaba yo. Corrimos juntos en dirección norte a lo largo del lago. Lo cierto es que yo iba despacio, frenándome, pero hacía un precioso día con un cielo azul y allí estaba de nuevo, corriendo con el hombre al que amaba. Al menos durante 20 minutos. Entonces Jack se paró en una fuente y me dijo que continuase yo sola, porque él prefería ir a su ritmo. Le hice caso y me adelanté, porque también me gusta ir sola a veces mientras corro. Una semana después le conté esta historia a un grupo de compañeros del trabajo y uno de ellos me dijo que esa era la misma excusa que él ponía siempre que salía a correr con una mujer a la que no podía seguir el ritmo. Vaya. Ni que decir tiene que esa fue nuestra primera y única vez que corrimos juntos.

Ahora han pasado ya varios años y tenemos tres niños pequeños. En la televisión ya no hay siempre puesto un canal deportivo que no parece tener fin, Jack se lo pasa en grande jugando al baloncesto con los niños y yo corro más que nunca. Al igual que muchas otras madres, salgo a correr los días de diario cuando el resto de la familia aún está profundamente dormida.

Pero los fines de semana, me voy a correr cuando ya es de día y eso genera un poco de resentimiento. Nuestro principal punto conflictivo: ir a misa. Jack siempre va, pero yo no. Durante el entrenamiento del maratón, cuando hago tiradas de más de 2 horas, el va a la iglesia a las 7 de la mañana y yo salgo a correr justo cuando vuelve. Los días que se queda en la cama, se queda dudando entre saltarse la misa o llevar a los tres niños al oficio de las 9 de la mañana. Yo nunca he ido con ellos, pero sé que es una experiencia horrible, estar allí sentados con tres niños llorando todo el tiempo.

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Cuando no estoy entrenando para el maratón, nos adaptamos a una tercera alternativa. Salgo a correr a las 7, pero estoy de vuelta a las 8:45, a tiempo para que él vaya a misa de 9. Así Jack puede dormir y cumplir sus obligaciones con su creador una vez a la semana. Soy consciente de que mis entrenamientos de los domingos son una imposición y, aunque ya no voy a misa nunca, soy lo bastante católica como para sentirme culpable. Por lo general, suelo evitar las discusiones sobre las mañanas de los domingos hablando de ello de antemano. Pese a todo, cada pocos meses, Jack me recuerda que no le gusta mucho el tiempo que le robo a lo que podría ser una mañana familiar holgazaneando en la cama. A diferencia de muchas otras madres que les recuerdan a sus maridos que su kilometraje semanal es fundamental para no volverse locas, aún no he verbalizado que ningún miembro de nuestra familia estaría feliz si me salto el entrenamiento; al mediodía estaría echando humo. 

[ Historias de Corredoras ] “Mi marido es albañil, por lo que ya hace mucho ejercicio en el trabajo. No obstante, es mi mayor seguidor, y le encanta venir a animarme a las carreras. Incluso ha participado como voluntario en varias de ellas” —Angie

Como contrapartida, me ocupo de la familia el resto del fin de semana. Llevo a los niños al parque o al museo, dejando a Jack disfrutando de un lujo asiático (al menos eso creo): una casa desierta y tranquila. Hago la cena ambas noches y después apago la tele para que los niños vayan a lavarse los dientes, a leer un poco y luego a dormir. La mayor parte del tiempo me siento afortunada, porque aparte del tema religioso, no hay ningún otro motivo de conflicto con mis entrenamientos del fi n de semana. Como soy la única deportista de la casa, Jack y yo no tenemos que organizar mis entrenamientos con sus excursiones en bicicleta o sus partidos de golf. El único deporte que le importa a él es el que ve en televisión y los niños se le pueden unir para ver cualquier partido que retransmitan (o pueden destrozar la casa mientras él no quita ojo de la pantalla).

Pero lo que más me molesta de este arreglo es que a menudo Jack parece no apreciar lo suficiente todos los beneficios que supone tener a una mujer corredora, que pesa lo mismo que cuando empezamos a salir a pesar de haber tenido tres hijos (ahora peso un poco menos), o el hecho de tener unas piernas esbeltas, moldeadas por los incontables kilómetros y las repeticiones en cuestas. Además, correr me proporciona una actitud vitalista, estimulada la mayor parte de los días por el objetivo de vencer en una carrera. Soy consciente de que Jack está impresionado por mis logros como corredora (y por la actitud mental y el temperamento que eso produce en mí), pero se muestra demasiado indiferente para hablar de ello.

Al menos he descubierto una forma infalible relacionada con el running para captar su atención. Jack debería hacer miles de alabanzas en la iglesia en gratitud a la falda de correr. Me gusta ir bien arreglada, me hago la cera con mucha frecuencia, sobre todo durante el buen tiempo, cuando uso la falda. Es entonces cuando Jack piensa que tener una mujer corredora es lo mejor que le ha pasado.

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