¿Cómo perciben tus hijos tu afición por el running?

Si eres corredora, seguro que has escuchado la famosa pregunta de "¿por qué sales a correr, mami?
Dimity McDowell | ILUSTRACIÓN: Martha Rich -
¿Cómo perciben tus hijos tu afición por el running?
Los hijos y el running

Mis hijos muestran dos actitudes respecto a mi afición por la carrera a pie.

La primera: lo odian.

Cuando me pongo la ropa de correr, Ben, que lee un libro en la cama me pregunta: “Mami, ¿sales a correr ahora?” Le respondo que sí con un susurro y él mira por la ventana a los barrenderos que pasan por la calle. Mientras, Amelia, que hace cinco segundos estaba charlando alegre con sus muñecas en su dormitorio, entra de repente en la habitación y me grita: “¡Mami, no te vayas!”, agarrándose a mis piernas y llorando a lágrima viva. No importa que pueda pasar tranquila en su habitación jugando los 45 minutos que voy a salir a correr, sin darse cuenta de que no estoy. Tampoco importan las 12 horas que pasamos juntas ayer y las que pasaremos hoy, ni que a sus seis años sepa que siempre que voy a correr, sólo estoy un poco de tiempo fuera de casa y siempre vuelvo.

Todo eso parece no importar. Mi hija se comporta como si fuese a irme de viaje seis meses a Siberia. Su histrionismo suele contagiarse a Ben, que salta llorando de la cama y se agarra a la otra pierna. Agobiada por la escena, llamo en auxilio a mi marido, Grant, sin saber que está apoltronado en el baño. La falta de respuesta desata mi impaciencia, por lo que libero mis piernas de los pulpos en los que se han convertido mis hijos, bajo las escaleras y fijo mis ojos en la meta: la puerta de la calle. La entreabro un poco y me escabullo de los gritos que dejo a mi espalda de “¡Mami, mami!”, sin mirar atrás. Me sorprende que mis vecinos no llamen al servicio de protección de menores para denunciarme.

Ni que decir tiene que, cuando termino y vuelvo a casa, los niños, sentados frente a la bañera, ni siquiera se dan cuenta de mi regreso.

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La segunda: quieren ser como yo.

Cuando mi hija Amelia tenía 4 años corrió una carrera que se celebraba en Halloween. Con un disfraz de mariposa, corrió 100 metros lo más rápido que pudo, con sus antenas dando botes. Después, no podía parar de hablar de ello (y de la bolsa con regalos que le dieron). Colgó su dorsal de la carrera en la puerta de su habitación. La mañana siguiente su profesora de preescolar me contó que nunca había visto a Amelia tan orgullosa como cuando volvía a contar su carrera.

Este comportamiento de Dr. Jekyll y Mr. Hyde suscita dos sentimientos contrapuestos en los progenitores: culpa y orgullo. El primero aparece con facilidad, basta con pensar en la frase que repiten con frecuencia los entrenadores: “En algún lugar ahora mismo hay alguien que se está esforzando mucho más que tú”. Y de repente, tienes toda las obligaciones de la paternidad resumidas en una sola frase. En algún otro lugar, una madre se pasa la mañana del sábado ayudando a su hijo con las tablas de sumar, llevándole a clases de taekwondo, organizando una fiesta para otros cinco niños en casa, o haciendo magdalenas con él.

En algún sitio, hay una madre que no se va a correr, pero esa no soy yo. Por lo general, no tengo la sensación de estar obligada a leer el mismo cuento cinco veces al día en lugar de hacer mi entrenamiento programado. Pero tampoco soy inmune a la culpa materna. Cuando empiezo a sentirme bien mientras me alejo de casa corriendo, a distancia del alcance de los gritos de mis hijos, no dejo de preguntarme si sus primeros recuerdos que tendrán de mí estarán dominados por la imagen de la espalda de su madre mientras sale por la puerta, dejándoles en casa gritando y llorando. Esa es una posibilidad. Los recuerdos son muy aleatorios. Yo tengo recuerdos muy nítidos de mi infancia (y algunos de ellos me han convertido en la persona que soy en la actualidad) de los que mis hermanas no se acuerdan y viceversa. Nada garantiza qué será lo que quedará impregnado en su mente y lo que no.

Pero luego veo a mi hija Amelia participar en otra carrera y la culpa deja lugar a un intenso sentimiento de orgullo. Con las mejillas sonrosadas, camina agarrándome la mano cuando vamos hacia el coche de vuelta, mientras yo me siento llena de alegría en el interior de esta madre que, hoy, además es un modelo a seguir.

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La culpa materna parece ser inversamente proporcional a la edad de los hijos. Cuanto más pequeños son, más culpable te sientes al dejarles. Cuando sales por la puerta de la calle, con la duda de situ lloroso bebé de 2 meses se tomará el biberón con la leche que acabas de extraerte, la sensación de culpa pesa como una losa. Pero cuando haces lo mismo, con la certeza de que los llantos de tus hijos de 6 y 3 años pararán en unos 15 segundos después de haberte ido, sonríes para tus adentros y te vas tranquila. Por último, cuando te marchas a correr y dejas en casa a tu hijo adolescente de 13 años, capaz de volverte loca cuando lo único con lo que te responde son monosílabos, te preguntas si no estarás preparada para correr tres horas en lugar de una sola como tenías previsto.

También pienso que la culpa se empieza a difuminar cuando aceptas que ese tiempo que dedicas a correr en soledad (que fortalece tu espíritu y que te hace más confiada y decidida) es mucho más valioso que la simple presencia física. Además, correr es un hábito práctico para todas las madres que estén interesadas en mantener un hogar equilibrado. Los kilómetros borran las frustraciones, proporcionan un orden mental, inspiran calma y vuelven a reavivar llamas que ya apenas eran rescoldos. Mientras compito en una carrera, me vienen a la mente imágenes maravillosas de mis hijos y mi marido, que me ayudan a recordar mi lugar en la vida.

Mi madre no corría, pero tenía su propia afición: los caballos. Durante mi infancia teníamos cinco caballos en nuestro establo rojo. Ella se ocupaba de llevarles heno, limpiaba sus arreos y vaciaba sus cubos de agua cuando el invierno de Minnesota los había convertido en bloques de hielo. Durante una época fue la copropietaria de una tienda de material de equitación y hacía presentaciones de caballos que duraban varios días. Al final, cuando mis padres se divorciaron, aceptó un trabajo a tiempo completo en el hipódromo local. Yo no recuerdo haberle gritado nunca “No te vayas” cuando salía a cabalgar, pero a mí nunca llegó a gustarme montar a caballo. El amor de mi madre por los caballos demostraba que podía apasionarse con algo y realizar una actividad con dedicación en su vida, pero sin abandonar el resto de sus obligaciones. Ella me enseñó que puedes ser madre, tener otro trabajo y aún dedicar algo de tiempo para ti misma.

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Sin embargo, su lección más duradera fue que el deporte te proporciona alguna de las amistades más profundas y sinceras. La mejor amiga de mi madre, Debbie, a la que conoció en el establo local, se distanció un poco después del divorcio y vendimos los caballos. Casi dos décadas después, Debbie estaba perdiendo su batalla contra la esclerosis y la enfermedad de Lou Gehrig. Mi madre y ella retomaron su amistad en el punto exacto donde la habían dejado. Recuerdo a mi madre llevando a Debbie en coche al dentista para que la hicieran una férula y poder hablar, dándole masajes en los dedos agarrotados y realizando otras tareas difíciles mientras las dos reían con todas sus fuerzas, al igual que cuando estaban en el camión de los caballos después de un día agotador, bebiendo refrescos y cotilleando.

[ Historias de Corredoras] “Cuando estaba embarazada de 9 meses de mi segundo hijo, un día estaba viendo en la televisión las pruebas femeninas de selección para los Juegos Olímpicos. Mi hijo pequeño señaló a la pantalla y dijo: ‘¡Mira, ahí está mamá! ¡Corre mami, corre!’” —Carmen

Llevo siendo madre el tiempo suficiente para saber que lo que yo quiero para mis hijos tiene poco que ver con sus deseos reales. Cuando intento que vayamos a la piscina, ellos quieren pintar. Cuando estoy lista para armar el caballete, se han ido a montar a los columpios. Todos los padres saben que hacer las cosas a la fuerza no funciona con los niños. En su lugar, intento animarles a que encuentren su propia versión del running, que les atraiga y les calme, que les haga sentirse vivos y que llene su vida de amigos para toda la vida.

Cuando esta estrategia fracasa intento recurrir a las otras emociones típicas de la paternidad: esperanza y fe. Espero que ellos consigan encontrar su versión del running. Mientras tanto, tendré fe en el mensaje premonitorio que mi madre pegó con un imán en mi nevera a escondidas: “Antes o después, todas las hijas se convierten en su madre”.

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