Verdades falsas, mentiras ciertas

Miento si digo que...
Aurora Pérez -
Verdades falsas, mentiras ciertas
Verdades falsas, mentiras ciertas

Miento si digo que siempre estoy dispuesta a salir al mundo a tragar kilómetros, a trepar una colina, a subir una escalera, a levantar una pesa.

Miento si afirmo que no existe día nublado o que, posado en las nubes, por más oscuras que éstas sean siempre está el sol a la espera, a la espera de asomar para permitirme un brindis, y con un guiño de complicidad pedirle la aquiescencia de sus cálidos rayos para calentar mis piernas.

Mentira es decir que las zancadas nunca se enojan, que obedecen siempre al dueño, que no equivocan la senda, que jamás sufren el tedio; tampoco cierto es que el trayecto porque transitan sea un mar de rosas perpetuo.

Miento cuando digo que comprendo que la vida plantea afrentas y yo velozmente salgo a vencerlas.

Miento si me declaro por siempre feliz corriendo, si no confieso que a veces me puede el desasosiego cuando pretendo acercarme a grandes pasos al cielo y me acerco a mata caballo, sin freno ni brida hacia el borde de la sima.

No digo la verdad si niego como, en la línea de salida, hay un gusano en mi estómago que me come las entrañas, un temor en mi interior que me llena de inquietud, una esperanza que me mata de ansiedad, una emoción que soy incapaz de confinar.

No es cierto cuando asevero que en cada entreno pongo todo mi afán al servicio de un buen final, que nunca bajo la guardia, que mi entrega es elevada.

Me miento a mí misma cuando me escudo en el conjuro de los hados para eludir mi compromiso si acaso un miedo me asusta.

Miento si considero cada vuelta y cada lapso de la carrera una etapa perecedera pues sus efectos perduran, para bien o para mal, impregnando mi conciencia.

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Mentí al afirmar que la mochila no pesaba cuando me curvó la espalda o que el reloj se rompió porque a tiempo no se paró.

Miento cuando aseguro que fueron las zapatillas culpables de mi agonía al lastimarme los pies, cuando el dolor que sentí no fue ajeno a mi interior y todo mi ser lo sufrió.

Mentí cuando dije que no se me paró el corazón al resbalar mi ilusión y caer en el asfalto, o no se congeló mi alma al contacto con el hielo que cubrió la carretera.

Miento si digo que nunca ensueño la victoria, que me da igual la derrota, que soy fuerte y, si me caigo, enseguida me levanto.

Miento cada vez que, a mí misma yo me digo que hasta aquí hemos llegado y nada queda por hacer, ninguna carrera más por correr, tampoco otra aspiración.

Miento si no digo que cada vez que me daño pienso que se acabó mi paciencia y redacto un epitafio que dedicar a los pasos que en el trasiego murieron.

No es incierto cómo, en múltiples ocasiones, al perder el horizonte, traté de quemar las naves despedazando los sueños, y hasta por tres veces me negué, a mí misma y a mi suerte y con ella a mi futuro.

Mentira es si niego que cuando no puedo correr en espectro me convierto a vueltas con mi dolor, e indecisa se torna mi vida, clamando volver a la vía que reclama mi pasión.

Pero la más falsa verdad, la mayor mentira es que sea preciso llorar mientras se sufre el camino y la sonrisa aparezca sólo al avistar la meta, pues mayor valor posee la sonrisa en el camino para liberar el llanto al término del desafío.

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