Haciendo posible el maratón nocturno del desierto de Wadi Rum

Sacrificio, pasión y una experiencia para el recuerdo.
Laila M. Rey | Foto: Henk Bos -
Haciendo posible el maratón nocturno del desierto de Wadi Rum
Haciendo posible el maratón nocturno del desierto de Wadi Rum

Lo extraordinario de correr en un desierto no es la dificultad que entraña. No es la arena que entra por las zapatillas hasta hacer la pisada insoportable, ni el sol que te quema la piel hasta que se oculta en un etéreo atardecer naranja. Tampoco es el cambio de temperatura que te cala el alma ni la oscuridad que te impide ver dónde depositarás la siguiente zancada. Lo extraordinario de correr en un desierto es vivir la experiencia con cientos de personas de todos los rincones del mundo que hasta ayer no conocías y llevarte un recuerdo imborrable de un espacio patrimonio de la humanidad: Wadi Rum, uno de los lugares emblemáticos de Jordania.

También conocido como Valle de la Luna, en este árido escenario de formaciones rocosas y cañones  interminables se desarrolló la octava edición de la Full Moon Desert Marathon. Unos 30 participantes fueron llegando al punto de encuentro en Amán, la capital, la mañana del 1 de Mayo. El equipo de Flashback Adventures, del que yo formaba parte por primera vez, fue el encargado de la organización. Un autobús tardó unas 4 horas en trasladarnos al centro de visitantes de Wadi Rum. Y desde allí, un jeep 4x4 nos condujo hacia el campamento base llamado Rahayeb.

De todos los participantes, 247 en total, que fueron llegando hasta el inicio de la carrera, sólo 13 se enfrentaban al maratón y el resto se dividieron entre los 21 y los 10 kilómetros. La dilatada experiencia del equipo hizo que me sintiera muy cómoda en todo momento. Entre jordanos, franceses, colombianos, indios, italianos… conozco a Oscar, el único español que se inscribió a la prueba de 10 kilómetros. Vive entre España y el Reino Hachemita. Era la primera vez que participaba en un reto de tal envergadura. “He intentado traer a mi mujer y a mi hijo pero se han quedado en otro campamento. Uf, sólo he tomado un café, ¿cuánto se tarda en hacer 10 kilómetros por el desierto?”, me preguntó.

Sólo había una forma de averiguarlo y sería pronto: la encargada de anotar los tiempos era yo.

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La preparación

Organizar un evento en condiciones tan adversas es complejo y conlleva un alto nivel de responsabilidad. Debimos garantizar la seguridad de todos los participantes durante el recorrido orientándoles sobre las rutas para que no se perdieran, disponiendo de primeros auxilios y asegurándose de que todos tenían el número de emergencia aunque no siempre hubiera cobertura en el desierto. Varios todoterrenos se repartieron por los puntos estratégicos con agua y plátanos que habíamos traído especialmente desde Amán. Ellos se encargarían de asistir a los corredores en caso de necesidad y anotar los números de las camisetas en cada tramo.

El organizador del evento, Bisher, dio los últimos consejos por su altavoz minutos antes de la salida. “No os olvidéis de poneros crema solar y de anti mosquitos, colocaros protección en las zapatillas para que no entre la arena y usar gorras. Las chaquetas reflectoras que os hemos entregado son de uso obligatorio. Los que hacen 21 y 42 kilómetros deberán colocarse las linternas frontales.”

Todo el mundo ha recibido en su correo electrónico un mapa del recorrido días antes de la participación, pero el desierto es traicionero. Las antorchas no siempre se ven en el horizonte y es tentador coger atajos. “Sabremos si han tomado un camino alternativo cuando vuelvan los todoterreno”, me explica Bisher cuando los valientes de los 42 y los 21 kilómetros salen escopetados del campamento base a las 6 de la tarde. Entre ellos se encuentra el especialista jordano en carreras de ultradistancia Salameh Al Aqra pero, en esos momentos, yo no lo se. Sólo me llama la atención su portento físico y su clara puesta en escena merchandising. Será el primero en llegar a la meta del maratón.

Más tarde, se congregan en el mismo lugar los participantes de los 10 kilómetros, muchos correrán esta distancia por primera vez. Oscar se acerca a la mesa donde estoy preparando las listas que me servirán para anotar los tiempos. Estoy ansiosa por recibirle en la meta y que me cuente cómo es correr por el desierto. “Desde luego que no voy a alcanzar los 52 minutos que hago normalmente”. Tiene cara de cansancio pero  está contento por haber llegado hasta el final. De eso se trata: llegar a la última etapa pase lo que pase.

Esperando en la meta

El contador del tiempo colocado en la línea de salida marca cincuenta y nueve minutos. Es el periodo que llevan corriendo los más valientes. El resto está a punto de experimentar, algunos por primera vez, la incomodidad de correr pisando arena por fuera de la zapatilla y por dentro del calcetín. Minuto cero. Observo a jóvenes salir disparados hacia las dunas, padres e hijos que se disponen a celebrar juntos la vida y parejas que deciden renovar su amor corriendo.

El campamento ha quedado desierto. El sol empieza a bajar por el horizonte pedregoso para darnos un respiro. Pasados los primeros 40 minutos vemos llegar al primer joven. Es un chico de 17 años jordano que le falta el aire cuando cruza la meta. “No puede ser”, repiten al unísono los organizadores veteranos. “¿Por dónde has venido?”. Con un mapa delante nos confirma nuestros temores. Ha cogido un atajo.

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No será el único. Los dos siguientes también llegarán mucho antes de lo previsto. Tendrán medalla como todos pero no el podio. Con un tiempo más realista, irán llegando el resto. Los más entrenados  a la hora y veinte minutos. Los demás no atienden el tiempo. Se dedican a levantar los brazos mientras cruzan en familia la meta o se abrazan emocionados los enamorados. Óscar llega un minuto antes de las dos horas.

“Sin duda la prueba más difícil en la que he participado hasta ahora. Me he parado como 5 veces ha quitarme la arena de las zapatillas”, me dice Oscar exhausto. Me pide que le pase un plátano o se cae redondo. “El cansancio del día no me ha ayudado, pero correr por la arena es dificilísimo. Hay veces que hay tanta que se hace difícil avanzar”, relata ya recuperado. Se despide pronto de mí para reunirse con su familia. El último en llegar es el colombiano Álvaro, que ha hecho los 42 kilómetros en 7 horas y media. En la meta le esperaban su mujer y su hija, que hacía tiempo habían terminado la de 10.

Y es que una de las cosas que he aprendido en la organización de este apasionante desafío físico es que lo importante no es la meta ni el espacio recorrido. Es el por qué y el con quién los motores que alientan el avance. Lo demás viene sólo, como la sensación de euforia que provocan las endorfinas. Salgo esa misma noche del campamento dirección Amán un poco apresurada. Debo hacerle una entrevista a un famoso caricaturista jordano que saldrá publicada al día siguiente en un periódico nacional. Pero tengo una promesa en los labios: participar en la novena edición con una buena razón y sobre todo, muy bien acompañada. 

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