Homo Runner: deshererados en casa de La Negra Flor

Recuerdos de la Barcelona preolímpica.
Hernán Silván -
Homo Runner: deshererados en casa de La Negra Flor
Desheredados en casa de La Negra Flor
Allí estaba. Al final de la rambla, como dice la canción. Apostada en la entrada de la única pensión que, por lo poco que pagamos para dormir, nos iba a acoger por una noche. Era la Barcelona pre-olímpica y Santiago Auserón se quedaba corto cuando la cantaba. La Negra Flor ya era considerada la “lumi” más famosa de la última rambla, gracias a su llamativa hermosura. 
 
La genial idea de la marca Adidas, a finales de los ochenta, fue crear un circuito de carreras de veinte kilómetros en ruta. Ninguno de los que habitualmente corríamos esas pruebas podríamos sospechar que de ellas saldría el equipo olímpico de maratón en los venideros Juegos. Ninguno de nosotros era profesional ni nada que se le pareciera. Corríamos aquellas carreras a ritmo de tres el kilómetro pero para los buenos éramos “populacheros” y para los populares éramos “demasiado buenos”. A los desheredados no nos querían en ninguna parte. Y las marcas deportivas no nos ayudaban ni en los viajes (que planeábamos con el coche de alguno) ni en los alojamientos, donde nuestra afición a yacer en las más cutres pensiones de la geografía ibérica venía marcada por el corto bolsillo.
Volviendo a la Negra Flor, no era raro que te dejaras el cuello al cruzar la puerta de abajo de la pensión sin parar de mirarla. Era sábado tarde y el bullicio de los clientes que subían y bajaban de los cuartos con las chicas ya no iba a parar hasta bien entrada la mañana del domingo.
 
Como la carrera de los 20 Adidas de ese año salía y llegaba en la mismísima estatua de Colón vimos muy conveniente pagar trescientas pesetas por una habitación de tres camas. Eso quería decir que a cada uno de los tres nos iba a salir a cien y reparamos poco en la corta higiene y pintoresca decoración del paraje. Recuerdo que en aquellas extrañas tardes el primer cambio de ritmo lo hacíamos al entrar abruptamente a la habitación eligiendo rápido cama, pues no todos los colchones eran de ley.
 
Parábamos poco en el cuarto, una vez elegido el catre de cada uno. En el segundo costado de la Rambla había un buffet libre que se autodenominaba “vegetariano” y solía ser nuestro mejor plan para la noche. Ni carga de hidratos ni gran reposo nocturno con tanta escandalera.
 
Pero aquella tarde, al poco de llegar y “acomodarnos” llamaron a la puerta. Las únicas morenas que de vez en cuando subían a visitarnos eran las cucarachas así que aquellos golpes nos extrañaron. Chema abrió la puerta y Rodrigo y yo nos unimos a la sorpresa. En el fondo deseábamos que hubiera sido la mulata de Auserón pero resultó ser el Maño, otro del grupo malquerido, que no encontraba alojamiento en toda Barcelona. Total: Tres camas para cuatro. Ventaja: Ya salíamos a menos de cien. Inconveniente: Que alguno te echara la pierna encima y le diera por soñar con la de la canción.
 
Por la mañana, en una cafetería cercana a la salida, nos contemplaban atónitos el bueno de Diego (que en paz descanse corriendo por celestiales) y Pello Garín. No en vano Rodrigo y yo devorábamos una copiosa ración de churros. Infusión él. Yo café. Y en media hora saldríamos a hacer los 20.
 
De aquella carrera recuerdo vivamente una cosa. En el kilómetro dieciocho, en lo alto de Montjuïc, entre grúas y excavadoras al lado del viejo estadio, cuando las piernas flaqueaban y el corazón aún quería, me dijo Diego: “Como no apretemos se nos van”. Y yo le respondí: “Hace rato que se nos fueron, amigo. Pero si quieres caña: ¡A que no bajamos de la hora!” Y dicho esto nos lanzamos montaña abajo como dos locos buscando Colón. Él, una hora tres segundos. Yo, siete segundos más.
 
Años después. En una calurosa tarde del verano del 92. En una calle de Barcelona. Entre un grupo de fans que los chillaba, ví a Diego y a Rodrigo. Corrían el maratón olímpico. Iban en el grupo delantero. Yo les conté con la vista el noveno y el décimo. Y me vinieron a la cabeza los tiempos de las pensiones y la Negra Flor. Los ojos se me pusieron vidriosos. No pude gritarles ni una sola palabra de apoyo, por el nudo que tenía en la garganta. 
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