Homo Runner: extraño patrocinio

Los sponsor en los años 80.
Hernán Silván -
Homo Runner: extraño patrocinio
Extraño Patrocinio

Habíamos quedado en salir el sábado por la mañana y no era preciso madrugar. El grupo de Pinto era un puzzle de atletas y familiares fans encabezado por el genial Juan Torres. Como no tenía quien me llevara a correr a Zaragoza ese fin de semana, les pedí ir con ellos y generosamente accedieron a hacerme sitio sin poner pega alguna. Era gente festiva. Un viaje con estos paisanos podía transformarse en las dos horas más divertidas de tu vida. Me recordaba a las idas a los crosses universitarios con parada en bar de carretera, desayuno con churros y ojeada a la torre de cassettes haciendo unas risas a costa del Payo Manuel, El Fary o Pimpinela. Repaso a los llaveros del Barça o del Madrid con dos cerditos haciendo eso y aprovisionamiento de bebidas para el trecho que faltaba hasta la capital maña, mientras nos conjurábamos a pagar una comida a los demás si alguno ganaba. No éramos favoritos pero la moral siempre alta. Los ochenta en España. No hace mucho tiempo, aunque lo parezca.

La cuestión del alojamiento siempre era improvisada. Se trataba de llegar a la ciudad que fuera y según entrábamos se iba preguntando y preguntando hasta dar con alguna pensión económica y no muy alejada de la salida de la carrera del domingo. Solía haber algún atleta que ya había estado allí años atrás y recordaba vagamente a una señora que alquilaba habitaciones. Así fuimos aquel día a parar a uno de estos establecimientos en plena Gran Vía zaragozana. Como el amigo conocedor nos iba
preparando por el camino con su charla acerca de cómo era la pensión, empezamos a temernos lo peor. Donde habita el olvido, que decía Sabina, era la frase que me vino a la cabeza cuando llegamos allí.

¿No tiene nada mejor? se le ocurrió decir a un incauto del grupo. Y la sonriente señora nos enseñó la suite nupcial. Un cuarto un poquito más amplio pelado de muebles cuya única virtud sobrenatural era que estaba recién pintado. Por como olía había sido adecentado hacía escasas horas. Nos hizo saber, la buena señora, que allí podía meter tres o cuatro camas en cuestión de minutos. Dicho y hecho. A mí me tocó en la suite Titanlux.

El domingo amaneció cubierto y la amenaza de lluvia se tornó realidad. Aunque salimos chispeando, poco a poco se fue formando una tormenta de abril que descargó una tromba de agua durante los últimos quince minutos de la prueba. Pasábamos por el viejo puente de piedra y luego por otro nuevo hasta llegar a Gran Vía para finalizar en el Parque Primo de Rivera. A mí las cosas no me iban demasiado mal porque de un grupo inicial de ocho, nos quedamos solos tres en pleno aguacero. Aunque detrás nuestro había gloriosos atletas, estaba claro que Chema Fernández Atienza, Paco Villameriel y yo nos jugaríamos las alubias en el parque. Salvo que uno de nosotros intentara la heroica y se la jugara antes.

No me preguntéis por qué pero fui yo el que cogiendo unos metros se lanzó a ganar más por convicción que otra cosa, pues las fuerzas escaseaban a falta de un kilómetro. Cuando llegué primero a meta me secuestró una de la organización que parecía de las jefas y me echó una bronca descomunal porque llevaba unas zapatillas Nike. Claro. Mis Air Mariah de toda la vida. Eran mi talismán. Por lo visto yo era un “atleta-Adidas” porque la tienda deportiva que publicitaba mi camiseta tenía contrato con ellos. Y me instó a ir corriendo al hotel (¿qué hotel?) y ponerme otras zapatillas (¿qué otras?) pues el trofeo de ganador me lo iba a entregar personalmente el dueño de la franquicia de esa marca en España. Todo un honor. Todo un horror. En la foto del podium se me ve perplejo. Superado por los acontecimientos. Ya tenía patrocinador.

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