La fábula del corredor

Aprende de las cualidades de los animales e imita su intuición y sabiduría.
Aurora Pérez | ILUSTRACIÓN: Josh Cochran -
La fábula del corredor
La fábula del corredor

Anhelo la velocidad del guepardo, más soy lenta como una tortuga o marcho hacia atrás como un cangrejo. Querría volar tan alto como el halcón, pero mi vuelo es raso como el de un gavilán. Tengo grabada en mi mente una meta y quisiera ser galgo para perseguirla, pero soy liebre que ayuda al reto ajeno. Añoro la agilidad de la gacela, más en mi carrera soy torpe como un pato. Daría cualquier cosa porque mis pasos fueran siempre amplios como los de una pantera y tener también su arrojo, pero a menudo me arrastro como un reptil. Quisiera elevarme cerca del cielo y planear luego suavemente como un águila, dejándome llevar para ahorrar la energía que necesito, pero llevo sobre los hombros mis pesares en la tierra como un caracol. Desearía ser saltamontes para poder brincar sobre los charcos y el barro, pero avanzo sin saltar como un pingüino. 

Quisiera ser ave migratoria sumando sin difi cultad miles de kilómetros en mi desplazamiento y no canario enjaulado queriendo romper los barrotes que encierran mis zancadas. Querría ser fuerte como un oso y no ser débil pasto de depredadores y alimañas. Mil veces me siento pez fuera del agua esforzada en tomar oxígeno, mientras me ahogo tratando de subsistir frente al coraje de otros. No tengo agallas para seguir cuando todo se vuelve en mi contra, y me hundo sin ver la superfi cie. No poseo, aunque quisiera, la inteligencia del delfín para saber de estrategias y me es desconocida su capacidad de sufrimiento. Quisiera la resistencia del camello y evitar el avituallamiento en mi paseo por el asfalto para no parar. 

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Quisiera la memoria del elefante para recordar el rastro que voy dejando y ser poseedora de siete vidas como el gato, para en futuras existencias no volver a repetir mis tropiezos.Quisiera la curiosidad del hurón para explorar nuevos territorios, el entusiasmo del colibrí para adentrarme en ellos, la astucia del zorro para intuir las encrucijadas que se me presenten. Quisiera para mí la distinción de un caballo pura sangre y su resistencia, la elegancia de un felino al moverme, aprender el modo de adaptarme a los vaivenes del camino como el camaleón cambia su color. Quisiera corretear como la ardilla y conocer, como ella, la medida exacta que separa la salida de la llegada, para adaptar mis acrobacias a esa medida sin ningún paso en falso, y la vista del lince para enfocar con claridad el futuro de esos pasos. 

Quisiera ser ciempiés para dejar multitud de huellas imperdurables en el tiempo. Quisiera ser pavo real sin que me venciera la vanidad. Quisiera poseer la capacidad de aprendizaje de la pequeña hormiga, su laboriosidad, saber de la importancia del trabajo diario, de la concentración para no distraerme en la indolencia, de la disciplina para buscar las más altas cotas, de la constancia para conseguir todo aquello que me proponga; y no ser cigarra imprevisora y vaga a la que sorprenden, sin haber recolectado esfuerzos, los malos tiempos. Quisiera no ser animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Quisiera ser como el león, rey de la selva, y así reinar en mi jungla asfaltada. 

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