La figura del compañero de rodajes

Seguro que tienes alguno que te 'taladra' la cabeza y otro que te anima a seguir empujando.
Elisha Cooper -
La figura del compañero de rodajes
¿Me estás escuchando?

Tengo dos compañeros de entrenamiento muy diferentes. El primero de ellos es alto y grande. Además, le gusta mucho gritar. Lleva una cinta en el pelo y unos pantalones demasiado cortos y demasiado apretados. Prefiere correr sin camiseta, aunque estaría mejor con ella puesta, la verdad. Tiene la maldita costumbre de empezar a hablarme nada más comenzamos a correr con comentarios afilados: “No entiendo el por qué de estar corriendo por aquí en vez de ir al bosque”.

“No deberías haberte comido un donut hace media hora, te va a molestar”. “¿Has hecho la declaración de la renta ya?” Es muy molesto, pero está tan dentro de mi cabeza que no puedo deshacerme de él. Por fortuna, este compañero no está en forma. A los 20 minutos de comenzar a correr lo dejo atrás, sin aliento, con las manos en las rodillas y gritando: “¡Espérame!”. En ese momento entra en escena mi siguiente compañero, que se encarga de tomar el relevo majestuosamente.

Hablamos de un tipo maravilloso (atractivo, con el rostro afeitado, esbelto y fibroso). Se mueve con elegancia natural y la camiseta le queda como un guante en cualquier época del año. Es mi otro yo, mucho más rápido y en forma. Quizás sea el yo de hace una década, no sé. Se desliza a mi lado y no para de regalarme el oído: “Hoy vas como una moto”. “Esa rubia te ha devorado con la mirada”. “¿Has pensado alguna vez en escribir un blog contando lo de las voces que escuchas en tu cabeza?”.

Me encanta este tipo. Me deja el espacio necesario para pensar, para reflexionar, para jugar con mis pensamientos. Me ayuda a olvidarme del donut que me comí hace media hora y a rememorar la puesta de sol. Me permite ver el mundo con otros ojos, a darme cuenta de que hoy puede ser un gran día. Me encantaría correr siempre a su lado, pero eso no siempre es posible.

Muy pocos días de rodaje empiezan a la perfección. La mayor parte de las mentes de los corredores están llenas de facturas, de responsabilidades, del estrés de la vida diaria. Pero conforme cogemos ritmo este estrés desaparece y pasa a primer plano lo que realmente importa en nuestra vida. Las preocupaciones se convierten en soluciones; el caos le da paso a la paz. Las culpables pueden ser las endorfinas, o la sangre circulando por las venas, pero también puede ser simplemente el cambiar al compañero que corre en nuestra cabeza. Es un clic mental. Como se trata de algo físico, debemos trabajar para visualizar ese cambio. Un cambio cuyo interruptor principal es el sudor.

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Mis compañeros de entrenamiento no pueden existir el uno sin el otro. Se complementan, como esos gemelos que no se pueden ni ver. Mientras pasamos del irritable (“vamos muy lentos”) al optimista (“hace un día genial”) es importante saber que esa voz de nuestra mente poco a poco cambiará, sólo se trata de sumar zancadas.

Olvidé hablaros de mi tercer compañero de rodaje: mi madre. Aparece aproximadamente al final del entrenamiento. Se queda a mi lado, blandiendo una cuchara de madera y me pregunta: “Cariño, ¿no te dolía el tobillo?” “Una hora es suficiente, ¿no?” “¿Quieres un sorbito de bebida isotónica?” Sí, mamá, sí, tienes razón.

Este cuento tiene dos moralejas: la primera; si aparece tu madre, hazle caso. Y la segunda; escucha siempre a tus compañeros . O, al menos, a uno de ellos. 

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