Lectura: el frustrado de las carreras de montaña

Cuando uno asume que no vale para esto.
Antonio Alix -
Lectura: el frustrado de las carreras de montaña
Lectura: el frustrado de las carreras de montaña
En este tan en boga tipo de carreras resulta que la preposición es clave. No es lo mismo “de” montaña que “por” montaña. Unas dependen de la federación de atletismo (no pasan de 10 km y prima la subida) y otras de las de deportes de montaña (suelen superar los 20 km y las bajadas son tan o más determinantes que las subidas); aunque luego te encuentras que en la mayoría, incluso las de tanto prestigio como el Maratón Alpino Madrileño, no hace falta licencia federativa alguna. Tengo claro que las largas, con o sin licencia, son las auténticas.
 
Lamentablemente son un amor imposible para mí. Me lo he planteado, he hecho algún intento, pero he tenido que tirar la toalla. Si para correr un 1.000 en pista como el que os conté el mes pasado estoy infradotado, lo de mis aptitudes para estas careras ya es de escándalo, mejor dicho, de vergüenza. Mi nula elasticidad hace que cuesta abajo sea torpe, un verdadero paquete; y mis muslos duros como piedras se quedan hechos papilla si trato de ir deprisa aunque el tramo no sea técnico. Tengo muchos amigos (bueno, dejémoslo en amiguetes, colegas, conocidos, troncos) que compiten, algunos con resultados de primera línea. Suelo ir a machacar la sierra con ellos, pero consciente de mis limitaciones. Les vengo fenomenal como liebre p’arriba, pero ni les huelo p’abajo.
 
Mi única incursión con número fue la tradicional Cuerda Larga (creo que en 2003), unos 20 km desde los puertos de Morcuera a Navacerrada por la cresta de la sierra. Ese día quedé retratado: grupo de cabeza en la subida inicial que te coloca en la cresta, se me van en los primeros toboganes, comienzan a pasarme expertos en el terreno que regulan fuerzas, remonto en cada subida, me convierto en estorbo en cada bajada. Incluso por ir de listo me equivoco: trato de bordear la Cabeza de Hierro Menor en lugar de coronarla para ahorrarme una tortuosa bajada. Conozco bien el tramo porque por ahí hago esquí de travesía.
 
Cojonudo, lo que en invierno es una lisa ladera en septiembre es una lengua de rocas sueltas, y me veo obligado a poner manos mientras veo desesperado que por el camino que pasa por la cumbre la gente va corriendo. Por no hablar de la última bajada, la tan facilita desde los repetidores de la Bola del Mundo hasta la carretera; ahí mis muslos ya no me permiten ir deprisa y pierdo otro puñado de puestos. Vaya palo que me llevo, tengo que asumir que no valgo para esto.
 
Desde entonces la única vez al año que me pongo número para pisar rocas es una similar a las que dependen de la RFEA: el Kilómetro Vertical de La Barranca, una agonía de 50 minutos cuesta arriba sin dificultad técnica, la competición ideal para un machaca como yo. Afortunadamente mi desencuentro con las auténticas no se ha convertido en animadversión: me acerco a ver las que puedo, ejerzo de liebre en entrenamientos, y sobre todo, admiro el ambiente que se respira en ese mundillo,  mucho más puro que el de las carreras de asfalto. Y no me refiero solamente al hecho de que se disputen en la montaña.
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