Los señores del bosque

Artículo publicado en marzo de 2007 en Runner's World.
Hernán Silván -
Los señores del bosque
Los señores del bosque
Si cualquier mañana soleada subías corriendo al bosque de la tapia de abajo de la Casa de Campo podías contemplar la sutil belleza de los primeros rayos luminosos que salvaban las alfombras de pinos, alumbrando la vereda. Esto sucedía, en invierno, entre las once y las doce. Era como entrar en otro mundo cuando tan sólo llevabas corriendo quince o veinte minutos. Madrid no quedaba tan lejos, pero lo parecía.
 
Ni un solo ruido. Bueno sí, tus zancadas y tu respiración. Pero también podías encontrarte, surgiendo de entre la neblina de luces, a ciertos personajes que, con el torso desnudo y pantalones cortos arremangados, avanzaban a grandes pasos abriendo sus brazos y cerrándolos entre inhalaciones y exhalaciones. A veces había un par de ellos, recorriendo el caminito que transcurre solidario al arroyo. La temperatura exterior podría rondar los ocho grados pero su piel marrón delataba que era costumbre y no flor de un día andar casi sin ropa por entre los árboles. Robaban con enorme determinación los escasos hilillos de sol y te decían “buenos días” o alguna palabra de ánimo sin titubear por el frío ambiente.
 
Una vez le dije a uno “Hoy hace más fresco” y él, casi molestándose, me espetó: “Respirar es vivir y lo que aquí respiramos es un tesoro”.
 
Corta recompensa para tanto atrevimiento, pensaba yo. Pero con los años aprendí a valorar a aquellos hombrecillos del bosque, que tenían esa curiosa técnica respiratoria por la cual sus bronquios no se amilanaban ante el frío reinante.
 
Creo que alguno queda. Dice alguien que ha visto a alguno. Otro me dijo algo de unos marchadores que se metían en cámaras congeladoras. Pero lo que no me ha contado nadie es la técnica que utilizaban aquellos para fatigarse menos resistiendo al frío.
 
Años después, algunos opinaron advirtiendo de lo peligrosos que eran esos “locos del bosque” y de sus extraños comportamientos respiratorios. Y yo les increpé: “¿Estrafalarios? ¿Habéis visto ahora a los de las tiritas en el puente de la nariz, a los que duermen en tiendas de campaña sin casi oxígeno o a los que escupen sus gases a extrañas boquillas contra presión?”.
 
Sin pensarlo, les solté mi opinión. Parece que lo verdaderamente necesario para el humano es añadir o poner algo a su cuerpo, pues debemos estar malamente diseñados. En la nariz, en la pierna, dónde sea. Siempre se necesita alguna ayuda, legal o ilegal, como condimento externo.
 
Me contestan airados que los dinosaurios hicieron caso omiso y así les fue (?). Que hay que modernizarse (?) que para eso está la ciencia (?).
 
Pero yo sigo admirando a esos valientes estrafalarios desafiando a la norma.
 
Si me encontrara alguna vez a alguno de aquellos “hombrecillos del bosque” seguro que les preguntaría el secreto de su técnica respiratoria. Estoy convencido de que se trataba de algo revolucionario. En aquellos años nadie se atrevió a preguntarles para conocerlo bien. En cambio, sí nos atrevimos a criticarlo. Razón de más para no aprenderlo nunca.
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