Te doy mis ojos

¿Cómo funciona un guía de atletismo?
Hernán Silván -
Te doy mis ojos
Te doy mis ojos
Por absoluta casualidad. Así ocurren las cosas más hermosas de la vida. Yo estaba ya dejándolo. Era el verano del 91 y tras haber corrido la maratón de Madrid, pensé no volver más a la competición tras quince años sin parar de colocarme dorsales e imperdibles. Seguir corriendo muchos años…pero ya sin dorsal. Pero todas las decisiones
drásticas tienen siempre un soplo de luz inesperada. Una excepción. Una matización que aunque pueda parecer pequeña luego, con el paso de los años, deviene importante en tu vida. Porque ¿qué nos marca más, lo que hemos conseguido por aspirar a ello o lo que se nos presentó sin esperarlo?
 
De una inesperada competición os voy a hablar, por tanto. Y es que más que competir, mi misión consistía en ayudar a competir. En ser los ojos del que competía.
 
Sabía que dos de mis amigos y habituales rivales de la ruta trabajaban de guías para atletas ciegos, cuando el bueno de Eleuterio les requería. Por este motivo no me sorprendió que Rodrigo (el habitual ayudante que en esta ocasión no podía ir) y Valledor me ofrecieran conducir a Faustino por el asfalto de Caen, en la Normandía francesa para completar la última media maratón del que era su campeonato de Europa, la carrera que iba a elegir al mejor corredor ciego de maratón de nuestro continente.
 
Aunque un tanto especiales, los de esos días fueron mis últimos dorsales con imperdibles. En rojo y con la palabra “guía” en blanco. Mi única excepción.
 
Con ayuda de una corta cuerda que asíamos él y yo, completamos, el primer día, las veintitantas vueltas a la pista de tartán. Y al siguiente nos esperaban algo más de cuarenta y dos kilómetros bordeando las playas del soldado Ryan. Valledor hizo con él la primera parte y, aunque el día salió caluroso y húmedo, la media maratón se iba a pasar dentro de lo previsto, encabezando la carrera en su categoría. En Ouistream yo haría el relevo para llevarlo a la meta situada en el Memorial de Caen, el monumento-
museo que recuerda a tantos caídos en esa terrible guerra. Corríamos entre fantasmas y el peor fantasma para un maratoniano no tardó en llegar.
 
Desde el kilómetro treinta Faustino empezó a notar primero calambres generalizados y luego una fuerte punzada en el vacío derecho. Contra mis preguntas retóricas acerca de cómo iba y contra mi creciente preocupación, su determinación de poder conseguirlo. Cuando las palabras de ánimo se me agotaron acabábamos de coronar el kilómetro treinta. Aún quedaban doce y yo no sabía qué nueva arenga soltarle para fomentar su lucha. Si se mantenía en aquel ritmo ganaría ya no el oro pero sí, al menos, el bronce y se lo hice saber.
 
Y entonces sucedió. Faustinogiró la cara hacia mí y me gritó “déjate de bronce y dime lo que ves”. Comprendí rápidamente lo que quería y comencé a describirle la playa y las casas con sus tejados de pico aquí o achatadas allá. Le hablé del mar que a lo lejos nos acompañaba y le cité cuantos parques cruzábamos, le pinté las gaviotas y los árboles y le hablé de ese perro amigo que no paró de seguirnos sin ladrido alguno los últimos kilómetros, espíritu inquieto de algún soldado bueno. Y casi sin darnos cuenta estábamos en Caen cruzando la meta. Lo de menos era el bronce. Para él, poder ver con mis ojos y mis palabras era su mejor estímulo. Para mí él fue una gran lección. Lo que es poco para unos es mucho para otros. Si algún día vuelvo a ponerme los imperdibles para correr una maratón ya sé qué pensar cuando llegue la agonía.
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