Correr no es de cobardes

Domina bien el castellano.
Hernán Silván / Foto: Cordonpress -
Correr no es de cobardes
Correr no es de cobardes
Publicado originalmente en el número de diciembre de 2007 de Runner's World
 
Hace unos días lo oí de nuevo y una vez más sentí hormigas africanas en mi estómago. El malestar, una mezcla de repugnancia y sed de venganza difícil de definir, me puso velozmente frente al ordenador para escribir esta entrega.
 
Que conste que la primera vez que lo escuché era muy pequeño, pero ya corría. Solía zambullirme en mí y así, ensimismado, casi no oía a la gente pero sí el golpeteo de mis zancadas sintiendo el viento de cara. Oía perfectamente el silbido de los árboles por la brisa del mediodía pero no lo que decían los paisanos que pasaban a mi lado. Aunque esa vez uno de ellos me lo gritó tanto: “No corras que correr es de cobardes” que me llegó al alma. Podía aguantar otras sandeces del tipo “¿Vas a apagar algún fuego?” o “Un-dos, un-dos, un-dos” o “No corras que es peor”, pero hay una edad en la vida en que esas cosas del honor y la valentía te importan mucho. Aún no tenía muy clara la razón por la que corría cuatro o cinco veces a la semana por mi pueblo y alrededores y, no obstante, ya sabía bien que no era cobardía lo que a mí me hacía correr. Así que la frasecita de marras que, medio babeando, me dijo aquel borrachuzo no me gustó nada. Y, como yo seguí a lo mío y hay algo importante que puedes hacer mientras corres que es pensar, me fui preguntando el resto del camino si la frase era o no adecuada. Me convencí, sin más argumentos que los que salen del corazón, de que no lo era.
 
Hace unos días oí de nuevo la frasecita. Pero ahora, a día de hoy, ya sé por qué no es adecuada y puedo explicarlo. Incluso puedo explicárselo a gentes de importante rango social, para que otra vez no cometan la misma tropelía con mi lengua madre, el castellano.
 
Pues bien, no seré yo el que haga más leña del árbol caído (ya tiene bastante con la oposición y casi toda Cataluña) pero, señora ministra de Fomento doña Magdalena Álvarez, cuando le pregunten los periodistas o quien sea acerca de su dimisión sería muy conveniente que no dijera “no me voy porque correr es de cobardes” pues la frase correcta es “no me voy porque huir es de cobardes”.
 
Entiendo que en los tiempos de lenguaje ese-eme-ese, gritadas entonaciones y manidas expresiones se tergiversen palabras y conceptos pateando a nuestra lengua, pero es especialmente sangrante cuando este maltrato procede de un presentador de telediarios o de una ministra. Personajes a los que se supone una cierta cultura y que se meten en pantanales donde algún colectivo sale trasquilado. Creo que llamar cobardes a los que corremos es injusto por incorrecto. Se puede correr y no huir. ¿Qué pensar de Braveheart o El Último Samurai en la batalla final, cuando corren como tantos otros, en la antigüedad y en el presente, hacia el enemigo?
 
Además, ¿No es de valientes calzarse las zapatillas llueva o nieve, hiele o truene, día tras día, sin mirar si el viento te va a favorecer o castigar? ¿Acaso no es de valientes afrontar pruebas de dureza extrema como los cuarenta y dos kilómetros de una maratón aún sabiendo que para ello vas a necesitar correr hasta cinco horas sin parar? ¿No es de valientes madrugar un domingo cualquiera del frío invierno mesetario y calzarte zapatillas de clavos y pantalón corto para
correr, a cualquier edad, en cualquier prueba de campo a través que se dispute entre la escarcha?
 
Más que un acto de cobardía, correr es un acto de libertad. La de poder sentir el viento de cara y oír a los paisanos… pero escuchar a la brisa.
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