Atleta por un día

Bajar de 3 minutos en 1 kilómetro, algo que a cualquier atleta de nivel local le sonará a risa.
Antonio Alix -
Atleta por un día
Atleta por un día
Publicado originalmente en el número de septiembre de 2007 de Runner's World.
 
Recientemente he tenido la oportunidad de sentirme atleta puro compitiendo en una carrera en pista, el 1.000 popular previo al Mitin de Madrid. Repeticiones de mil yo hago muchas en parque o asfalto; pero nunca uno a tope. Me puse un objetivo redondo: bajar de 3 minutos, algo que a cualquier atleta de nivel local le sonará a risa, pero que para un trotón como yo suena estratosférico. Se trataba de conseguirlo sin entrenamiento específico, manteniendo mi rutina de machaques al tun-tun en varios deportes. Cuatro y dos días antes (toma ya planificación científica) hice repeticiones de 200 y 400 m con mucha recuperación, y los tiempos en ellas fueron los justos para dejarme claro que el objetivo era realizable, pero a costa de vaciarme. Al inscribirte tenías que dar una marca y yo declaré 2:55. Lo hice para que se me colocase en la manga de más nivel de las 4 previstas, en la que había dos sub 2:40, varios sub 2:50 y el resto sub 3. Se trataba de correr a tope, no me importaba el puesto y por ello mejor ir persiguiendo que tirando.
 
Un atleta usa zapatillas de clavos y de eso no hay en mi fondo de armario, por lo que las pedí prestadas. Sólo una vez en mi vida había competido con ese tipo de zapatillas; hará unos 20 años, en un campeonato autonómico de cross, cuando estaba en el equipo de triatlón del Canal Isabel II y me usaban para rellenar el equipo de atletismo (las agujetas duraron varios días). Por aquel entonces también competí una vez en pista, un 5.000 de campeonato madrileño universitario, pero dada la dolorosa experiencia del cross, calcé zapatillas de asfalto.
Compartimos la zona de calentamiento con los atletas de élite; por un día no les iba a mirar como periodista sino como a compañeros de fatigas. Ruth Beitia, Carlota Castrejana, Felipe Vivancos o Manolo Martínez pusieron cara de “este tío está tronao” al verme con el traje de luces y no con el micro. Hice lo que mandan los cánones: trotecillo, saltitos y progresivos. Hasta que los jueces te convocan a la cámara de llamadas, un corralito con función similar a la sala de embarque del aeropuerto. Ahí te pones los clavos y te llevan a la pista en fila cuando todavía se está disputando la anterior manga. Una vez acabada, te abren la puerta, dejas tu mochila en un recipiente y apenas te da tiempo a calentar “patas” haciendo un par de rectas. Se pasa lista como en el colegio, te colocan “¡no pisen la línea!” y pistoletazo; de hecho parecía un colegio dada la juventud de mis rivales: los que luego harían top-3 rozando el 2:40, tenían 15 y 16 años. No queda muy profesional, pero yo le dí al cronometro como en cualquier carrera popular.
 
Tras la primera curva ya íbamos en fila; yo no la cerraba pero desde luego que llevaba más gente delante que detrás. 400, sin sufrir, en 1:09, (¡joder si eso no lo hago en uno a tope por mi cuenta!); el sufrimiento no tardó en llegar, 800 en 2:20; me dolían hasta las pestañas pero me bastaba con un último 200 al ritmo de un 10 km; me ilusioné incluso con 2:55. Pero en lugar de 35 hice 37, total 2:57:69. Puños arriba, objetivo conseguido. Estuve un buen rato como un zombi: boca pastosa, cabeza vacía, no había dejado nada en el depósito. Mi satisfacción trataron de empañarla las puyas de atletas puros: “Enhorabuena, eres capaz de ir 1 km a ritmo de récord del mundo de maratón”, “te pones a esprintar y avanzas menos”; también las hubo constructivas: “En cuanto hagas 5 sesiones de técnica de carrera y de repeticiones de velocidad mejoras 10 segundos”. Gracias pero no, os dejo a los atletas puros con vuestra ciencia y planificación, que yo me vuelvo a mi mundo del machaque anárquico.
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