El convidado de piedra

Cuando las lesiones golpean la aldaba y se sientan a tu mesa
Aurora Pérez -
El convidado de piedra
El convidado de piedra

Nunca vienen en buen momento o mejor dicho, nunca hay momento bueno para ellas, nunca se las quiere abrir la puerta principal pues no se las espera, no son bienvenidas, ni bien halladas, ni bien pensadas y se cuelan por la puerta falsa. Son el convidado invitado de sí mismo, cuando ya está la mesa puesta y la comida en el plato, pero hay que ponerle cubierto y darle sustento y hacerle un sitio a nuestro lado.

Durante un tiempo nos acompañan en los sueños y en los despertares, en el trabajo y en los sesteos, pues estarán morando en nuestra conciencia y no pocas actitudes nuestras girarán en torno a ellas.

Nos hacen pasar del instante de incredulidad —nos preguntamos por qué ahora—, desánimo y desazón, al de la búsqueda de una solución, tocando todos los palos para ir encajando los sones que repican aquí y allá y que finalmente nos sanan. Acopiando información, intercambiamos consejos, tratamientos y experiencias y eso hace a algunos sentirse algo mejor comprendidos en el mar de su confusión.

La cavilación nos lleva a una moviola de nuestros últimos actos, tratando de hallar el desliz que nos hizo descarriar, y cuando encontramos el error nos dolemos por no haberlo podido o sabido impedir y quisiéramos editarlo y suprimirlo del metraje, pero ya es imposible y tomamos buena nota para no correr otra vez la misma suerte mientras esté en nuestra mano su evitación.

Durante esa etapa de vacío, que se cierne sobre nosotros cuando no podemos correr, nos prometemos que nunca más la lluvia nos parará, que nunca haremos caso a la pereza cuando nos ronde, ni protestaremos ante un entreno exigente...pero nuestra humana y lógica bipolaridad también nos llevará en algunas circunstancias a querer arrojar la toalla y desistir.

Pero al aparecer tan solo un atisbo de luz al final del oscuro túnel, enseguida nos agarramos a esa luz como a un clavo ardiendo para decirnos que queremos seguir derrochando la energía que nos hace estar vivos, pues correr nos capacita para sentir en toda la magnitud física que compone nuestro ser el cansancio apacible que da el esfuerzo, que apacigua y calma la furia que llevamos dentro, porque podremos tener mayor o menor talento, ser más rápidos o más lentos, pero para todos y cada uno de nosotros una lesión, nos rompe el alma y no solo el cuerpo.

Creemos que al final es la casualidad la que nos cura, la que hace sonar la flauta pero no…la flauta no suena por casualidad, han sido muchos los tonos que ha habido que tocar para aliviarnos y recuperarnos, mucho el tesón y poca la suerte y, como siempre, es la voluntad la que nos devuelve la salud y la que nos fortifica, porque del trance de las lesiones salimos siempre fortalecidos de ese cuerpo roto y esa mente herida.

Y al salir del túnel de nuevo a cielo abierto, y ver que la bendita costumbre de gastarnos nos espera, y la dichosa rutina de correr todos los días retorna a nuestro ávido pensamiento, nos queda en el recuerdo tan solo un borrón de la tristeza, de aquella tristeza que fue sin duda necesaria para tener ahora la alegría de ser más sabios que antaño, más conscientes y felices y saber que si el solo paso del tiempo nos desgasta, correr nos recompone y nos llena de buenas vibraciones, aunque a veces hayamos de hacer sitio a ese incomodo convidado que no se quiere como amigo y nos pone a prueba. Pero a nosotros, que estamos hechos de fuego y hierro fundido, de obstinación y constancia, no nos vence el desconsuelo si en nuestra mesa se asienta por un tiempo un convidado de piedra.

 

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